Un día de verano se me ocurrió, a raíz de un comentario coloquial de un familiar mío de que deberían suprimirse los encierros ante la tragedia de los sanfermines de este verano, montar un artículo irónico en torno a la posibilidad de que desapareciera para siempre de nuestra vida gozosa la fiesta de los toros. Y alguien creyó que era cierto que era posible que se hubiera tomado una iniciativa parlamentaria por la cual desaparecería de los ruedos españoles la presencia de los astados, la lidia de los vitorinos, los encierros pamplonicas y todas esos muchos encierros que existen por toda la geografía española, con muy particular incidencia en esta tierra murciana en donde se reciben con euforia a las becerras, se festeja con brío y donaire a las vacas y en donde llegan los restos de serie o los fardos a las ferias septembrinas.
Y de la misma manera anuncio que me ha llegado vía secreta y zapatera otra iniciativa parlamentaria que va a tomar cuerpo para evitar que salieran de España los millones de euros que se pagan por Cristiano Ronaldo -más de cien millones que han volado para la Pérfida Albión- y otros tantos que irán a parar a Lisboa a consecuencias de la ficha personal, las dietas y las primas por partido, trofeo o campeonato ganado, amén de los muchos dólares que se lleva Kaká a Brasil, Benzemá a Francia, por no citar la intemerata. Y en los renglones del decreto se lee claro que los millones del Barça no se van a pasear por las alamedas milanistas o italianas, para esquivar que el fútbol resequen las reservas de las únicas empresas que todavía no se han cerrado en el tiempo que dura la larga crisis que nos acucia.
Y, siguiendo la misma estela, se me ocurre que la misma prohibición podría ocurrir con los partidos de fútbol, impidiendo que se celebre una Liga con cientos de extranjeros que se llevan las reservas y las divisas bien lejos de nuestras tierras como pueden imaginar. Y yo, tampoco protestaría -como ocurría con los toros- si se llevara para siempre todo este monumental enredo que se ha montado a consecuencia de la importancia que ha adquirido el fútbol en los momentos actuales, bien sea porque hemos de olvidar las miserias actuales que nos rodean o bien sea que se ha encarnado en nuestra naturaleza que ya lo llevamos tan dentro que incluso yo -que apuesto por evitar transferencias tan golosas como las que he indicado- sería el primero en padecer los rigores ya que desde hace mucho tiempo he dejado dicho que más que la muerte misma, lo que fastidia es la cantidad de partidos que nos hemos de perder mientras estemos en el sueño eterno, la imposibilidad material y espiritual, mientras se carcomen los huesos, de asistir a las evoluciones mágicas de Xavi o Iniesta, los zambombazos de Villa desde larga distancia o los marros de Navas cuando se dispara por la banda derecha con la zurda bien preparada para la descarga final a las mallas.
Me confieso de que sentiría no estar en las gradas viendo los enfrentamientos entre el Sevilla de mi alma y el Betis de mi desconsuelo, los duelos a muerte entre los hijos de Raúl González y los hijos de Piqué. Y mucho me fastidiaría tener que aceptar una ley que me impediría seguir al Sevilla erigiéndose en dueño y señor de la Liga, a doce puntos de los gigantes, ahora que lo he seguido desde los tiempos de Arza, Bustos o Campanal. Pero si saliera el decreto ley mencionado, sería el primero en aplaudir desde la banda porque no hay derecho a que se fuguen en dosis masivas los dineros de un país en la estacada de la crisis, no hay derecho a que se paguen los precios tan tremendos por las piernas sabias de un jugador.
¿Qué pasaría si no hubiera Liga de fútbol en España? ¿Qué haríamos los sábados tarde ahora que no estamos en disposición de hacer tantos dispendios en época pocha y escuálida? ¿Y los domingos por la mañana, por la tarde y por la noche? ¿Y los martes y miércoles de la Champion? ¿Y los jueves de la Uefa o como se llame ahora? Y los entrenamientos en los días groseros y ordinarios? ¿Y el Campeonato del Mundo cada cuatro años? ¿Y la de Europa cada equis años? ¿Y la Copa Federación? Recuerdo, ahora cuando acumulo fiestas que se han de poner en dorado en el calendario anual, que cuando vivíamos en tiempo de Franco -ese hombre ya afortunadamente olvidado- se decía que el fútbol era el opio del pueblo y que bien lo aprovechaba él, el general, para entontecer al público. Y los intelectuales, y buena parte de la progresía, e incluso gente que gustaba de tal deporte, optaban por desmarcarse del ambiente dominguero para no dar pábulo al dicho aunque lo vieran al bies. Y ahora, cuando ya se han acabado aquellas indicaciones, cuando a nadie se le ocurre en este tiempo posmoderno, decir que el fútbol es un estropeacabezas o cosa semejante, no se le ocurre otra cosa a los parlamentarios que sacar ese decretazo que podrá revolucionar nuestras conciencias adormecidas.
Estaremos al tanto.