DIGO YO

Quitarse de enmedio

 
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Stefan Zweig y su señora, tras el suicidio de ambos
Stefan Zweig y su señora, tras el suicidio de ambos 

JOSÉ ANTONIO ATANET

Coinciden ahora en el mercado libresco sin ton ni son, por puro interés editorial, dos novelas biográficas o viceversa sobre el desvarío cardiaco de Dickens durante sus cinco postreros años por causa de una joven actriz que le sorbió el cerebro. Recomiendo el de Dan Simmons (La soledad de Charles Dickens) por su mayor rigor histórico y porque a la autodestrucción gustosa del autor de Grandes esperanzas suma la de su íntimo amigo Wilkie Collins (La piedra lunar, La dama de blanco), enganchado no menos consciente y placenteramente al láudano o tintura de opio. Nada que objetar. 
Aquí predominan dos grupos con tendencia a quitarse del medio por iniciativa propia, a saber: A. Los uxoricidas o asesinos de la propia esposa, motivados por su insoportable impotencia para someter, apalear o esclavizar a la parienta, que cumplen al pie de la letra el terrorífico ejemplo de Gardel "la maté porque era mía". Estos verracos deberían cambiar el orden de los factores, es decir, inmolarse en primer lugar ellos y, ya desde el infierno -no olvidemos que esta acción constituye pecado mortal y no pueden enterrarse en sagrado- confiar a Belcebú el castigo de la 'libertina', entre comillas. Mas, tirando de estadística, resulta que el matador procede justamente al revés, con la particularidad de equivocar el autotiro de gracia -no le veo la gracia por ningún sitio-, de manera que, al final, tras una temporada en el hospital y otra en la cárcel, vuelven a campar por sus respetos machistas exponiendo al otro género a todo tipo de sevicias, en tanto que la difunta cría malvas en el camposanto.
B. Los escritores, gente vulnerable e hipersensible, buceadores minuciosos de la humana miseria así propia como ajena, cuyo ciclópeo esfuerzo para retransmitir la vida con el único y limitado recurso del alfabeto los deja exhaustos, indefensos y como desganados para defenderse de los tiburones. En este oficio hay quien opta por destruirse sin prisa pero sin pausa recurriendo a tóxicos poderosos e implacables como el alcohol, los opiáceos o el sexo duro sadomasoquista -recuerdo a alguno asfixiado con la testa embutida en una bolsa de plástico-. El gran Rubén Darío se administraba a diario dosis de licor capaces de tumbar a un caballo y, cuando ingresaba en la inconsciencia absoluta, su mayordomo vetaba a las visitas con esta excusa: "El señor está con la poderosa". Otro genio, Edgar A. Poe, acortó radicalmente su atormentada y fructífera existencia mediante la misma sustancia, o cualquier otra pócima venenosa a su alcance, llegando al extremo del óbito por 'delirium tremens' en una remota aldea, abandonado y mendicante. Pero en esto también hay clases: hay tenemos al señorito W. Bourrugs, de familia adinerada, que se pasó toda la vida metiéndose caballo, coca y falos -eso sí, por diversos conductos- y reponiéndose en lujosas clínicas hasta alcanzar lo ochenta años. Este apartado requeriría una enciclopedia.
Ayer mismo apareció en prensa una sublime fotografía conteniendo los cadáveres abrazados de Stefan Zweig y su mujer, rostros serenos e incluso sonrientes, que se apagaron concordantes y amorosos en una remota región de Brasil, donde llegaron, tras encarnizada persecución nazi, cansados, desengañados, cabreados con la humanidad, como diciendo 'ahí os quedaís'... y ahí queda una obra amplísima y lúcida que no merecéis. El pistoletazo certero de Larra en propio coco tampoco carece de ternura, manifiesta la imposibilidad absoluta de vivir sin amor -algo que pocos pueden decir-, por mucha gloria y mucho reconocimiento literario de que disfrutara.
Luego están quienes proceden a lo bestia, en consonancia con su trayectoria vital, generalmente violenta, asociada a la guerra, a la caza, a la barbarie. Ahí tenéis a Heminway, acémila bravucón, sospechoso de homofilia torera -el bulo lo describe enamorado de Antonio Ordóñez, en cuya finca fue enterrado-, mediocre e impreciso escritor -escribir es un ejercicio de precisión-, autofusilado sin aseo mediante una escopeta de cañones recortados que convirtió su casa cubana en una casquería. El joven Foster Wallace, estimable promesa, lo ha hecho anteayer, en cambio, con toda limpieza tras visitar la farmacia, el olor de superventas.

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