DAR DE PIE

Ché

 
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JUAN BAUTISTA SANZ

Desde aquel momento en el que el soldadito boliviano, que había recibido las instrucciones precisas y el 'fusil para matar a su hermano' de míster JBJ, acabó con la vida del Ché -ahora se han cumplido 42 años-, la figura del mayor revolucionario de la historia contemporánea se convirtió en un monumento. Tras haber sido delatado en los montes, encerrado y asesinado, indefenso, fue expuesto ante los campesinos de la zona, tendido en un estrecho lecho, con su impresionante imagen de Cristo abatido de ojos abiertos. Las imágenes que existen de aquel suceso tremendo delatan la frialdad de su cuerpo inmóvil y la contenida emoción de las gentes que desfilaron de derecha a izquierda, en semicírculo, de frente a la cámara, alrededor del cadáver del hombre que, en ese preciso instante, entraría a formar parte de la leyenda y el mito.
Y lo que más me sorprende es el perdón cubano, el perdón mundial hacia cobardía militar y política de tal trascendencia. Bien es verdad que Castro, liberado del comandante y aliado con los soviéticos, leyó la última carta de despedida del Ché en el congreso histórico, poco después de que éste, disfrazado, se marchó a África, en viaje secreto y guerrero, despidiéndose de los despachos y de aquel ministerio en el que el propio Guevara había dicho con voz de oro y asma: "Aquí se puede meter la pata pero no la mano". ¡Dónde estará, en qué cenizas, aquel billete que yo conservaba con la firma del Ché, como Ché, y a modo de Gobernador del Banco Cubano!
Y aquel perdón al que me he referido lo pude comprobar de más cerca, cuando Aleida, una de sus hijas, médico del guerrillero, llegó hace unos años hasta Murcia y declaró que "atendería con amor al asesino de mi padre de cualquier dolencia, si le hiciera falta mi atención: no le guardo rencor". No había terminado la frase y un ciego vendiendo 'iguales' en la Plaza de la Flores pasó cerca cantando su salmodia: "Dos tiras de la Revolución, me quedan dos tiras de la Revolución... Esta noche ha salido el sol". Hay momentos que no se olvidan.
La historia posterior es suficientemente conocida a pesar de los años en el que el cadáver del Ché estuvo en paradero desconocido por la mayoría; no así, claro es, de los responsables de su muerte, que antes de darle sepultura tuvieron a bien (a mal) cortarle las manos y guardarlas en lugar aparte. El mundo volvió a su suerte colectiva y aunque el temperamento de Ernesto Guevara pudiera enjuiciarse hoy, en la distancia, algo más severamente de lo que lo hace la admiración que por él sentimos los necesitados de libertad, también es verdad que la limpieza de sus ojos, de su mirada, ayudó y sigue haciéndolo, en la lucha de los más desvalidos del siglo más contradictorio vivido, contra la injusticia social, esa lacra imposible de eliminar del planeta.

jbsanz@hotmail.com

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