El fracaso de la corazonada que dejó fuera a Madrid de la concesión para la organización de los Juegos Olímpicos del 2016, a mi juicio, tiene que ver con el gafe. De entre las cuatrocientas criaturas -¡menuda factura para tiempos de crisis!- de la delegación española que marchó a Copenhague, tuvo que existir el 'mala sombra' que atrae a la mala suerte. El gafe es masculino; la mujeres, en su nobleza genérica, derivan más hacía la brujería; quien ha fastidiado el tema deportivo ha sido un gafe auténtico, un gafe de calidad.
El gafe no se hace, nace. Suele ser un tipo de corte siniestro, ceniciento, gran disimulador de sus aficiones; noctámbulo, de difícil trato, de apariencia triste, con menos años de los que aparenta. Le envejece el mal fario. Hay gafes simples que son capaces de complicarte una tarde; traen lluvia sobre mojado, hacen las veces de cagada de moscarda en el resultado de un partido de fútbol. El gran gafe, sin embargo, el gafe importante, te fastidia la Liga entera. Una vida entera. El de Dinamarca ha sido un gafe principal, con cargo y honorarios importantes.
Los efectos del gafe tienen difícil solución; cruzando los dedos parece que alejas el infortunio, pero no. El auténtico gafe lleva alrededor una aureola invisible que actúa de pecera, protegiéndole. Viste de manera monótona, de gris con mucha frecuencia.
De niño era el niño que antes pasaba de cuerda a los juguetes; amigo de disfrazarse de Drácula o semejante. También de vestirse de cura o monaguillo; la atmósfera de iglesia le gusta; el incienso, le excita. Al gafe le va la marcha del terror, la novela negra y el Halloween (ya anda afilándose los colmillos). Invoca a los espíritus y en los 70 participaba y organizaba en casa propia o ajena la uija (¿se escribe así? para charlar con los difuntos. El personaje que es gafe lo niega; su afición al cirio y a la luz tenue de la vela lo delata. Huye de la mañana diáfana, del contraluz, se diafragma a sí mismo con un obturador poco luminoso. Con frecuencia deambula, más que pasea. Le gusta el camposanto, los cementerios, sus silencios tienen que ver con sus fantasías sexuales. Porque para el gafe el sexo es importante. El gafe es un perdedor.
Como precaución, una vez conocido, hay que evitar mirarle a los ojos, viajar con él, compartir aseos públicos o supermercados. Gusta de los agrios, las alcaparras, pepinillos y variantes. Moja las aceitunas en el café. El gafe, haciendo alarde de que está poseído de la mala fortuna, es el primero en contagiarse de la primera epidemia a su alcance; atrae los virus sin excepción, incluidos los de la informática. Es muy peligroso chatear con el gafe; tener correspondencia electrónica con él.
En la delegación española de la 'corazonada', si hubieran tenido en cuenta mis indicaciones podrían haber aislado al gafe, haberlo dejado en Barajas. Ahora ya es tarde. Cuídense de los gafes, desenmascárenlos, por favor, con urgencia.
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