A la Emperatriz de La Parreta
...Y toda celebridad, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se derrumbaron y eran un juego de monos
El lobo estepario, Hermann Hesse
Para este simio la cita que antecede constituye la piedra angular del pensamiento hessiano, aunque muchos de sus lectores, en su mayoría talluditos, la desconozcan.
Comenzando por el juego que, según cantar Serrat, mejor juego y tanto me gusta, es decir el sexo, resulta evidente, no ya la similitud entre la práctica del mismo entre las diversas ramas antropoides (competitividad de los machos en pos de la hembra y consiguiente triunfo del mejor dotado; práctica frecuentísima de la masturbación como sustitutivo aventajado del coito; alimentación y cuidado de las crías a cargo de la hembra), sino la superioridad y falta de prejuicios de nuestros primos, a saber: los bonobobos resuelven sus conflictos mediante una suerte de cópula continua que los deja suficientemente relajados como para desgastarse en querellas intestinas. Otrosí: entre ciertos orangutanes el progenitor asume el mantenimiento de los retoños sin plantearse dudas sobre su paternidad mientras la hembra se dedica a sus cosas.
Atendiendo a la independencia conductual de ambas especies, el mico muestra una gama de comportamientos (maneras de andar, de expresarse, de comer, etc.) dictada única y exclusivamente por sus genes, quiere decirse por sus ovarios o testículos. Por contra, el humano ofrece en su forma de producirse el hábito tedioso de imitar, copiar y remedar a unos modelos, inducidos por la alta cultura -¿quién no desea parecer Víctor Hugo?- o, en el colmo de la memez, marcados por la televisión basura -¡Cuántos envidian a Belén Esteban!-.
Terminando por los juegos propiamente dichos, la familia simiesca, en su actividad lúdica, elude con sabiduría esa tensión, incompatible con la diversión, que sólo busca la victoria sobre el compañero anteponiéndola al placer por el placer, al solaz de la liberación de endorfinas, a la salud en definitiva. De ahí la maldad intrínseca, que diría Benedicto XVI, de la competitividad a toda costa, de la erótica del poder que viene a traducirse como follar más y, sobre todo de la funesta record-manía ante la cual no salgo de mi asombro (en general, salgo poco). Asisto atónito a la universal idolatría a un individúo cuyo mérito, convertible en millones al portador, radica en haber trotado cien o doscientos metros una décima de segundo antes que sus colegas. Requiero el frasco de sales o la bombona de oxígeno cuando los medios difunden con profusión el importe pagado a un tipo impulsor pie-mediante del cuero inflado y que además se llama Cristiano es de cien millones de euros.
El asunto me viene pintiparado -¿de qué y de donde este palabro?- para comentar la elección de sede de los Juegos (?) Olímpicos en 2016 -échale tú carrete a la cometa- a cuyo efecto han viajado a Copenhague, con la innoble intención de impresionar, presionar, adular a unos figurones corruptos, nada menos que Obama, Lula, Juan Carlos I, y el japonés. Imagínate allí a Barak lamiéndole el culo a Alberto de Mónaco. A Luis Ignacio metiendo en la cama de un degenerado a brasileñas o brasileños en edad de merecer, a Juan Carlos que alimenta continuo a los sátrapas con jamón ibérico y vino fino (el pobre Gallardón ya ni te cuento), en fin, el de Tokio sufrirá varias hernias discales a fuerza de reverencias. Con premeditación y alevosía advierto, hoy que escribo, miércoles 30 de septiembre, cuando ya el mundo conozca la suprema opción, que lamentaría sinceramente la elección de Madrid. Como si este poblacho manchego no viniera padeciendo 'in illo temporis' la manía constructora y reconstructora de Alberto, si fuera insuficiente un infierno circulatorio y recaudador insoportables, he aquí que a esto se suman tropecientos miles de individuos desplazándose y otras tantas obras asesinas (no exagero) durante otros siete infinitos años.
Remato con el juego de la política donde cada facción repite, repite, repite, los denominados argumentarios y, en Cortes, vota como un solo simio.
Post Scriptum: De ahora en adelante me arrogo la potestad de otorgar títulos nobiliarios u otros a quien me salga. No soy menos que el Borbón ni que Javier Marías.