Este verano tuve la fortuna de poder viajar por Colombia. Entre visitas a selvas y paisajes de ensueño pude aprovechar para ejercer de periodista -también de ambientólogo interesado en el urbanismo- y acercarme a alguna de las iniciativas sociales que están haciendo que el mundo, más allá de la terrible violencia que lo azota, se fije en este país como foco de innovación en cuanto a políticas ciudadanas se refiere.
Es el caso de la política urbana de la ciudad de Medellín, tan premiada en los últimos años. Tengo que admitir que conocer el planteamiento de la alcaldía con los barrios más desfavorecidos y hablar con sus responsables y líderes comunitarios me hizo sentir envidia, y en cierto modo vergüenza, al compararlo con el que se lleva a cabo en Murcia, mi ciudad.
Desde la municipalidad de Medellín, gracias a la iniciativa del ex alcalde Sergio Fajardo, y en este mandato al empeño del alcalde Alonso Salazar, se ha promovido la participación de los ciudadanos en el urbanismo, entendiendo que es a éstos a quienes está dirigido. De este modo, tras estudios basados en el índice de desarrollo humano -esperanza de vida al nacer, tasa de alfabetización y PIB per cápita- se han focalizado los presupuestos en las zonas más necesitadas. Y se ha hecho contando desde un primer momento con aquellas personas que finalmente aprovecharán las reformas.
En los llamados Proyectos Urbanos Integrales (PUI) se ha implantado el presupuesto participativo en su acepción más amplia. Los trabajadores del municipio -arquitectos, asistentes sociales y otros técnicos de la Empresa de Desarrollo Urbano, incluidos sus directores- se han volcado en recoger la opinión de la gente de la calle a través de novedosas herramientas como talleres de imaginarios, en los que se les hace plantear su barrio ideal; asambleas abiertas a cualquier vecino, y paseos con ellos para localizar aquellos lugares que necesitan una mayor inversión o los problemas que ellos consideran más importantes. Es decir, han decidido considerar al ciudadano un actor imprescindible en la construcción de su entorno, hasta el punto de que su decisión es vinculante para la aprobación de los planes.
El resultado es un gran nivel de satisfacción e incluso un descenso de la delincuencia en barrios donde las luchas entre bandas callejeras han dado paso a una gran afluencia a las nuevas bibliotecas y centros cívicos. De hecho, zonas antes inaccesibles por lo abrupto de su orografía ahora son puntos de atracción turística gracias a la construcción del Metrocable, un teleférico utilizado como transporte urbano. Es decir, los políticos no han dudado en hacer una fuerte inversión en las zonas más marginadas, contando con sus habitantes. Y el resultado ha sido un aumento en la calidad de vida de éstos.
En Murcia, donde nos vanagloriamos de formar parte de una Europa democrática, la realidad es bien distinta. El Ayuntamiento dedica sus esfuerzos a vender demagógicamente a los vecinos proyectos nacidos directamente de despachos de promotores privados, sin ofrecerles ninguna alternativa; no duda en expropiar y echar de sus viviendas a los habitantes de la huerta tradicional, uno de los valores que nos diferencia de otros lugares del Mediterráneo, para abrir vías de comunicación a las grandes superficies, que finalmente perjudican al pequeño comercio y colapsan aún más un tráfico ya de por sí insostenible, y mantiene un servicio de transporte público anecdótico para la población de las pedanías. No nombraré otros ejemplos de sobra conocidos.
Pero los ciudadanos tenemos bastante que ver en esto. Mientras que en algunos lugares de América Latina, acostumbrados a no poder valerse del Estado, los vecinos crean activas juntas comunales para solucionar sus problemas solidariamente y defenderse de los poderes públicos cuando es necesario, en Murcia preferimos delegar nuestra responsabilidad democrática en nuestros políticos, sin exigirles, ni al Gobierno regional ni a la oposición, estar a la altura de nuestras demandas y necesidades.
Precisamente en Medellín, tuve la oportunidad de asistir a una conferencia que Edgar Morin dio en su discurso de investidura como doctor honoris causa de la Universidad de Antioquia. Bajo el título Ética y política, el filósofo francés habló, ante un público entregado que abarrotaba el teatro central del campus, sobre el individualismo como uno de los problemas de las sociedades contemporáneas y citó el lema de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad y Fraternidad- para concluir que la libertad sin la fraternidad no sirve para conseguir la igualdad. Dicho de otra forma, según Morin, la democracia por sí sola, sin la implicación de todos, no es una condición suficiente para alcanzar una sociedad más justa; lo que deja argumentos a una generación como la mía, los que nacimos y fuimos educados tras la Transición. ¿Qué diremos a nuestros hijos? ¿Que no movimos ni un dedo porque los teníamos ocupados jugando a la Play?
Si algo nos demuestran experiencias como la de la alcaldía de Medellín es que otros modelos de urbanismo más participativos son posibles, que los ciudadanos -conscientes e informados- pueden y deben formar parte de las decisiones mejorando así el resultado frente a aquellas de despacho y maletín.
Lo menos que podemos decir es que nos queda mucho que aprender...
forociudadano.org