Uno que creía ya estaba curado de espanto del choriceo, por eso de los treinta años de juez, sin embargo, me desvela una noche la narración radiofónica del choriceo de un nuevo 'lignum crucis'. Es decir, del hurto de un trozo o astilla de la madera de la Cruz en que Jesucristo expiró su último aliento. Ustedes pensarán que han aparecido tantos trocitos de madera auténtica de la Cruz por el mundo que no nos creemos nada. Pero esta duda se la disipo inmediatamente.
Un inventario de los mismos realizado en el año 1.870 demuestra que todas las astillas juntas no llegarían ni a un tercio de la Cruz de Cristo. Luego puede ser verdad. Pero ¿cómo se sabe que esa cruz que descubrió Elena, madre de Constantino -por cierto, mujer incomparable por su fe, religiosidad y de inigualable grandeza moral, lo que no le impidió mandar torturar, como después se verá-, allá por los años trescientos (claro, después de Cristo), era la auténtica? Pues bien, por dos razones: porque cuando llegaron al lugar, (torturando al que se negaba a dar señales de su ubicación, pues habían colocado ya una estatua de Venus para adorarla) el suelo tembló (como aquel Viernes Santo, a las tres de la tarde) y un perfume fue olido por doquier. Y además se supo que esa era la verdadera Cruz y no cualquiera de las otras dos, donde murieron Dimas y Gestas, porque a éstos no los clavaron, según el Evangelio de Juan. Por lo que la cruz que tenía agujeros por los clavos, era la de Cristo (elemental, querido Watson). Sólo hay una pega: los trozos de 'lignum crucis' aparecidos no siempre proceden de una misma madera (pequeñeces).
Volviendo al 'lignum crucis' o 'árbol de la cruz' (ya sea viña, rosal o encina) en español-castellano (no se como se dice ni en catalán ni en euskera, perdón), el más famoso, o por lo menos en el que más creemos los murcianos, es el de la Vera Cruz de nuestra Caravaca, a pesar de que no es el más grande, que es el que se conserva en el monasterio de Santo Toribio de Liébana. Esa Cruz murciana, que apareció el 3 de mayo de 1.232 de la mano de dos ángeles, para que el clérigo Ginés Pérez Chirinos dijera misa, lo que motivó la conversión al cristianismo de todos los musulmanes presentes, fue chorizada una noche-madrugada del día 12 de febrero de 1.934. Sin que hasta la fecha, a pesar de los esfuerzos policiales y de un gran juez (me consta), se haya averiguado su paradero.
Las lenguas dicen que ese robo sacrílego, que curiosamente se descubrió un Miércoles de Ceniza, tenía un carácter político-religioso, pues no se llevaron lo que más valía, económicamente hablando, que era la caja-estuche del siglo XIV. Los templarios, los piadosos o los chorizos, nunca se sabrá, siguen sin devolver aquel trozo del 'arbol de la cruz', hoy ya repuesto por otro.
Y por fin llego a donde quería llegar. La historia se ha repetido. El 15 de septiembre último, curiosamente también, día previo a la Exaltación de la Santa Cruz, otro 'lignum crucis' ha sido afanado. Esta vez, en la Basílica del Valle de los Caídos, nada más ni nada menos. Los monjes benedictinos, a la sazón sus guardianes, estaban diciendo misa de once cuando al regresar a la sacristía el relicario había desaparecido; sólo quedaba el estuche abierto. Un joven (es decir, de mediana edad), dicen, había salido de la sacristía durante la misa con una cogulla (hábito de los monjes), se supone que escondiendo el relicario que el Papa Juan XXIII había regalado a los monjes en 1.960.
Como Franco levante la cabeza, aparece.