Antes de que existieran las aulas hospitalarias, el alumno que caía enfermo y debía ser hospitalizado durante un largo periodo de tiempo no sólo perdía su salud sino también los estudios que estaba realizando. Perdía su libertad, su ánimo de jugar, su relación con los demás. El dolor, el aislamiento, la enfermedad eran su única perspectiva. Una perspectiva que se reducía al contacto con algún miembro de su familia y del personal médico. Esta vivencia restrictiva y negativa de su estancia hospitalaria reducía el éxito del trabajo terapéutico y las ganas de curarse de los jóvenes pacientes.
Las primeras aulas hospitalarias surgen en los años cincuenta del pasado siglo de la mano de los hermanos de San Juan de Dios en Gijón, orden dedicada al cuidado de los más jóvenes. En los años sesenta, ante la epidemia de poliomielitis que sufrió la población infantil se plantea la necesidad de ayudar a estos niños no sólo desde el punto de vista médico, sino también desde el educativo. Esta iniciativa dio lugar a que se abriesen una serie de aulas en diversos hospitales de la geografía española y que se ampliara la atención a otros niños con distintas enfermedades. En aquella época se pretendía más entretener a los niños que llevar con ellos un seguimiento escolar, según el programa de su colegio de origen, tal como se hace ahora. Para llegar a la situación actual, con toda una pedagogía hospitalaria bien estructurada que llevan a cabo maestros con plaza en la mayoría de los grandes hospitales, fue necesaria la Ley de Integración Social de los Minusválidos de 1982, en donde la atención educativa pasa a ser un derecho de todo niño ingresado en un hospital. Derecho que fue recogido en 1986 por la Carta Europea de los Derechos del Niño Hospitalizado. Los años comprendidos en esta atención son los que van de los tres a los dieciséis años, aunque también son atendidos jóvenes de edades superiores, especialmente aquellos que cursan el bachillerato.
Es precisamente este objetivo, el de cubrir la secundaria al completo y el bachillerato, lo que ha llevado a las consejerías de Educación a incorporar profesores de estos niveles a las aulas hospitalarias. Aulas que deben ser un espacio abierto y flexible, atento a las necesidades de los menores hospitalizados. El profesorado que atiende estas aulas sabe perfectamente que por encima de la enseñanza de conocimientos se encuentra el apoyo afectivo, teniendo que tratar a cada alumno de acuerdo al tipo de enfermedad que padece y su estado de ánimo. El simple hecho de que puedan asistir al aula conjuntamente con otros alumnos es fundamental para romper su soledad, evadirse del espacio hospitalario, aun sin salir de él, y favorecer su socialización y el intercambio de experiencias. En ocasiones esto no es posible y tendrá que ser el profesor el que acuda a la habitación del estudiante por tener que guardar cama.
Para completar la meritoria labor que realizan los docentes de estas aulas, la consejería de Educación de Murcia ha tenido el acierto de ofertar horas de atención hospitalaria a profesores de los institutos más cercanos a los hospitales escuela, cubriendo así más niveles y asignaturas. Una feliz idea que supongo compartiremos con el resto de Comunidades españolas. En lo que sí es única y pionera nuestra Región es en la creación de un certamen nacional de relatos breves dirigido a los niños y jóvenes hospitalizados. Esta será su tercera edición. El objetivo es ayudar a estos alumnos a liberarse del miedo y la tristeza mediante la palabra escrita, usando la imaginación o la narración de la propia experiencia. Además, por supuesto, de fomentar la lectura y la creación literaria. De ahí que este certamen lleve el sobrenombre de En mi verso soy libre. Una selección de los mejores relatos son recogidos en una publicación de la consejería de Educación. Un libro de lectura muy recomendable para todos, y especialmente para aquellos docentes que trabajen o vayan a hacerlo en las aulas hospitalarias.