Pese a que los balearicos -de nacimiento, digo-, que yo ya casi no recuerdo que lo soy, tenemos cierta fama de fenicios, supongo que tampoco faltará entre nosotros algún macho (?) ibérico que se proclame candidato a prestar el servicio, no precisamente gratuito, que demanda una tal María, consistente en desposeerla de cierta membrana que, hasta la fecha, le ha venido impidiendo mantener relaciones sexuales satisfactorias; lo cual, además, mediante cierta transacción, le permitiría proseguir sus estudios de medicina: su auténtica vocación.
Para ello, se ha hecho anunciar en el 'Diario de Ibiza', del mismo grupo editorial de este en que escribo, en los siguientes términos: "Joven de 18 años vende su virginidad por 5.000 euros para poder completar estudios de medicina. Total discreción, teléfono, etc.". Todo ello en recuadro donde pesco la noticia.
Hoy día, cinco mil euros, aún sin echar mano del optimismo a ultranza del presidente Zapatero, los tiene cualquiera. De todos modos, yo aconsejaría a los posibles aspirantes -por supuesto gente tímida y reprimida, cuando no tocada por el morbo de la primera vez que todavía no se habrán comido una rosca- que no se les ocurra tirarse sin paracaídas; muy especialmente si la virginidad se da por ambas partes. Pues más de un apocadillo he conocido yo que, al no habérseles ocurrido entrar en faena hasta bien pasados los treinta de su edad, le entraron al toro con tanto ímpetu, que salieron del encuentro con el prepucio remangado hasta las ingles y sangrado cual corderos degollados. Las profesionales del sexo (putas) suelen referir historietas macabras basadas en el tema.
En cuanto a las garantías de virginidad de la parte contratante, que dice estar dispuesta a pasar por un examen médico previo, dados los medios científicos actualmente existentes, no es fácil que nos den gato por liebre.
En cambio en los años treinta del siglo pasado, días de mi primera juventud, la cosa resultaba bastante más problemática, ya que dicha tarea -inspección y remiendo- corría a cargo de las alcahuetas, quienes, en caso de que se toparan con evidencias de que el lugar había sido transitado miles de veces en ambas direcciones..., mediante una módica cantidad, una aguja de coser sacos y tres palmos de hilo de emplomar, te las dejaban tan enteras como lo habían estado el día en que sus madres las habían traído al mundo. Todo ello, apostilla Cocoví, contrasta con la idea de que hoy día, cualquier dieciochoañera se avergonzaría de haber llegado a sus edad manteniéndolo intacto.