La crónica de la mísera condición humana es un relato sin fin. El fracaso de la humanidad está cada día en las páginas de los periódicos, en las noticias con imágenes de la televisión, en el sonido escandalizado de la radio. La última señal de la estupidez del ser humano está en esa inversión económica de altísimo nivel (no quiero entrar en el detalle de las cifras) que alguien es capaz de pagar para ser enterrado, el día que sea necesario, en el nicho existente sobre el de Marilyn Monroe; la pobre Norma Jean convertida en leyenda después de una lavativa asesina; un cuerpo bellísimo convertido -a la hora exacta de su fallecimiento- en despedazado elemento de morgue a la búsqueda forense de las causas de la muerte (leer la estropajosa autopsia de la estrella).
Y no me escandaliza -aunque no le veo el placer-, el deseo de reposar eternamente sobre los detritus de tal o cual persona, en este caso una estrella del firmamento cinematográfico de un imperio decadente; me desmoraliza pensar que en la actualidad es posible y permisible que alguien, con nombre y apellidos que no quiero saber, puede y tiene para gastar una fortuna en semejante inversión. Pornografía pura y dura de este capitalismo salvaje que hiere las sensibilidades menos permeables a la injusta condición del ser humano; una capacidad económica despreciable.
Repugna pensar en los réditos que se pierden de ese capital empleado en favorecer y facilitar la eliminación de cualquier pobreza del mundo; en cualquier lugar del planeta donde se sufra la carencia de cualquier índole básica y elemental. Se me argumentarán los mil predicados que intenten justificar la riqueza privada y su disfrute; ninguno de ellos haría justicia con la necesaria y obligada solidaridad de todos con todos.
El ser humano es un escándalo constante en sí mismo; un animal en permanente necesidad de estudio de sus instintos, de sus hipocresías, de sus bajezas intelectuales. Yo deseo fervientemente que el individuo -le supongo masculino- dueño de esa mínimo cubículo destinado a admitir el féretro con sus restos mortales, separados de los de Marilyn Monroe por un leve forjado de hormigón, pueda disfrutar cuanto antes de su privilegiado sueño eterno y ocupe el lugar -de inmediato- elegido a golpe de talonario, a la mayor brevedad posible. Vivo se está perdiendo un placer sublime sólo posible a una minoría que el mundo ha creado y elegido para desprecio del resto. Ni siquiera se me ocurre pensar que pueda resultar ejemplarizante semejante delito moral para colectivo alguno. La libertad individual, es otra cosa; así es que suicídese, señor X, y tome posesión.
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