Una. Se le escapó el mes de agosto entre los dedos, cavilando, y por la desazón absurda de los titulares, de los espionajes y de los decretazos para la TDT de pago. ¿Había alguna razón para molestarse por algo? ¿No estaba claro que nos íbamos de vacaciones? Pues no, ectoplasma de Cospedal desde Marbella y decreto de Fernández de la Vega desde Moncloa. No son comparables, por supuesto: una cosa es ampararse en el aforamiento para decir estupideces desde la oposición, y otra gobernar, con razón o sin ella, ya veremos. Decidió rematar el mes en el cine, viendo la versión del primer libro de Millenium, 'Los hombres que no amaban a las mujeres': los suecos son muy suecos cuando hacen cine. Más que una película de serie noire parecía de Bergman. Se salva el personaje de Lisbeth, sólo se salva. De una sala a otra: pero el Dillinger de Mann y Depp es un bioclic adaptado, alargado y aceptable. Se salva que los malos/buenos, el FBI, son abominables, pero también sólo se salva.
Dos. Puestos a salvar, los viejos clarines de la extrema derecha tocan los sones del apocalipsis. Y cuanto más advenedizos son esos clarines, más fuerte es el estrépito. ExPCE´s, exGRAPO´s, exORT´s, exLCR´s, ex casi todo lo que fue marxismo-leninismo, son ahora los teóricos de la vieja España. No es que los extremos se toquen: siempre han estado en el mismo sitio, bestias totalitarias del mismo magma.
¿Serán así otoño, invierno y primavera? Peores, porque entre la gripe que va a enriquecer más las arcas de una multinacional farmaceútica, y las cifras macro y micro de la economía local y global, las cataplasmas se venderán en la tienda de la esquina. Por cierto, ¿dónde está Solbes? Y Magdalena Álvarez nos confiesa en la SER que quería ser bióloga. Algo ganamos, una gran ministra de Fomento, que para bióloga ya está Ana Obregón.