Ala vista de los últimas revelaciones sobre las prácticas tan poco ortodoxas desde el punto de vista legal y ético, llevadas a cabo por la CIA y de las que se han hecho amplio eco todos los medios de comunicación del mundo, no deja de ser paradójico y sumamente cínico que en el muro del vestíbulo de la sede central de la Agencia Central de Inteligencia figure el siguiente fragmento del evangelio de San Juan: "Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres". La controvertida organización gubernamental norteamericana atraviesa en estos momentos un doloroso vía crucis, tras la reciente decisión por parte del fiscal general de EE UU, Eric Holder, de que un fiscal investigue si hubo torturas y abusos durante los interrogatorios dirigidos por agentes de la CIA a prisioneros durante la época de George Bush.
Para mayor 'inri', y por si faltase poco, merced a una demanda de la Asociación de Libertades Civiles de América, un juez federal acaba de ordenar la desclasificación de una serie de documentos acerca del martirio sufrido por los detenidos e interrogados por la CIA en cárceles del extranjero, entre 2002 y 2003. Según esos testimonios, numerosos presos fueron vejados de manera sumamente inhumana, llegando incluso a padecer la terrible tortura física y psicológica de ejecuciones simuladas. También sufrieron amenazas de violación y muerte contra algunos miembros de sus familias. Al parecer todo valía con tal de conseguir confesiones, tanto la utilización de un cepillo de púas como la presión con los dedos de la arteria carótida, finalizándola cuando el detenido estaba a punto de sufrir un desmayo.
Al hilo de estos acontecimientos, que sólo merecen la más enérgica condena y repulsa de las gentes bien nacidas, fieles al respeto de los Derechos Humanos, considero más oportuna que nunca la lectura del espléndido libro 'Legado de cenizas. La historia de la CIA', del brillante periodista del diario The New York Times Tim Weiner, premio Pulitzer por sus lúcidas investigaciones periodísticas sobre programas secretos para la seguridad nacional. En la mencionada obra traza con profusa documentación y espíritu crítico, la trayectoria de ese servicio de espionaje, desde sus albores, finalizada la II Guerra Mundial, hasta nuestros días.
Como colofón a este artículo, reproduzco seguidamente un fragmento de la página 545 del mencionado libro, por estimar muy iluminador su contenido, del tema que nos ocupa: "¿Merecen los estadounidenses un servicio de inteligencia que malinterprete las amenazas de terrorismo cruciales, dependa de la información arrancada mediante torturas en cárceles secretas, y obtenga un poder sin restricciones a ase de órdenes presidenciales secretas? El próximo presidente de Estados Unidos habrá de abordar esas cuestiones. El nuevo comandante en jefe deberá restituir los principios estadounidenses a esta larga guerra. Ello comporta renunciar a la tortura como herramienta de poder, devolver el hábeas corpus al lugar que le corresponde en la legislación, cerrar Guantánamo y clausurar todas las cárceles secretas". Cuando Weiner escribió estas premonitorias líneas, Barak Obama todavía no ocupaba la presidencia de EE UU, pero resulta indudable su audaz empeño en renovar la CIA, sobre todo con su decisión de crear una unidad de élite dependiente de la propia Casa Blanca, con la misión de efectuar los interrogatorios a los sospechosos de terrorismo con procedimientos ajustados a la legalidad y la ética.