No sé yo, o sea, que no me cabe en la cabeza, cómo es posible que un cantaor participante en el concurso del Festival Nacional del Cante de las Minas recién celebrado en su XLIX edición, lo hiciera cantando granaína y media (¡¡¡), como leo en los 'papeles', que tanto se han ocupado del evento los pasados días. Llegué a pensar si no sería que se había propuesto cantar dos granaínas enteras y no le quedó fuelle para rematar la segunda.
Por suerte, a lo largo de toda la maratónica -y en algunos momento soporífera- velada final en la noche del 15 al 16 de este mismo mes de agosto, tuve en todo momento a mi lado para que me asesorara a Cocoví Picornell, un sujeto a quien, en lo que a flamenco se refiere, no se le escapa una. O eso cree él, al menos.
En lo de la referida granaína y media, me dijo que no, que no se trata de eso, sino de dos cantes enteros llamados granaína el uno, y media granaína el otro. ¡Acabáramos!...
Ahora entiendo yo lo de El Coloraíto, que es el mote con que se presentó el intérprete en cuestión, aunque no me extrañaría verle cualquier día anunciando los carteles como Colorao y Medio, pues con lo de Coloraíto a secas, de todas todas no va a comerse ni media rosca.
Y sigue mi Alter-Ego, siempre en plan lección magistral, diciéndome que no sea tonto, que si alguien me habla de cantes y medios cantes, no le haga caso, ni tampoco a los que me vengan con el cuento de cante grande y cante chico, lo cual es una cuestión, esencialmente, subjetiva y que a veces, incluso, el que un cante nos parezca grande o chico depende de nuestro estado de ánimo en el momento de escucharlo.
Sin ir más lejos, en el citado Festival de La Unión, se premia como cante cumbre del mismo a un algo amasado a base de cinco o seis aullidos que la mayor parte de los unionenses quieren que se llame minera y sea el cante estrella, si no del Festival, sí al menos del concurso, que es la base del mismo, dándose la paradoja de que, sobre todo, los más asiduos, lo aborrecen. Tanto que, en privado, suele haber chascarrillos a costa de la minera.
¿Que por qué, pues, se avienen a participar una vez y otra en dicho concurso, pese a lo a coña con que se lo toman?... Sencillamente porque 15.000 euros son muchos euros, los cuales este año le han caído a un tal Rafael Carlos Espejo Moreno (hijo). He aquí un nombre entero bastante más largo que la granaína y media.
Y dirán ustedes: ¿Cómo se explica entonces que a los unionenses les guste la minera -ovaciones cantan- hasta el extremo de que la mayor parte de ellos se crean doctores en la materia o poco menos?... De la misma forma que el deleite que experimentamos estos calurosos días al empinarnos una jarra de cerveza a pesar de que la primera vez que la catamos nos produjo repugnancia. Y no digamos ya el primer cigarrillo con su furioso enganche actual y la vomitera de la primera vez.
Con razón el profesor Lorite Mena dice que el hombre -y la mujer, claro- es un animal paradójico.
Si los sapientísimos organizadores del Festival ese del cuento se sintieran ofendidos por lo que aquí se dice, de mi puño y letra, que no se me duerman en el surco, como solían hacer los bueyes -y que conste que no estoy señalando a nadie- de la generación anterior a la de los tractores. El pasado sábado, cumplí los ochenta y cinco, y podría darse el caso de que sus padrinos, en vez de conmigo, se las tuvieran que entender con una esquela.