Agosto ya no es lo que era, aunque tal vez no lo haya sido nunca, pues el recuerdo es traidor en su falta de crueldad. Es posible que agosto, la paz de agosto, esa que tiene en su centro una sedante promesa de inexistencia (en el sentido bueno), no exista tampoco. Junio es promisorio en sus últimos días, al borde mismo del final, tras haber saldado el IRPF. Hay una sospecha de paz ahí. Julio está lleno del trajín de rematar cosas, que se prolonga, por pura inercia, a principios de agosto. A mediados hay un hiato, en el que se aparece la Virgen. Luego, cuando podría fraguar por fin cierta indolencia, los aguafiestas empiezan su bombardeo de anuncios. Parecía languidecer la parte más furiosa de la crisis, y llega la amenaza de la segunda parte, los ajustes para pagar sus gastos: más impuestos y menos servicios. ¿No podrían haber respetado una semana de tregua? Poder=joder.