Me quedé en la pasada edición comentando, entre lo colectivo y lo individual, entre mi presencia y la inminente ausencia, las cosas que se sucedían sin descanso en un pueblo, el de Águilas, que jadea sin descanso de día y de noche, a lo largo del verano a ritmo de frenético cha chá, que ya el twist se quedó lejano y forma parte de una historia que nadie quiere resucitar pese a que ha sonado música dorada a lo largo de los dos meses de fiesta continua que Clara Valverde, la concejala de Cultura, se encarga de programar .
Sea por los cantes de cuadrillas, por los teatrillos de humor, por los Romeos y Julietas que se escapan por la Glorieta, por la música de los Munstang, por los festivales de las peñas flamencas, por las carreras de barcos a remo, por las cucañas, por la proyección de imágenes o de películas de Paco Rabal que proyecta la Asociación Milana bonica, por el ballet argentino, por la elección de los personajes del Carnaval, por la presencia de la feria gastronómica o de artesanía en la plaza Alfonso Escámez (espero ver al señor marqués pronto, a mi regreso) o por lo que sea, no hay descanso, pausa o receso al veraneante, atrapado en una red de golosinas deportivas, de ocio o de lo que sea que abastece variados gustos personales. Sobre todo, tal como indicaba, la fiesta suena hasta que llega en todo su esplendor el aluvión sonoro del castillo de fuego en la bahía. A partir de ahí, de esa fecha tope, bien se puede permanecer en la localidad o, como algunos que, llevados por los impulsos desmedidos de la tierra madre, hemos de emigrar a las montañas (nevadas en el invierno) tras pasar larga temporada en el mismo mar de todos los veranos. Una pequeña mudanza.
Pero antes de partir, equipados de buena memoria, guiados por la pericia estratégica de Juan Ruiz, del sector logística, los componentes de la peña que podríamos llamar Los abuelos, Los del Inserso, Los Casi o Los a punto de o algo similar, bien no procuramos sustento sin contar para nada con las presuntas arcas municipales ni con la diligencia de los concejales. La organización del acto más relevante del verano aguileño se celebra en el 1900 del judoka Juan, esposo de Laura, padre reciente de Carla, delante de una impresionante tarta de merengue elaborada por el orfebre Zenón, maestro artesano de Lorca (al final las diferencias entre localidades cercanas no pasa de ser mero apareamiento) quien nos obsequia desde el Pleistoceno con el tradicional ramillete de blancas palomas a punto de emprender el vuelo hacia regiones lejanas. Y efectivamente, hay que ver con qué gracia se rebana la milhoja por parte de personajes pausados que, por un día, abandonan su calma y acuden golosos al pastel de rica miel. Se trata de un viejo rito que empieza a formar parte de la leyenda de un pueblo que come y traga con avidez. en mil sitios distintos como El Faro, Pimiento, en las dos Tascas (recomiendo especialmente en de Méndez Núñez), en el Veleta, en el francés al pie del castillo, en la Casa del Mar, en las Brisas, el arroz con bogavante en el Peñarrubia y las copas en el Samoa pese a que se sigue diciendo que hay crisis aguda. Gusto da ver de qué manera -y regresamos a la tarta- se lanza la manada de lobos contra el blanco merengue, de qué forma se deshace en la boca el rico hojaldre, cómo los hay que avanzan rápido para tragar segundo y tercer bocado, de qué manera se apuran las andanadas al banquete zenoniano pese a que uno tiene azúcar, el otro diabetes, aquel está a la espera de un riñón o el de más allá pendiente del marcapasos o de una gripe A. A la hora de la verdad, cada quien saca su orgullo, se traga las penas y avala sustancia fina. Selecta y azucarada.
Y me he de marchar por unos días, así que me dejo a mi Dani, atareado en vender periódicos de La Opinión, sin darme el parte diario de lo que sucede en el pueblo, por ejemplo de ese concejal que va de rama en rama y se posa, como las palomas de Zenón, en gargantas profundas. Y me quedaré semana y pico al margen de mi Alfonso Tercero y de su hermana Rosa Catalina -ambos niños perdidos del Hornillo- y de mi señora madre, que ha de procurar ahora el largo descanso hasta las doce de la mañana en la cama sin que se tenga que levantar a recibirme de buena mañana, como dicen los franchutes. Y estaré casi diez días encerrado en la celda de un frío convento en donde he de sacar, mientras aplico la estricta dieta, sábanas y mantas del armario. Dejo el brasero aguileño por el frigorífico alpino, la caloreta de las cuatro de la tarde por el aire perfumado del romero, la playa por la brisa del río. Y lamento abandonar el palique de la tertulieta matutina, al pie de las virolas, porque he de cambiar el sonido ruidoso por el silencio conventual. Cambiaré playa por pinos verdes, el abrazo caliente del sol por la fresca corriente que desciende de los cielos, el rastro espeso del calor por el clamor de las tormentas veraniegas. Lo peor que puede suceder en estos días de ausencia de mi amado pueblo (afortunadamente no es el de quien yo me sé) es que el maestro Zenón tenga la ocurrencia de mandar una segunda fortaleza merengue a los bárbaros tertulianos y yo esté fuera de mis contornos habituales. Entonces pensaría en el suicidio.