Los acontecimientos de los últimos años acaecidos en el flujo de la información institucional se han visto acrecentados y colmados en las últimas semanas, con varios hechos puntuales que no vienen sino a confirmar lo que muchos nos estábamos temiendo: el amordazamiento del periodista. Naturalmente, ese amordazamiento no sería efectivo si los directores de los medios y, en concreto, sus editores no dieran por buena la práctica que la clase política dirigente está llevando a cabo. En lo real, me estoy refiriendo a la culminación reciente de 'ruedas de prensa sin preguntas' o más sofisticada aún, la video-contestación del presidente Camps al carpetazo judicial del caso en el que se le investigaba, para no dejar ni una fisura a que algún periodista 'curioso' pueda preguntar algo absolutamente inconveniente. Como indiqué anteriormente, esta práctica (aunque no tan claramente expresada como ahora) ya venía implantándose con cierta frecuencia hasta el punto de que, finalmente, ya es lo habitual. Siendo ya de por sí esta acción grave para conformar la opinión pública, lo es aún mayor el que ciertos jefes de prensa de las instituciones 'amenacen' a los periodistas que 'se atreven' a preguntar en una comparecencia de un ministro. Por cierto, el tal ministro ni se inmutó ni expresó malestar por ser preguntado. Antes al contrario, su contestación fue correcta y educada aunque no aclarara demasiado. Pero contestó y de buenas maneras. Por ello, no se acaba de entender la actitud tomada por su jefe de prensa para con un periodista, aclaro, de TVE (para que luego digan los demás, que los medios públicos están 'manipulados'). Y esta práctica debe acabar aquí y ahora. Porque el periodista de a pié es el que se lleva todos los 'obuses' de jefes de prensa, de Gabinetes o políticos, muchas veces de tres al cuarto. Unos 'obuses' que amenazan con decírselo a tu jefe (director o, peor aún, editor), para que no vuelvas jamás a aparecer por allí o, en el peor de los casos, para que seas despedido de inmediato (ello depende del nivel de 'simpatía' que el editor tenga con ese político o su partido). Claro, todo ello nos lleva al debate abierto hace tiempo sobre el periodismo que se practica en los últimos años. Que si el periodista 'está comprado'; que 'es adicto' a tal o cual formación política; que 'a estos' no hay quien les pare para que dejen de escribir falsedades, porque "yo no dije eso quise indicar"... Un horror, se lo puedo asegurar, si usted fuese uno de los nuestros y tuviera que 'torear' todos los días con estos 'miuras'. Otra cosa son aquellos que "se han metido a periodistas" sin serlos. Me explico. Aquellos personajes que por su popularidad en la polémica quedan contratados por medios concretos para programas concretos, en los que la información 'no prima' y sí la 'polémica y el escándalo' sean o no ciertos los toros. Contra ese mal llamado periodismo estamos todos los que hacemos del periodismo nuestra razón de ser y existir. Una vez aclarada la cuestión, me reitero en el final de las prácticas de la clase política en general (que no todos) para con los periodistas, en relación a "no se contestan las preguntas" o "esto es lo que hay" sin posibilidad de contrastar o ampliar el fondo de las cuestiones que enriquezcan la opinión ciudadana.
Por ello, le hago un llamamiento -creo que en nombre de una mayoría de periodistas- a los directores y editores, a no permitir estas actitudes. Porque si no cortan esa línea argumental, el argumento acabará también con ellos. Al tiempo. No permitan un periodismo amordazado. Por el bien de la comunidad y de su dignidad como periodistas recogida en la Declaración de Principios de la Federación Internacional de Periodistas (F.I.P.).