Hace algunos días sufría las dolencias típicas de una enfermedad que se suele soportar en silencio. Su denominación vulgar contiene el nombre de un conocido anfibio. Harto de aguantar en la más escrupulosa intimidad las incómodas molestias acudí al galeno, que tras la poco decorosa (al menos para mí) y minuciosa observación diagnosticó hemorroides. Acto seguido recetó una pomada, augurándome refrescantes y eficacísimos efectos sanadores.
Una vez en la botica el oficial de farmacia me hace saber que dicha pomada no la cubre mi mutualidad y tendré que pagar el importe en su totalidad. En este momento cometo la torpeza de pronunciar a viva voz mis más indignados pensamientos y espeto: "¡Y la píldora postcoital sí es gratis! ¿Este medicamento es acaso un cosmético?". El sorprendido mancebo respondió con un prudente y significativo encogimiento de hombros.
Tras varios días de tratamiento se han cumplido los pronósticos del doctor y mis molestas dolencias han desaparecido. Ahora bien, aseguro que los efectos del singular tratamiento "de belleza" no pienso mostrarlo a persona alguna que no sea de mi más intimísima confianza. Espero me comprendan.