Como el despertar de un sueño que se ha hecho realidad. Una vida de cine. Nuestra vida no es exactamente como esas películas que visionamos una y otra vez para recordar un buen guión o volver a vivir aquellas escenas que nos hicieron disfrutar. Argumento, dirección, protagonistas -actores y actrices-, paisajes exteriores e interiores, vestuario, fotografía, banda sonora original... la vida es mucho más. La realidad supera con creces la ficción. Nuestra existencia protagoniza esa película inacabada en la que un día tras otro buscamos un final feliz. Nos saltamos a la torera afirmaciones axiomáticas porque siempre podemos descubrir algo nuevo bajo el sol como la irrepetible historia personal de cada uno.
La acostumbrada monotonía y los acontecimientos inesperados o extraordinarios, perfilan y proyectan las escenas de nuestro vivir. Son innumerables los ángulos desde donde contemplar la perspectiva vital de la existencia. El recuerdo da vida a la memoria de aquellos tiempos felices que nunca quisiéramos olvidar. "Tal vez la ausencia nos habla con más intensidad de las cosas que amamos".
Vivir es un continuo volver a intentarlo. Volver a vivir. La vida sigue, secuencia a secuencia -callada o ruidosa- imparable en el acontecer cotidiano.
Somos protagonistas. Actores principales. Vivir es nuestro papel -valga la redundancia, el papel de nuestra vida-, inconfundible, insustituible, magistral. Es el que mejor podemos interpretar -aunque en determinadas circunstancias dudemos-, contamos con todos los medios necesarios para una fidedigna realización personal. Intentar cambiar nuestro papel es salirse del guión y eso no vale.
"Los lamentos, por profundos que sean, por dolidos que sean, no devuelven las oportunidades perdidas; los lamentos no devuelven la vida a la gente; los lamentos no eliminan los riesgos; los lamentos no devuelven el tiempo perdido y las oportunidades que no se han aprovechado".
A veces -intencionadamente o no- hacemos oídos sordos a nuestra banda original. Obviamos ritmos y pausas; líneas y espacios que contienen la clave melódica; el movimiento preciso, silencios elocuentes... con qué facilidad nos distraemos e incluso añoramos otras músicas que suenan -no sabemos dónde-, sin ton ni son para nosotros. Tararear la vida es un arte que requiere constancia, sencillez y precisión.
Tras las bambalinas de nuestra existencia, el Gran Hacedor pone y recompone -con infinita paciencia- la tramoya de nuestro vivir: el mejor sueño que podemos hacer realidad.
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