CARTAS A LA DIRECTORA

El reloj de la iglesia de La Alberca

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Juan Beltrán Arnáez

Según me contaron mis mayores, durante la Guerra Civil española, las campanas de la torre de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de La Alberca desaparecieron, y a su vez el templo fue dedicado a otros menesteres. A la terminación del conflicto bélico, la iglesia recobró el uso para el que fue construida, pero la campana tardó más en ser restituida.
Por lo tanto, el viejo reloj del campanario estuvo un tiempo sin dar las horas. Nos encontrábamos mi hermano Pepe y yo, junto a un buen número de alumnos, en la Escuela Primaria, situada en la plaza de la iglesia, que regentaban las ancianas maestras doña Enriqueta y doña Sinforosa, hijas del también docente en otra época don Antonio de Egea Buenafé cuando éstas nos informaron, que aquella mañana iban a subir la campana a la torre de la iglesia.
Desde los ventanales de la escuela observábamos los preparativos de los técnicos para elevar el instrumento metálico a su destino en el campanario. Una vez que la campana estaba preparada para su ascenso, mediante un ingenioso quinal, las mencionadas maestras nos sacaron a los alumnos a la acera, donde a prudente distancia y sentados en ella, presenciamos, con los ojos atónitos de niños, la curiosa operación.
Pero si la subida de la campana nos asombró, posteriormente, el sonido de las campanadas del reloj, al dar el mazo sobre ella, y después el alegre repique de la misma, con su agradable sonoridad, nos dejó perplejos y con una alegría especial. Era lo lógico, oíamos por primera vez una campana, y precisamente en el campanario de la iglesia de nuestro pueblo.
Bastantes años después, concretamente en 1972, la Asociación de Consumo y Amas de Casa de La Alberca, muy acertadamente, decidió sustituir el viejo y ya renqueante reloj por uno nuevo, cuyo costo fue de 125.000 pesetas, cuya instalación fue terminada en diciembre del mencionado año.
Los años han pasado implacablemente para aquellos niños que indudablemente fuimos afortunados al estar presentes en aquella alegre efeméride, para nosotros muy golosa, algunos ya no están entre nosotros, y para ellos mi entrañable recuerdo.
Para los que afortunadamente vivimos, mi cordial saludo, y el deseo, que supongo que compartirán conmigo, de que el reloj de nuestra iglesia parroquial, que tantos años nos ha acompañado dando puntualmente las horas, lo siga haciendo durante muchos años más.

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