Hace dos años nos íbamos de vacaciones pensando que el problema financiero suscitado en EE UU no nos afectaría o, al menos, no lo haría de forma tan acusada que nos procurara una situación de recesión económica tan grave y alargada en el tiempo como está siendo. Poco podíamos imaginar que en este corto periodo desapareciera el 10% de la masa empresarial, o que el paro se duplicara tan rápidamente, o que se pusiera en cuestión el sistema financiero (hasta el extremo de precisar de la ayuda del Estado para resistir la embestida de una gestión tan alegre como injustificada). o que las Administraciones públicas padecieran el déficit de recursos propios para alojarse en el endeudamiento, etc. Pero esa es, lamentablemente, la realidad socioeconómica.
A partir de los primeros meses de 2008, percibiendo al tendencia negativa y el ritmo galopante de sus efectos, se generaron desde diversas instancias una catarata de medidas coyunturales cuyo objetivo no era otro que el de 'salvar los muebles' o 'amortiguar la caída libre en la que incurrimos'. Gobiernos, nacional y regionales, incluso algunos en el ámbito municipal, bancos y cajas, institutos, etc. pusieron sobre la mesa los recursos existentes, e incluso los procedentes vía endeudamiento. ¡Que nada que sea viable se quede en el camino! es el mensaje que con mayor frecuencia hemos oído. Hay que reconocer esa actitud, y también agradecerla, aunque para ese entonces ya la meta no era otra que la supervivencia, como hoy, como mañana, porque esto no ha terminado. La verdad de lo que esta ocurriendo, y me atrevo a decir, de lo que sucederá, conduce a constatar lo que seguidamente expongo, partiendo de la premisa que da título a esta opinión. Después de la imagen de cada oferta de ayudas, convenios, líneas de financiación, etc., a la empresa sólo llega el ruido de las palabras porque la efectividad de aquéllas no permite recuperar la confianza en la medida deseable y nos mantiene sumidos en la incertidumbre e inseguridad, principales enemigos de la actividad económica.
Permítame el lector que concrete algunos aspectos esenciales de las múltiples razones que me llevan a decir, muy a nuestro pesar, lo que pienso en estos momentos: En primer lugar, pese al transcurso de dos años desde que se iniciara la crisis no existe una política económica diseñada por el Gobierno de España capaz de orientar la actividad, ni de provocar solidaridad porque carecemos de objetivos y, más aun, de instrumentos para conseguirlos. Adviértase que las importantes instituciones como FMI, Unión Europea, Banco de España, analistas y expertos, han denunciado la necesidad de llevar adelante reformas estructurales. Pero el Gobierno contesta con ese viejo dicho huertano de "no me des consejos, que equivocarme sé yo solo". Soy de los que piensan que si no ponemos las bases del futuro, en la próxima crisis estaremos igual que ahora, y será, sin duda, peor.
Un segundo aspecto es que esa política de Estado que hoy se demanda, debe ir acompañada, desde ya, de acciones para controlar -que no intervenir- los recursos proporcionados al sistema financiero y su destino. Somos partidarios de que se coadyuve a resolver el problema de bancos y cajas, pero se nos dijo que era para proyectarlos en las pymes y en el consumidor. Véase este apartado en el reciente barómetro publicado por el Colegio de Economistas de la Región: el 80% niega que esté llegando ese flujo y que la escasez de crédito sigue siendo un hecho. Hasta tanto el mercado financiero no se normalice, la recuperación quedará bloqueada.
Pero sigamos el análisis. El famoso y tan deseado diálogo social a nivel nacional. La alternativa es que "o no se logrará el consenso", o el que se obtenga 'no será suficiente' para afrontar la situación. La información que tengo es que CEOE ha formulado propuestas concretas y de gran alcance después de la 'cena en Moncloa' para acercar orillas. Si no se le escucha habremos perdido la oportunidad de llevar a la práctica medidas esenciales para el futuro sin atentar a derechos principales y adquiridos de ninguna de las partes. Y si, finalmente, no hubiera concertación, el Gobierno de España deberá tener sentido de Estado y carácter bastante para adoptar las medidas precisas, porque no es posible continuar en unos criterios cuya víctima principal es el empleo. Ya ven los resultados que nos ha proporcionado la EPA. Una responsabilidad de todos que ha de encararse desde la objetividad y rechazando la intransigencia.
Tendría que referir otras cuestiones fundamentales atenientes al consumidor, a los sectores económicos, a la inversión pública y a los niveles de endeudamiento que estamos adquiriendo y que, no olvidemos, tenemos que pagar. No es posible por razón de espacio, pero lo dicho pueden ser 'botones de muestra' para explicar lo que nos está pasando, aunque también para que seamos conscientes de lo que hay que hacer para despegar de este fondo crítico que hemos tocado o al que llegaremos muy pronto.
Estas circunstancias nos dejarán secuelas importantes y, por supuesto, una nueva cultura para los tiempos venideros. Nada será igual que antes, pero el esfuerzo que ahora hemos de realizar permitirá un ritmo mayor para la recuperación. Por eso, y porque debo aceptar la responsabilidad que me corresponde como presidente de CROEM, expondré en otro artículo aquellos males que a nivel de empresa representan los obstáculos principales.