Un día, ya no recuerdo cómo llegué a ello, en una de mis clases de Literatura se me ocurrió hacer un comentario irónico sobre Michael Jackson, el 'negro que quería ser blanco', o algo así, espeté. En ese mismo instante vi como dos de mis alumnas (era una clase de Tercero de BUP, 16-17 años) se echaban desconsoladamente a llorar. Quedé estupefacto, me disculpé, expliqué, divagué... No daba crédito a que algo tan nimio pudiera haber causado ese efecto en dos chicas, además, muy inteligentes, buenas escritoras (entonces aún se escribía y se leía, era antes de las reformas socialistas), inquietas, críticas. Según me explicaron era su ídolo, un ángel, una presencia libre del mal que encarnaba la bondad, la pureza. Para unas chicas idealistas, en una época ya postideológica, Jackson significaba una curiosa rebelión contra la podredumbre inevitable, un manifiesto a favor de la inocencia como seña de identidad.
No cabe duda de que su aportación al pop ha sido la de un genio. Que unía delicadeza y ritmo como lo han hecho muy pocos en la historia de la música popular. Y que su vídeo Thriller es el mejor que se haya hecho nunca, el icono definitivo de los felices ochenta. Pero nunca pude evitar la sensación de que había algo malsano en esa obsesión por la pureza y la asepsia que despedía toda la vida de Jackson. Su angelicidad llevaba en ella el mal, ese mismo mal que de niños nos habían enseñado en la figura del Ángel Caído, de la criatura más hermosa creada por Dios, de ese Luzbel, la luz bella, que había querido ser soberano absoluto de sí mismo. Más Dios que Dios mismo.
Es en eso en lo que quizás alcanza Michael Jackson una condición de símbolo inigualable de esta posmodernidad que nos ha tocado vivir. La de una paradoja formidable, un momento en el que las líneas ideológicas dominantes -las de la izquierda nostálgica del marxismo que busca su reubicación, pues la derecha no existe en el mundo de las ideas- exaltan un neopastoril regreso a la naturaleza (la nueva santidad ecológica, las energías alternativas, el vegetarianismo, la salud, el infantilismo, la higiene, todo eso con lo que Jackson alimentó su imagen), a la par que se hace bandera de la rebelión contra la propia naturaleza, la humana. Es ese odio contra nosotros mismos que Jackson encarnó, esa negación de lo 'naturalmente' humano en él, empezando por su color, lo que define hoy al llamado progresismo.
Y así, se pretende hacer de una tragedia como el aborto un derecho, se considera al sexo que la vida nos dio como una construcción ideológica impuesta y no la misma gozosa naturaleza del árbol o el río, se exaltan todas las técnicas reproductivas artificiales, se lucha contra los transgénicos pero se alquilan úteros, se compran óvulos y esperma, la cirugía estética se impone como una segunda divinidad y el cuerpo ya no es más que un recipiente para erigirnos en pequeños ángeles anoréxicos que no se aceptan como son. La utopía ya no es el alma, es el cuerpo. Somos Frankenstein jugando a Peter Pan, luzbeles aburridos que aúllan buscando a un Dios que no responde.
Michael Jackson vivió rodeado de naturaleza, en su Neverland irreal, encarnando la inocencia contra la corrupción de los años, pero atiborrado de química, de mentira, blanqueando su piel negra y decente para hacer de ella una turbia cubierta lechosa y ambigua, para convertirse en su propio Creador. Su mal era el nuestro. Fue grande porque fue nosotros.