Treinta y cuatro años y dos meses menos un día después, he vuelto a Garoña con el mismo espíritu de la primera vez, es decir, para pulsar directamente el ambiente y contactar con la gente que me interesa. Aquella vez, en que me acompañaban mis queridos compañeros de la facultad de Políticas, José Manuel Lanseros y Augusto Martín, a los que proporcioné un día de campo y acción durmiendo bajo las estrellas (y envueltos, quizás, por la radiactividad), contacté con un curilla joven, de apellido Quevedo, que me informó durante meses y del que no he vuelto a saber nada. Y ahora, acompañado de Pepi, nos hemos encontrado con una valientísima Valentina, concejala de IU en el ayuntamiento de Frías, que me ha explicado estupendamente el cuadro general de actores e intereses. Pero la descripción que yo les hago a ustedes, es mía y sólo mía, así que dejemos a Valentina en paz, que ya tiene lo suyo en aquel valle tumultuoso (¡a la par que bellísimo, pardiez!). Conté todo aquello, más mi pelea telefónica con el director de la central nuclear, Francisco Mier, que no me quiso recibir, en mi primer libro, Nuclearizar España (1976), y pronto recordaré estas otras cosas en el próximo, Ecologíada.
La gente, desde luego, está dividida: normal. Aunque los trabajadores de la central que viven en el valle son unas docenas (la mayoría vive en Miranda de Ebro y Medina de Pomar, más o menos lejos), los sueldos de privilegio repercuten en la economía local y en la mente de los beneficiarios; además, y siguiendo la costumbre, hay un buen número de alcaldes y concejales del entorno que están empleados en la central, y eso -que analistas rigurosos y deslenguados con conocimiento calificarían de 'compra' de voluntades- puede mucho.
La decisión de Zapatero de tirar por la calle de en medio -ni prórroga de diez años ni cierre, sino cuatro años y se ha acabado- no ha contentado a nadie: normal. A quien menos, a la Asociación de Municipios Afectados por las Centrales Nucleares (AMAC) que, ideada en 1990 por Marià Vilà d'Abadal (de los Vilà d'Abadal, de Reus, de toda la vida), no sólo ha conseguido formar un peculiar lobby pro-nuclear sino también una cofradía de alcaldes y concejales forofos e intolerantes, que han encontrado un chollo perfectamente impropio.
También el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) ha sufrido un buen revolcón en su soberbia, y esto no le viene nada mal. Primero porque su pretendida fiscalización de las nucleares en materia de seguridad nos conmueve bien poco a los antinucleares y segundo porque -a ver si se entera Nuclenor, AMAC y tanto alcalde crédulo- sus informes son técnicos y la energía nuclear es un asunto altamente político, que no debe estar en manos de técnicos. Por lo demás, este CSN constituye una orden monástico-nuclear en la que se puede entrar desde diferentes profesiones y confesiones políticas, pero que capta, somete y obliga eficazmente a sus miembros, convirtiéndolos al punto en enfervorizados misioneros del dogmatismo nuclear.
En el Valle de Tobalina no acaban -y me lo esperaba- de alinearse con el método y estilo de Greenpeace, de tipo mercantil-ecologista, competitivo ergo monopolista, y se echan de menos las movidas de la Coordinadora anti-Garoña, festivas y populares, que agrupaba a gente de cinco provincias y que trabajaba tenaz, permanente, cercana y pedagógicamente, sin la equívoca obsesión del mediatismo.
Y han sido muy comentadas, en el bucólico pero nuclearizado Valle y en los medievales figones de la altiva Frías, las declaraciones de Felipe González sobre la prórroga de Garoña, a la que él -dice- habría dado el máximo margen; porque el ex presidente continúa dejando pasmando a muchos en su deslizamiento acelerado desde el oportunismo socialdemócrata, por el rentable plano inclinado del neoliberalismo (en un interesante rumbo de convergencia con Aznar).
Y aunque tengo más que decir sobre Garoña, debo dejarlo para otro día.