Quien quiera saber algo más sobre la evolución de las especies, los viajes científicos y las personalidades de Charles Darwin y Marcos Jiménez de la Espada, no debe dejar de ver la excelente exposición que sobre ellos propone el Museo de la Ciencia y el Agua del ayuntamiento de Murcia.
Darwin y De la Espada -hiperfamoso el uno, de más discreta fama el otro- son dos magníficas muestras del ánimo descubridor, aventurero y naturalista de una época fascinante. Las investigaciones y los viajes científicos del siglo XIX pertenecen ya al terreno de lo mítico. Entre penurias, largas singladuras en buques de dudoso confort, junglas húmedas e insalubres, o altas e inhóspitas alturas andinas, los pioneros de la biología exploraron un ancho mundo repleto de incógnitas y listo para los descubrimientos. Las nuevas especies, los datos cartográficos, las evidencias biológicas, los descubrimientos geológicos,... se acumularon en sentinas de barco, museos, manuscritos y preciosistas dibujos que engrandecieron el conocimiento de un mundo que apenas comenzaba a perfilarse en el imaginario científico y popular.
Probablemente el viaje del Beagle, tras cuyo transcurso Darwin fue perfilando en su privilegiada mente la Teoría de la Evolución, no fue la más productiva expedición científica de la época, pero sí con seguridad la más trascendente.
Darwin viajaba como naturalista a las órdenes de un personaje tan peculiar como el capitán Fitzroy, y fue a su vuelta cuando comenzó a pensar en las implicaciones intelectuales de todo lo que había visto. Cuando se decidió a publicar sus primeras ideas, tras conocer los trabajos del otro gran evolucionista de esta historia, Alfred Russell Wallace, el mundo pegó un respingo. Sus ideas, que ahora nos parecen tan lógicas -excepto a algunos ideologizados creacionistas-, fueron en su momento una revolución no sólo en sus aspectos científicos sino en lo que implicaron en toda una corriente de pensamiento que comenzó a buscar las verdades de forma ajena a los prejuicios religiosos que hasta el momento habían imperado incluso entre las mentes más preclaras.
Es fascinante la evolución de las especies, y Darwin comenzó a hacer que todos la entendiéramos. Hay una mecánica, mediada por la genética y la adaptación al medio, que hace de este ancho mundo un alucinante crisol de estrategias de vida y de biodiversidad. Hay una fuerza biológica que hace que nada sea inmutable. Hay tantos nichos para la vida de una especie como especies para ocupar esos nichos. Hay tantas estrategias anatómicas, de comportamiento, metabólicas, reproductivas, como es posible que haya. Hay, en definitiva, un sorprendente mundo vivo ante el que sólo corresponde quitarse el sombrero.
No recuerdo qué biólogo dijo que la belleza de la vida está en la vida misma. Pero así es.
Sólo comprendiendo los millones de micro sucesos que hacen que una especie sea hoy como es, reforzaremos nuestro compromiso a favor de la conservación de la biodiversidad. Y sólo atisbando la increíble complejidad de la propia evolución humana, consolidaremos nuestra militancia hacia la paz, la justicia, y la convivencia entre las personas.