Han aparecido como setas: opinantes y políticos, se han apuntado de manera súbita a la energía nuclear. Algunos sólo para abrir debate, dicen. Otros afanosamente. Muchos provienen de una tradición de izquierdas muy antinuclear: éramos tan jóvenes y modernos. No analizo la esquizofrenia de Felipe González, autor de la actual moratoria nuclear, porque todos los dialécticos somos un poco esquizofrénicos, como en su día demostraron los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari.
Pero los cambios de posición no se producen por arte de magia. Existe una profesión encantadora y, por otra parte, muy denostada en nuestro país (porque suele confundirse con el tráfico de influencias por las chapuzas de tres o cuatro gandules) que se llama lobista. Pues bien, supongamos que en París un alto ejecutivo de una muy alta multinacional va y dice: necesitamos construir nucleares a porrillo en los próximos años porque la división farmacéutica de nuestra compañía está flojeando mucho. Consigna que te crió y que te parió: se empiezan a escribir argumentarios, a favor y en contra, a concertar entrevistas off y desayunos, almuerzos y cenas informales. Y entonces se inicia un nublado de neuronas cual fenómeno planetario (en este caso, sí tendría razón Leire Pajín con el adjetivo) y se empiezan a decir y a escribir montañas de bondades sobre la energía nuclear.
A ver si queda claro de una vez por todas: la energía nuclear es un peligro devastador, incontrolable, a este país no le da un ápice de autosuficiencia energética y, lo que es peor, no soluciona nuestras necesidades ni presentes ni futuras. Una nueva y moderna política energética pasa por consumir menos y generar energía más limpia y segura. Lo demás son pamplinas y peligros de nuestra izquierda esquizofrénica, porque la derecha siempre lo tiene claro: son paranoicos.