DIGO YO

Talleres literarios y otras perversiones

 

JOSÉ ANTONIO ATANET

Prolifera en estos quinquenios un timo similar al de la estampita, pero mucho más indecente. Se trata de deslumbrar a unos incautos con el señuelo de la riqueza y la gloria literarias haciéndoles creer que están al alcance de su mano en cuanto los poseedores de la piedra filosofal, esa fórmula que transforma en oro cualquier metal, les revelen el secreto de las combinaciones mágicas capaces de encauzar el talento del sujeto -¡que levante la mano quien no esté convencido de su agudeza!-, las inextricables vías de la creación marcando el camino más corto hacia el parnaso.
Trufan de publicidad la cosa con unos cuantos nombres famosillos, que si Millás, que si Trueba, que si Loriga, los cuales en la tarima dictan un par de conferencias magistrales, siempre las mismas, y si te he visto no me acuerdo. La lidia diaria propiamente dicha, el consabido rollo canónico -identificación del narrador, funcionamiento espacial y temporal, punto de vista, etc.- corre a cargo de curritos argentinos que, como se sabe, además de verborrea ilimitada, poseen todos extenso curriculo editorial y sicoanalítico -este último útil para un roto y para un descosido- con el resultado de mantener entretenida a la audiencia aspirante, pagadora y prima. Digo prima en alusión a los descomunales honorarios, hasta 200.000 pelas de matrícula, aportados por el párvulo en beneficio del empresario explotador, el que enseña la primera estampita.de curso legal, mero trampantojo encubridor de basura periodística. ¿Como aguantan con obcecación y alevosía los dichos embaucados las interminables horas de farfolla extraterrestre, los solemnes dogmas del barquero náufrago, los teoremas matemáticos cuya conjugación producirá una obra de arte?
La treta es sencilla, tan elemental que ruboriza: dan oportunidad al escuchante de leer ante los colegas, aspirantes al trono sus manuscritos entusiastas, cagaditas en soledad y maculadas sin excepción por el manierismo mamado, la maceración masturbatoria de sus obsesiones, la torpeza del meritorio. Se establece una competencia entre sordos y ciegos que da mucho juego, máxime si al vencedor se le corona con el efímero laurel de la publicación.     
¡Joder con la creación! ¡Hostias con el arte escribidor! ¡Leches con el ansia inmortal! ¡Cuánto charlatán parasitando a su amparo!. El atracador solitario de Las Rozas merece un respeto que yo niego a los 'talleristas': él se lo guisaba y se lo comía todo, poseía habilidades casi renacentistas con el buril ametrallador, el plano minucioso del objetivo, la rutina policiaca. El tipo, al menos, estaba capacitado para subvenir a sus perversiones. Lástima que en ultima instancia los buceadores de diversa laya, mayormente catedráticos de la cosa, acaben desvelando lo inconfesable, aquel irrefrenable impulso del instinto transubstanciado a fuerza de angustia en 400.000 líneas de las cuales solo se recuerda un ápice. Díselo al pobre Proust, edípico hasta las cachas como Raymond Chandler, que solo adoraba ancianas con whisky on the rock, como el divino Poe marcado por la no madre y sus desmadrados terrores, como el exquisito Cernuda militante contra el folklore gay que agredía su estética, al igual que a Shakespeare lo espoleaba la condición humillante de cómico y a Cervantes una suerte de infortunio irremediable que lo persiguió de por vida -mutilado en Lepanto, cautivo en Argel-; de esto algunos sabihondos deducen relación homófila con un jeque -hasta obligarlo, aseveran sesudos enmucetados, a funcionar de proxeneta con sus propias hijas-, confinado en fin al calabozo sevillano por mor de 'irregularidades contables' en el obligado y espinoso oficio de recaudador fiscal -todavía no estaba inventada la 'contabilidad imaginativa'-.
Solo han sacado partido post-mortem de su perversión algunos sinvergüenzas, ante quienes me descubro. Pienso en Sade, que devastó la moral contemporánea. Aplausos, pero con el ventajismo propio del 'croupier' sabedor de fisuras leguleyas, disponedor de vidas y haciendas en su calidad aristocrática, elemento ajeno al dolor ajeno, que, mire usted, finó sus vicios (¿qué diablos significa vicio?, preguntaría Millas), porque unas pobres pelanduscas presentaron contra él acusación de envenenamiento por un laxante tóxico. También un probo funcionario de seguros, Kafka, padeció, mientras elaboraba documentos inútiles sobre salud laboral, la sombra devastadora del padre tremebundo, acusándolo de blando, de adicto a la letra inútil, de impotente.
Así se paren las obras. Con insufrible dolor, con perversiones imposibles.

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