José Comas, cronista de su linfoma

 

JOSÉ ANTONIO ATANET

Dos citas previas: 1. "Para vivir muerto de miedo / hace falta mucho valor" (Ángel González). 2. "Creo que la convicción de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños en el mundo" (Bertrand Russell).
Una de los hábitos sociales más hipócritas en esta cultura edificada sobre la ficción consiste en alabar al muerto fresco o reciente con independencia del afecto, indiferencia e incluso hostilidad que se le profesaba en vida. Como verificarían en mi penúltimo artículo, Tres muertos tristes, ando empeñado en poner a los difuntos en su sitio, gloria, infierno o purgatorio, en honor a la verdad que, aun poliédrica y escurridiza, es la mía y no dispongo de otra como Groucho Marx: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros". Añadan a esta manía otra, asimismo peregrina, consistente en hacerse pasar por intimo amigo, confidente o amante del extinto.
Mi relación con Pepe Comas, corresponsal de El País en Berlín, fue fugaz, apenas un visto y no visto por los pasillos del Colegio Mayor 'Jhonny', donde coincidimos un par de cursos. El asturiano larguirucho, escurrido, andaba siempre escurriéndose, marchando a carajo sacado para asistir a las muchas facultades en que se licenció: Derecho, Empresariales, Periodismo y Sociología. Nunca lo vi en el bar. Finalmente optó por el ejercicio del periodismo donde, gracias al frenesí demencial de esta profesión, la más peligrosa del mundo para la salud según estadísticas, encauzó su hiperactividad a lo largo y a lo ancho del mundo para recalar en Berlín (1981). Yo, Pepe, no lo hubiera hecho.
Comas, apellido gramatical y premonitorio, estuvo muchas veces en coma desde que en 2004 le diagnosticaron un cáncer fatal, en avanzado estado, que él resumía como 'No Hodgkin'. En tan negra tesitura, el periodista irredento, a modo de terapia mental, decidió seguir ejerciendo su amada profesión: cronificar, con un par, la implacable evolución de la enfermedad, las cruelísimas terapias químicas, los infernales efectos en cuerpo y ánimo hasta el acabamiento final (Marzo de 2008). Estos dietarios se publican ahora en Rey Lear Editorial bajo el titulo Crónicas del linfoma, libro estremecedor que no obstó a Pepe seguir enviando sus trabajos corresponsalicios en cuanto la bicha le daba un respiro. Ahora bien ¿cómo logró este tipo distanciarse con insólito humor de tamaña devastación corporal? La respuesta, creo, es doble: desmedido amor al trabajo y una cierta esquizofrenia que le permitía observar la propia, la ruina corporal, desde fuera. ¿Admirable?
Lo es esa capacidad de desdoblamiento, rayana en lo inhumano, que le hizo enfrentarse al encarnizamiento medicamentoso con ánimo indomable que transfundía a su mujer, Ana Lorite, a sus hijos José y Libertad, a sus colegas dispersos por todo el mundo -el llamado 'Cuerpo Místico' inventado por él para atesorar energía positiva- y, en el colmo del estoicismo, a los propios sanitarios que lo martirizaron durante tres largos años. Pepe titula el primer capítulo de sus exiguas memorias pre-moribundas: José Comas padece un linfoma, y el último, Despedida al 'Cuerpo Místico', relato de su fracaso multiorgánico.
Lo es el sentido del humor desplegado en la descripción de la decrepitud física tremebunda, deformante, sin apenas respiro. Así describe los daños colaterales de la postrer Batalla de Berlín: "Cero leucocitos, boca convertida en una llaga, morfina, tres días de fiebre altísima y delirios, amén de amanecer excrementado sin haber pernoctado con niños".
A mi parecer no resulta plausible su omnipresente obsesión laboral: aun en el lecho mortuorio soñaba con retomar la corresponsalía, contabilizaba minucioso el número de crónicas enviadas durante la postración absoluta (96 en 2007), ordenaba encuadernar las mismas como si el artículo de hoy no fuese papel de bocadillo mañana, echaba broncas -siempre fue iracundo- a su joven ayudante Juan Gómez y, en la depresión final, "decidí trabajar con una buena administración de mis propias fuerzas", a la manera de su admirado Karol Wojtyla -fascinación rara en un socialdemócrata- que 'murió con las botas puestas'.
"Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro quiero decir que dicha jornada debería ser suficiente para cubrir las necesidades y comodidades básicas, y el resto del tiempo podría ser empleado por el trabajador en su desarrollo personal. Así el problema del paro se reduciría justo a la mitad. Pero la idea de que un pobre disponga de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. Seguramente, piensan, incurrirían en vicios nefastos como el vino o el sexo". (Bertrand Russell).

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