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HEMEROTECA » |
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Se recibe con alivio, casi con júbilo, la noticia de que unos cuantos diputados británicos hacían arreglillos en sus casas con cargo al erario público. Vamos, que se comportaban, a escala, como funcionarios ladronzuelos de esos que se llevan bolis, clips y folios de la oficina a su casa. La alegría es porque después de tantos trajes gratis, coimas bajo la mesa, recalificaciones de terrenos bien remuneradas, bienes muebles, inmuebles y semovientes que les crecen a los políticos por estos lares, reconforta ver que también en una democracia de tanta solera como la británica menudean los políticos aprovechones y de conciencia laxa. Y ya se sabe que los tontos, como el arriba firmante, se consuelan con que el mal sea compartido por muchos.
Pero la alegría en casa del pobre imbécil dura poco. Los parlamentarios de Su Graciosa Majestad se aprestan a devolver raudos el dinero indebidamente manejado. Incluso alguno de ellos ha presentado su dimisión. Aquí ya no hay paralelismo con el comportamiento de los políticos españoles que se aferran a sus puestos, como lapas a la roca viva, y se pasean en loor de multitudes y aclamación de conmilitones de partido -Camps, verbi gratia- poco antes de entrar en el juzgado como imputados.
Analicemos, primero, el caso del diputado laborista Shalid Malik, que ha dimitido hasta que se aclare si obró conforme al código deontológico político por haber recibido un trato de favor en el alquiler de su residencia principal -un 40% por debajo del precio de mercado- en la circunscripción por la que es diputado. Nótese que no es necesario que se demuestre que tal trato de favor se haya recibido como contraprestación de alguna actuación del diputado, sino que basta la constatación de que ha recibido un trato de favor y que el alquiler no es el que correspondería al piso para que Malik no sea repuesto en su cargo.
Veamos ahora el del presidente del Parlamento británico, Michael Martin, que no solo ha tenido que pedir disculpas públicamente por todos los parlamentarios de su grupo que han cargado al erario público gastos de sus viviendas, sino que ha anunciado que abandonará su cargo el 21 de junio. Es la primera vez en 300 años de democracia que dimite el speaker de la Cámara. A pesar de que en el Reino Unido lo que han hecho los parlamentarios es legal, el electorado lo considera de dudosa o nula moralidad. La reacción indignada e iracunda de la ciudadanía británica es lo que está forzando las dimisiones.
Si las banderas y las patrias son el último refugio de los canallas, habría que añadir que la presunción de inocencia -gran conquista de la justicia civilizada- es el último refugio de los políticos apandadores en España. En otro país que no fuese este, un político como Camps, acusado de no pagar sus trajes, si fuese incapaz de mostrar las facturas de esos trajes, al día siguiente tendría que dimitir sin remedio. Sobre todo cuando al parecer, las facturas las pagaba un entramado de empresas alguna de las cuales se beneficiaba de concesiones dependientes de la Generalitat que preside Francisco Camps. Y si otro político, llámese Rajoy o Valcárcel -no olvidemos que este último también es propietario de un inmueble que le salió a "precio de amigo", de amigo que ha ocupado un cargo de designación del partido que preside el beneficiado- dice públicamente que apoya al bien vestido valenciano, está haciendo cuando menos una nefasta pedagogía cívica y política.
"Qué indignante, qué bochorno, estos políticos nuestros", nos decimos usted y yo. Y sin embargo, contra quien hay que cargar es contra usted, lector, mi semejante, mi hermano en la hipocresía y la pasividad. Contra quien hay que cargar, por si sirviera de algo, es contra todos nosotros que, a diferencia de los ciudadanos británicos, permitimos con nuestro silencio consentidor que sigan utilizando el poder que les otorgamos en las urnas para su beneficio personal en un ejercicio insólito de desfachatez y cinismo. Pareciera que nuestra aquiescencia estuviera señalando a gritos que el único sentimiento que albergamos hacia esta nuestra cleptocracia es la misma envidia que tenemos al que le ha tocado un premio en la lotería: ¡quién fuera él!
Por cierto, Camps ha declarado que se alegra de haber sido por fin imputado, que así ahora podrá decir lo que tiene que decir. Estúpida tautología, por cierto. Por motivos diferentes, y sin asomo de cinismo, yo también me alegro.
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