Lo dijo Rajoy... Y ya sé que no estará nada bien visto que sea precisamente yo quien le pague los tres cuartos al pregonero para que lo airee, ni siquiera ateniéndome al recuerdo fácil de caracterizarme de Cocoví Picornell, por el simple hecho de haber sido Rajoy quien lo dijo: un simple aspirante a presidente de gobierno a quien deseo de todo corazón que de ahí no pase. Pero la verdad es la verdad, como dijo aquel, y la verdad, en este caso, es que el fajador pepero dijo -ya no recuerdo si en el seno del Debate de la Nación o en ocasión del mismo- que "el problema (la crisis, supongo) lo constituyen los cuatro millones de parados" y que no le busquemos sucedáneos.
Este no fue un viaje para el que -permítaseme una frase hecha- ni siquiera hicieran falta alforjas. Pues quien no haya estado viéndola venir no es que no la viera por estar ciego, sino porque no la quiso ver. Me pregunto: ¿Es posible que alguien en plenitud de sus facultades mentales pudiera pensar que el crecimiento -sostenido o sin sostener- podría continuar hasta el infinito a sabiendas de que el infinito es inalcanzable?... Decididamente no. Lo que sucede es que a más de uno nos va la marcha. Pero tampoco habría por qué alarmarse demasiado. Gracias no sé si a Dios o al arcángel de las sombras que Doré nos pintó cuernicorto, nos hemos dotado de un presidente que, para abreviar, muchos llaman ZP pese a que su verdadera gracia, suponiendo que tiene alguna, es la de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien no hay día en que no se le ocurran media docena de recetas infalibles para erradicar la dichosa crisis. ¡Qué tabarra!
De entre las muchas fórmulas magistrales que nos ha ido ofreciendo, hubo una que, de no haber sido porque en principio me horrorizó, estoy seguro de que habría sido suficiente para que se me desencajara el maxilar inferior por efectos de la carcajada. Dijo: "La solución no vendrá por el ladrillo, sino por los ordenadores". Por el ladrillo, por supuesto, digo yo, ya que es de suponer que, dado el consumo abusivo que se ha hecho de dicho material estos últimos años, debe tratarse de una mercancía totalmente agotada; pero sí por los ordenadores, sobre todo los portátiles; esos del tamaño de un paquete de cigarrillos en cuyas tripas cabe, dicen, la totalidad de la enciclopedia británica. Mediante su uso podemos ahorrarnos incluso el pensar, dado que el chirimbolo ese es capaz de hacerlo por nosotros. Sabe ortografía, cálculo infinitesimal, idiomas, las obras completas de Nelly Sache y las de los demás Premios Nobel, y sabe incluso, diría yo, lo que no está escrito. O sea, que el señor ZP va a conseguir, entre otras, acabar con la pereza mental que nos agobia y que es la más insoportable de las perezas para el ser humano. Cuando consiga su propósito, viviremos en una especie de nirvana; lo cual es incluso posible que nos haga felices, ya que el estado de nirvana terrenal es lo más parecido a la estupidez profunda. Y los estúpidos, como no sea por un dolor físico, no sufren. Son felices. Sólo un peligro trae consigo el no tener que pensar ni que extraer raíces cúbicas o que aprendernos de memoria la nómina de los reyes godos, el cual consiste en que los órganos que no se utilizan se atrofian. Y el cerebro humano es un órgano: el más complejo, creo, y maravilloso de todos cuantos se cuentan en el seno de la materia viva. O sea, que es posible que, sin darnos cuenta, ya estemos formando parte de una generación de cerebros atrofiados.