Mientras subo por la pista entre los árboles, el verdor está por todas partes, pero el cielo gris que asoma entre las copas, las aristas del grijo y los charcos del suelo dan cuenta de una realidad más allá del verde. Pero cuando me interno entre las hayas, que intentan mantener su identidad en la niebla, el verde va ocupando los últimos reductos, hasta que, en un preciso instante, se produce un colapso en la escala cromática y sólo hay verde. La luz, que ha incendiado la niebla, sin que el sol despunte, es también verde, y la misma niebla lo es, caso de que niebla y luz pudieran distinguirse. De este modo la luz tiene entidad, materia, no es sólo un medio en el que existen cosas. Noto que el prodigio me ha cambiado el ánimo, tal vez yo mismo me haya vuelto verde. Desde ese momento el paseo por el bosque tiene otro sentido, digerido ya en el placentero estómago de un enorme rumiante.