LA ESCALERA

¿Por qué se enfadan?

 20:47  

Josa Fructuoso

Se enfadan porque confunden el delito con el pecado. Pero no se trata de una confusión inocente fruto de la ignorancia, ellos saben muy bien cuál es la diferencia entre pecado y delito, saben que el primero se comete contra la ley divina y el segundo contra la ley positiva y saben perfectamente que hoy las sociedades occidentales, desde el inicio de la modernidad que tanto detestan, se rigen por la ley positiva y no por la ley divina; saben perfectamente que dios (Dios) sólo es un referente para los que creen en él y que el principio de tolerancia empieza en la admisión de que 'otros' no crean no ya en el mismo dios sino en ninguno. No obstante, siguen enfadándose, empeñados en su presunción de imponer el principio del pecado sobre el de delito. Y se enfadan porque, desde su defensa acérrima de la ley natural, afirman que la vida no le pertenece al individuo humano sino que es un préstamo, porque el dueño de la vida es ese dios (Dios) indemostrable que ellos veneran y por esa razón sólo Dios, que da la vida, puede quitarla. No es obstáculo que esa razón inalterable no les haya impedido, por ejemplo, convertirse en el brazo ejecutor que ha condenado a los herejes a la hoguera o a los rojos al paredón, porque ellos eran el brazo de Dios.
Se enfadan por muchas razones, cada vez que ven un síntoma de rebeldía contra su ley de sometimiento, porque no admiten la particularidad de su verdad ni de sus creencias, porque añoran los tiempos en los que su verdad era la Verdad y su ley era la Ley y no se resignan a que esos tiempos hayan quedado atrás ni se resignan a la pérdida de poder que ello supone. Pero, en el fondo no son mala gente, si se enfadan es por nuestro bien, porque quieren salvarnos aunque nosotros no queramos. Hemos de estarles agradecidos y agradecidas. Así que si se enfadan, que se enfaden. Al fin y al cabo, viven de eso y para eso. Viven de enfadarse y para enfadarse, por nuestro bien, de enfurecerse incluso cada vez que se propone o se logra un avance en el terreno de las libertades, especialmente si están relacionadas con la sexualidad. Por eso suelen disparatar, porque el enfurecimiento ciega y ofusca las mentes, pero si disparatan hemos de comprenderlos, ya que lo hacen, ofuscados sí, pero por nuestro bien.
Se enfadaron enormemente, y siguen enfadados, cuando se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, porque a ellos Dios les ha dicho que su mandamiento sólo permite el matrimonio entre varón y mujer. De hecho lo de varón con varón o mujer con mujer es un lío porque nunca se puede saber a priori quién manda en la casa. Pero en fin, a lo que vamos, Dios no lo ha mandado, luego lo prohíbe. Ellos lo saben porque Dios les habla y les dice cosas inteligibles y normales. Pese a ello, algunos, los más tibios, en un rasgo de generosidad y de tolerancia que les honra porque saben que admitiendo algo que es pecado arriesgan su eterna salvación, han dicho que pueden soportar la convivencia entre personas del mismo sexo siempre que no se llame matrimonio. La cosa puede parecer un insignificante detalle semántico, pero no lo es porque no está claro que Dios haya sido tajante respecto a la prohibición de la convivencia. ¿O sí? De todas formas, Dios perdona, aunque, por si acaso, ellos tienen claro, teóricamente claro, que lo mejor es la abstinencia. Lo mejor es convivir pero aguantándose las ganas, sana y cristianamente, como hermanos o hermanas.
Una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. Por eso es una pena que ni siquiera ellos sean capaces de esa sana convivencia, que ni siquiera sean capaces de sacar adelante el ideal cristiano de la castidad, una pena que no puedan predicar con el ejemplo y que se tengan que estar siempre dando golpes de pecho o golpes de cilicio, castigando al cuerpo rebelde que nunca acaba de entregarse, que no se somete ni a latigazos. Pero el cuerpo es así y arrastra al alma a la perdición. No obstante, por nuestro bien, aunque ellos se pierdan, se empeñan en controlarnos, en que sólo practiquemos el sexo dentro del matrimonio (por Dios, entre varón y mujer) bendecido por los auténticos y únicos representantes de Dios y con el único fin de la reproducción, como Dios manda.
Les parece lógico que como ellos no son capaces de anular al propio cuerpo ni de conseguir que sus hijas lo anulen ni se aguanten las ganas, el Estado castigue a las hijas de los demás cuando ejercen la sexualidad de manera libre. Por eso creen tener razón cuando se enfurecen porque el Estado permite la venta sin receta de la píldora postcoital o deja de considerar delito el aborto dentro de plazos sanitarios razonables. Nosotros no nos enfademos con su enfado, lo hacen por nuestro bien.

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