La necrológica aparece en el suplemento madrileño de El País con el siguiente subtitulo: "Conmoción por la noticia del cierre del colegio mayor San Juan Evangelista", alias 'el Johnny'. El asunto puede parecer baladí, pues con frecuencia mueren y nacen decenas de establecimientos similares diseñados para albergar confortablemente a hijos de papá con posibles, pensiones de lujo que dan cachet a universitarios romos cuyo único objetivo es obtener una licenciatura aunque el empeño les lleve quinquenios de ocio dorado. El 99% de los 'mayores' pertenece a congregaciones religiosas en el marco de su misión evangelizadora que, como es sabido, no constituye el mejor caldo de cultivo para la libertad de pensamiento sin la cual la vida universitaria deviene catequesis y rutina. Los cachorros de la burguesía son en extremo influenciables ¡criaturitas! y no conviene exponerlos al contacto, siempre devastador, de la libertad de pensamiento. Así, la vigilante clerecía justifica las subvenciones recibidas para actividades culturales con ejercicios espirituales, conferencias tridentinas, administración masiva de sacramentos. Mi experiencia al respecto es miscelánea: Residencia Claret -el fundador de esta secta San Antonio María Claret fue confesor, asesor áulico de la reina rancia y ninfómana Isabel II-, C.M. Marqués de la Ensenada, perteneciente a la Asociación de Fijosdalgos de España y tutelado por fray Justo Pérez de Urbel, rector del Valle de los Caídos, colegio donde las trabajadoras llevaban cofia y delantal blancos sobre uniforme negro por debajo de las rodillas, circunstancia esta que les añadía morbo. Aquí las habitaciones, comida y servicios eran suntuosas, pero no estaban previstos espacios para la cultura.
Y, de pronto, como cactus en un vergel, surge una iniciativa diferente, inexplicable y heterodoxa, merced a la tozudez suicida -de hecho falleció en el intento- de un oscuro funcionario franquista, Jesús Cobeta, que, cual precursor 'avant la lettre' de Adolfo Suárez, levantó con cuatro duros un proyecto laico para cuatrocientos universitarios, a semejanza de un monasterio de franciscanos, construido en bloques de hormigón visto, con autoservicio de comida y lavandería, celdas minúsculas, jergones de saldo, duchas comunitarias y múltiples espacios comunes, destacadamente un teatro de cuatrocientas sillas. Cuando el invento se inauguró en otoño de 1967 nos vimos precisados a tapar las ventanas con cartón, dormir con el abrigo puesto, completar el menú con bocadillos de sardinas. Ahora bien:
Por una especie de providencia o intuición colectiva fuimos a habitar aquel lugar inhabitable un grupo de individuos inadaptados, irreductibles y rebeldes. De pronto se concentró allí lo mas granado de la subversión académica: comunistas, troskistas, el rojerío de toda gama... y pirados inclasificables como yo. De pronto llegabas y te encontrabas en cualquier hall a Peces Barba, a José Luis Sanpedro, a Ruiz-Jiménez, a Haro-Tecglen, impartiendo lecciones de democracia. Allí pernoctaban cabecillas políticos acosados por la brigada político-social, allí se editaban panfletos subversivos en toscas multicopistas, 'vietnamitas', allí las células se reunían al objeto de derrocar la dictadura -"la huelga general está al caer"- mediante la alianza de intelectuales y obreros. Sistemáticamente se producían redadas, registros, inútiles medidas represivas, pues los cuatrocientos, como un solo hombre, desplegando astucia infinita dejábamos a los sicarios con dos palmos de narices. Y lo más insólito: las chicas podían subir a tu habitación sin problema porque Isabelita, la recepcionista que tras 42 años sigue allí, hacía la vista gorda. ¡Qué dicha, oye!
Yo enseguida fui a lo mío, que entonces era el teatro. Convoqué unas pruebas para actores y se presentaron cincuenta entre los que seleccioné a cinco genios de la escena para montar una obra de Alfonso Sastre, Prólogo patético, texto audaz que tocaba inspirándose en Camus, el asunto terrorista. La función tuvo que hacerse en el comedor, pues el teatro estaba inacabado. Pero, si alguna vez me he sentido orgulloso, fue el día que levantamos aquel espectáculo ante la entrega y el entusiasmo del auditorio andrajoso. Luego hicimos en el mismo espacio una lectura escenificada e ilustrada con diapositivas, del Marat-Sade, de Peter Weiss, el mejor texto del siglo XX. Por fin inauguré de manera precaria, vestuario pagado a escote, focos prestados -cada cual llevó su silla- con Mi guerra, del novel Pérez Dann, apoteosis, por no decir catarsis colectiva, premio a la mejor dirección de teatro universitario. Luego pasaron por allí Tábano, Narros, Plaza, etc.
Y, siguiendo el impulso, se montó un templo de jazz y flamenco por donde pasaron, entre otros, Paquito d´Rivera, Donna Haytower, Chet Baker. Enrique Morente o Camarón. El culpable del cierre es Braulio Medel, ex-alumno, banquero cruel. 'Sic transit gloria mundi'.