GAJES DEL OFICIO

París en casa

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"París hace cien años", en Las Claras
"París hace cien años", en Las Claras 

RAMÓN JIMÉNEZ MADRID

Estamos teniendo mucha suerte en los últimos tiempos con una serie de exposiciones pictóricas que, sea por la Comunidad, el Ayuntamiento o las entidades privadas, nos regalan la vista y nos consuelan de la triste monotonía que nos traslada la tan impertinente como permanente crisis. Algo les dije en ocasiones anteriores de la de Pedro Cano, de la de Antonio Campillo, de la Letra impresa y de alguna otra de fotografía de principios de siglos, con aquellas placas que se han convertido en pura historia y que servían para advertir la evolución de una ciudad desde los resortes artesanos, desde la prehistoria de la vida a los años veinte de la era murciana.
Recuerdo de mis años de adolescente el deseo, mejor caliente que ardiente, de conocer París, la capital de la dulce France, la ciudad, digo, la mujer más elegante que existe en el mundo. Recuerdo de mi adolescencia aquellos deseos insatisfechos, como una frustración estéril, de contemplar aquel privilegiado espacio galo, no porque lo hubiera contemplado con anterioridad en estampas o cromos -antaño no había televisión y en el Nodo se entretenían las inauguraciones de los pantanos y con los goles del Madrid- sino por la resonancia mítica que poseía esa ciudad gloriosa, imperial, como un sueño napoleónico. Entonces, no como ahora, París era capital de Europa, la locomotora brocha que arrojaba humos, óleos y acuarelas sobre todos los otros puntos, el foco núcleo que irradiaba modas y corrientes y alimentaba anhelos de todas clases, especialmente los artísticos.
Desde el final del siglo XVIII, con la ilustración y la guillotina, París se había impuesto y mostraba su rumbo para quien la quisiera seguir. Unas veces con la razón, otras veces con la revolución, París se había armado con armas hasta los dientes para extender su onda. Y fue expansiva hasta ayer mismo, cuando cesaron las vanguardias, cuando se cortó de raíz la antigua corriente, el fluido antiguo, cuando fue acosada por Londres, cuando Nueva York le puso cerco, cuando sus dictados ya no eran los mismos. Pero París, la vieja París, se mantiene erguida, siempre nueva, a punto de florecer de entre los escombros, rodeada de flores, coqueta y presuntuosa.
Ahora, sin moverse de su casa, con tan solo alejarse del brasero y acercarse a la Obra Cultural de Caja Murcia, puede visitar aquella ciudad. Se la han traído una serie de pintores y allí permanecerá colgada hasta el final de mayo. Y la podrá ver, tal como yo ansiaba, en sus crudos inviernos, curtida por la nieve, y también en sus frescos y primaverales veranos, cuando es un placer divino poder sentir su perfume tan especial. Y podrá recorrer sus puentes, subirse a las gárgolas de Notre Dame, contemplar el color salvaje de los fauvistas y hasta darse un paseo por el viejo Montmatre, mucho antes de que se convirtiera en la parcela más pecaminosa de una ciudad que siempre ha luchado por mantener el estatus hedonista, el placer de pecar y de bailar, de echar una cana al aire, que ya se sabe que los franceses inventaron aquello de que la vida es breve, como la rosa de Pierre Ronsard. Y puede, si lo prefiere, bajar a la planta baja en donde los cubistas deforman la perspectiva, desordenan los objetos, triangulan las cabezas y hacen bizcos a los hombres. Allí tiene el río Sena para lo que estime oportuno, lo mismo para darse un paseo en bote que para cenar en un barco mosquito.
Y fui por vez primera a aquel antro de perversión y de belleza y volví en más de diez ocasiones y siempre -es una ciudad interminable a la que nunca se puede conocer del todo- sentí que nunca disminuía ese fervor que me había acompañado desde los primeros días, ni siquiera cuando estuve en contacto con Roma -la única capaz de compararse en ciertos momentos- ni con Ginebra, Londres, Viena, Praga, Lisboa o Fez, pongo por caso.
Ahora, en una espléndida mañana, visito París de nuevo. Ha sido pintada y repintada por numerosos artistas de todas las nacionalidades, por pintores que allí llegaron en su día para hacerse famosos. Y la han pintado cuando Montmatre era pura huerta -ahora entiendo la afición, el desvelo y la obsesión de mis colegas franceses por la horticultura-, cuando las nieblas cubrían la ciudad e incluso cuando engullían el secreto mejor guardado de que es la ciudad donde llueve siempre. Y hay pintores que la atrapan en sus barrios desconocidos, en sus jardines y en sus árboles, en sus arcos triunfales, en sus ventanas y mansardas, en sus casas e interiores, en sus crepúsculos y muchos de ellos en sus impresiones y sensaciones, cada cual a su estilo. Y captan los paseos de las señoras de hace cien años forradas en sus abrigos (sin duda desnudas más tarde), los trabajos cotidianos para comenzar el Sacré Coeur -casi lo único horroroso de París-. Y hay algún que otro famosillo, como Picasso, del que se expone algún cómodo dibujo.
No debe ir a la agencia de viaje para reservar sus billetes: le basta con acercarse a la Obra Cultural de Las Claras. Les sale más barato y encima la conocerán tal como fue hace cien años. Tenemos París en casa.

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