El pasado fin de semana vino mi amigo Dani, residente en Madrid, hecho un basilisco y me contó que por la capital andan que trinan con el Rouco Varela y el Gallardón porque el segundo ha cedido al primero una parcela de 25.000 metros cuadrados en plena Cornisa de San Francisco, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad que cuenta, para más inri, con 15.000 metros cuadrados de verde y oxigenante arbolado y con unas vistas excepcionales. Todo esto va a desaparecer por obra y gracia de Dios o, mejor dicho, de un señor que se cree Dios y se le ha antojado crear en siete días más o menos un minivaticano particular donde tiene pensado construir una biblioteca diocesana, una Casa de la Iglesia con doscientas plazas de aparcamiento, una residencia para sacerdotes, oficinas y, por justificarse, un pequeño hogar para indigentes; total, un club privado para uso y disfrute de Varela y asociados financiado por el Ayuntamiento, la Comunidad de Madrid y el Estado, o sea, con mi plata.
Servidora le explicó a su Dani, que me pedía a gritos que me replanteara mi decisión de presentarme a Papisa como Odalisca I, que España, por el artículo 16.3 de la Constitución de 1978, es un Estado aconfesional y mantiene tratados de colaboración con la Iglesia católica, otras comunidades cristianas y demás confesiones y que, por lo tanto, lo más inteligente sería, en lugar de cuestionar al Varela, inventarnos nosotros una religión particular y que nos adjudicaran unos terrenitos para que pudiéramos predicar nuestra obra sin apreturas. Se llamaría la nuestra la Iglesia de los Cielitos Lindos, porque en nuestra secta subvencionada no existiría el infierno de llegar a fin de mes y porque tiene una un lunar, cielito lindo, junto a la boca, que te dan ganas de seguirlo, lleno de fe, hechizado por el milagroso ritmo rumboso de mis caderas.
Mi Dani de mi vida, dicho esto, reflexionó unos segundos mientras le pegaba un tiento a su Coca-Cola, y, con una sonrisa de iluminado en la boca, vio la luz y prometió seguirme siempre y cuando me mantuviera en una pasada decisión que tomé de nombrarlo mi camarlengo, pero que largo que lo tengo, en uno de mis penúltimos arrebatos de abrazar la profesión papal. Confirmado este punto, se ofreció, lleno de graciosa beatitud, a supervisar los concursos de Mis Sotana Mojada y a apoyar, sin resquicio de duda, mi primera voluntad como papisa de los Cielitos Lindos, a saber, despojar a la guardia celícola de toda vestimenta por mucho que nos doliera suprimir los alegres diseños de Miguel Ángel; ya se sabe que cualquier devoción implica sacrificios. Lo segundo que habría que hacer, aunque no por ello menos importante, sería despojar a los soldados lindos del cielo de sus agresivas lanzas, pues sería el nuestro un ejército que mantendría el orden con el sagrado poder de sus empíreas vergas y si a alguno de nuestros piadosos seguidores se le ocurría, en un despiste, retozar sin condón en los prados soleados de nuestra financiada propiedad, sería cariñosamente amonestado con un certero disparo en los ojos de olímpico espumoso proveniente de las pacíficas astas de nuestros ángeles guardianes. Seguidamente procederíamos a plantar unos viñedos bajo la marca Celestial Rojo, que sería un vino divino ideal para curar tanto el mal de amores como las desavenencias con Hacienda. Y luego, ya, una vez sentadas las bases de nuestra advocación, centraríamos las energías en la creación de un equipo de fútbol, el Real Glorioso Áureo y Celestial, que dejaría al Barça en mantillas y sólo permitiríamos ganar al Madrid de vez en cuando por motivos personales de la Gran Papisa. El Real Glorioso vestiría de rosa, que es un color que queda muy lindo con el verde césped del campo, las porterías serían bóvedas celestes y los goles le lloverían como caídos del cielo para que nuestra afición viviera en una especie de inconsciente limbo, ajenos al temido pecado y a la obsesiva culpa.
Dani, vamos a ser muy felices y, si algún año, Dios no lo quiera, nos retiran la cesión, nos inventamos que se acaba el mundo, nos emborrachamos con un buen reserva de Celestial Rojo, nos montamos entre las piernas una divina portería donde marque todos sus goles, esta vez sin condón, el Real Glorioso y, al día siguiente, cuando amanezca, saltamos la cerca del minivaticano y llenamos de herejes recién paridos el local del Varela.