A los pocos días de haberse iniciado las proyecciones Lumière en el 'Salon Indien', un diario parisién, comentando aquel suceso, escribía: "Cuando en las salas dispongamos de un fonógrafo, la fotografía nos dará la ilusión perfecta de la vida". Texto significativo que dice cómo, desde un principio, el sonido parecía el complemento inexcusable de la imagen en la pantalla. Por su parte, en América, el cine y el fonógrafo aparecían como invenciones conexas para la mentalidad práctica de Edison. Y los historiadores de los primeros años del cinematógrafo nos cuentan todo cuanto se hizo entonces para sonorizar la pantalla, de tal manera parecía inaceptable, en principio, el silencio absoluto cuando se trataba de darnos una imagen del mundo.
Por una parte se buscaron efectos especiales que procuraban sintonizar, con mayor o menor exactitud, con el curso de las imágenes, mientras, por otra, se registraban en el disco voces ilustres de la 'Comédie française', con vistas a los primeros ensayos, camino de la película de arte. No obstante, el engaño era demasiado visible y la ilusión realista que se buscaba, lejos de verse favorecida, resultaba perjudicada, de tal manera, que, por una aparente paradoja, muy pronto el 'cine sonoro' se vio postergado. Se abandonaron todas las tentativas encaminadas a dar con él y se impuso el imperio de la imagen soberana, limitada a sus prerrogativas propias, ¡pero con la servidumbre que significaban los rótulos explicativos!
Hoy, vistas las cosas en perspectiva histórica, podemos decir que, de haber persistido en la búsqueda de soluciones, el cine podría haberse convertido en sonoro mucho antes de la fecha en que los hermanos Warner llevaron a cabo su revolución industrial. Mas también podemos decir que fue, hasta cierto punto, providencial que se abandonara aquel proyecto, porque, haciendo de la necesidad virtud, el cine, condenado al silencio, conminado a explorar al máximo sus posibilidades, consiguiera, por este camino, desarrollar considerablemente sus poderes en los dominios de la estricta fotogenia. Según aquella ley orgánica de la compensación recíproca, que permite, por ejemplo, que el ciego llegue a poseer una hipersensibilidad táctil, así el cine llegó a descubrir virtualidades insospechadas en los dominios de la expresión plástica, obligado como estaba a recurrir exclusivamente a los signos visuales.
Y esto ocurría en un momento histórico en el que el ser humano de Occidente imponía su civilización a todos los pueblos del orbe, en que adquiríamos una conciencia planetaria. En este momento tenía lugar el advenimiento de un lenguaje artístico que aparecía como un esperanto visual. Igual que la música, ignoraba las fronteras. Igualmente inteligible en todas partes, el mensaje de un Charlot llegaba íntegro, directo, a todas latitudes. Lo que en los orígenes apareció como un defecto era ahora celebrado como una virtud, como un signo de los tiempos. Lo que en el siglo XXI no ocurre con ninguna carencia técnica, o tal vez, sí.
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