Partiendo del principio de que toda publicidad que da que hablar es buena, el cartel (el primer cartel, no sé si el único) de los obispos en el que vemos a un niño rubio, probablemente de ojos azules, junto a un lince, es bueno. En el cartel reza (¡nunca mejor dicho!) el eslogan ¡Protege mi vida! Se supone que la del niño rubio de ojos azules, porque el lince ya luce con su propio eslogan a modo de collar en el que podemos leer 'Lince protegido'. Además estoy más que de acuerdo con el mensaje de los obispos y me pregunto horrorizada si habrá alguien en el mundo tan desalmado como para no estar de acuerdo con el mensaje de que no hay que disparar contra los niños rubios de ojos azules. Seguramente nadie o, en todo caso, muy pocos, que hay gente para todo, y ahí es donde, sinceramente, empiezo a encontrar alguna grieta en la campaña de los obispos.
La verdad es que el lince del cartel está para comérselo, metafóricamente hablando, claro (he de reconocer que este recurso al canibalismo tan anclado en el lenguaje afectivo-emotivo me desconcierta). Eso me pasa porque tengo debilidad con los felinos y, puestos a elegir, no sé, no sé... Pero tampoco hay que ponerse en esos términos. Lo mejor es no disparar a nada, a nada que se mueva por sí mismo como diría Aristóteles. De modo que dejemos aparte los gustos personales, porque esto mío con el lince es una preferencia muy, pero que muy personal. Otros, entre ellos muchos santos varones de la Iglesia, muestran mayor inclinación hacia los niños rubios de ojos azules, hasta tal punto que, al final, se los acaban comiendo, metafóricamente hablando, por supuesto.
Los niños rubios y de ojos azules normalmente crecen y se convierten en señores mayores (puede que incluso en obispos) y, al hacerlo, a veces desarrollan la peligrosa manía de creerse superiores a los otros. Así que no puedo evitar que me venga a la memoria la imagen de aquellos bellos jóvenes rubios y de ojos azules que, con sus voces angélicas cantaban, acompañando a la voz con el gesto del brazo levantado hacia el futuro, aquello de Deutschtland über alles antes de ponerse a la tarea de matar a gente, pongamos judíos, menos rubia que ellos. Pero, una vez más, de acuerdo con los obispos, porque ni siquiera hay que dedicarse a la caza de ese tipo de niños rubios y con ojos azules, aunque yo, al menos, esté tentada a veces a pensar que los efectos colaterales de la conservación de los linces son mucho menos perniciosos que los de la conservación de los niños rubios con ojos azules. ¡Vade retro!
De todas formas, considero que la Iglesia ha dado un enorme paso adelante con este cartel publicitario, ya que en él, al menos implícitamente, admite no ya la comparación sino la comparabilidad del ser humano con otras especies animales. ¿Supone ello que la Iglesia reconoce la animalidad del humano? ¿Supone ello, acaso, que abandona el creacionismo y abraza el evolucionismo? Reconozco que la mera formulación de las preguntas es ya ir demasiado lejos y que lo que pasa es que a la Iglesia se le ha ido un poco la mano con mundanos fines publicitarios. Por una vez tampoco será pecado que el fin justifique los medios, digo yo, teniendo en cuenta que el fin es la salvación de nuestras almas. Porque, en realidad, el lince y el niño rubio de ojos azules no son en absoluto comparables ¿o acaso los linces tienen alma como los niños rubios de ojos azules?
Si un niño rubio de ojos azules, al que ya sabemos que no hay que cazar, fuera comparable a un animal ¿lo sería también con una lagartija (especie, por cierto, también protegida)? ¿con un pollo? y ¿por qué no, con más razón, con un perro?; ya decía Sartre que los perros eran, a estas alturas, semihumanos. Sea como sea, en África, el Papa habrá encontrado pocos niños rubios, por eso no parece afectarle que los niños que tal vez haya visto, negros con ojos negros, lleven una vida bastante peor que la de los perros. Pero, aunque el cartel no lo exprese explícitamente, podemos suponer que tampoco hay que disparar contra los niños negros. Los obispos no lo han dicho, el Papa tampoco, porque lo que el Santo Padre ha ido a decir a África es que no se debe usar el preservativo, porque el preservativo es peor que el sida.
Ahora mismo ya no sé si la protección que merece la especie de los niños rubios de ojos azules es igual a la que merece la especie de los niños negros ¿y los linces?, ¿y las lagartijas?... Empiezo a plantearme la duda sobre si habré entendido correctamente el mensaje de los obispos. De hecho, ya no sé si la campaña me parece tan buena como al principio. ¡No somos nadie!