A veces, nos parece desolador el mundo de los jóvenes en edades de instituto. Sin embargo, de vez en cuando surgen noticias de lo que se vive en alguno de ellos que merece la pena resaltar, como es el caso del instituto Rosalía de Castro de Santiago de Compostela, no sólo porque vaya ya por la catorce edición de los Premios San Clemente de literatura, sino porque este premio lo otorgan los propios estudiantes, que son los que conforman el jurado y que, además, en este caso sí, son los auténticos lectores de los libros de entre los que otorgan el premio. Al mismo ya han acudido escritores como Carlos Fuentes, Paul Auster, Antonio Tabucci, Mario Vargas Llosa, Javier Marías.... entre otros muchos que han querido recibirlo de manos de los jóvenes estudiantes y compartir con ellos intercambios literarios. Tampoco porque este año haya recaído en el escritor japonés Haruki Murakami, sino porque han sido capaces de que este escritor tan poco dado a las entrevistas, a las conferencias y actos mundanos, aunque estén relacionados con la literatura, haya dejado su apartada vida en Tokio, de donde no sale ni siquiera a invitaciones de poderosos editores y prestigiosas universidades del mundo, para acudir a Santiago de Compostela a recoger el premio otorgado por su novela Kafka en la orilla.
Haruki Murakami tiene bastantes libros traducidos al castellano (Tokio Blues; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; Sputnik, mi amor; Kafka en la orilla; After Dark... entre otros) y es un referente obligado de la literatura universal, aunque tal vez no sea aún suficientemente conocido por los lectores españoles. No obstante, sus seguidores conforman un grupo de devotos de su personalísima manera de narrar, de contar historias. Ya tenia referencia de H. Murakami a través de los artículos (magníficos) que Francisco Calvo Serraller dedica con asiduidad a la literatura y la pintura japonesas. Pero los libros, al contrario que las personas, parece que no quieren entrometerse en nuestras vidas hasta que no sea el momento adecuado y oportuno para poder entablar un diálogo sosegado con el que, muchas veces, surge una amistad imperecedera. En esta reciente visita de H. M. a Santiago de Compostela, donde rompió todos los tabúes, manteniendo tertulias con los jóvenes y dejándose fotografiar con ellos, confesaba a éstos que sus lectores japoneses le piden que escriba libros más cortos para poder leer de pie, agarrados a las barandillas del metro o en el tren donde pasan cada día tanto tiempo.
Mi primer acercamiento a Murakami fue, gracias a mi librero, con su libro menos extenso, de los traducidos al castellano, de este escritor de novelas extensas, para comenzar a conocer de manera directa su obra. Se trataba de Sputnik, mi amor. Una novela de vidas solitarias, donde se puede reconocer el efecto que el amor puede producir en esos seres solitarios. Sumire, la joven empeñada en convertirse en novelista, Myû, enigmática mujer de negocios y gran melómana, y el joven profesor de primaria, a la vez que narrador de estas historias que convergen merced a la literatura, a los libros. En el caso de Sumire y el profesor de manera fortuita, cuando éste leía una novela de Paul Nizan, y entre ella y Myû, debido a una confusión verbal entre Sputnik (primer satélite artificial soviético) y Beatnik, a cuya generación o movimiento perteneció Jack Kerouak, al quien Sumire leía en el momento en que se conocen. Comparte con el profesor de primaria el amor por los libros, y con Myû por la música, y una y otra tienen tiene un gran protagonismo en la novela, así como el rico simbolismo japonés, esencialmente la luna y las puertas. Una novela en la que el amor de unos jóvenes va transformándose en unos amores intensos que les permite conocer la otra realidad, el amor que les abre la puerta al más allá, que les permite transcenderlo. Un hermoso ejemplo de este simbolismo japonés, oriental, de las puertas, se puede ver también en la película, Primavera, Verano, Otoño, Invierno. Primavera... del coreano Kim Ki-duk.
Una novela escrita con una gran habilidad, en la que las piruetas narrativas con las que juega el escritor aparecen con la mayor naturalidad, así como el resto de elementos del universo de Murakami. Tokio y Grecia (estudió literatura y drama griego), la música que tanto ha significado en su vida y la literatura, en su triple vertiente de lector, escritor y traductor. Por eso, no es extraño que le haga decir al joven profesor: "Aprendí a no creerme todo lo que la gente dice. Mis únicas pasiones sin reservas han sido los libros y la música. Y tal vez como lógica consecuencia de ello, me fui convirtiendo en una persona solitaria". Tal vez, diría yo, para seguir aunque no sea de manera consciente, la máxima de Leonardo Da Vinci: "Si sabes estar solo serás dueño de ti mismo".