Ayer recordé el caso de Carlitos. Le pidió el año pasado a los Reyes Magos un perro labrador y, para que pudiera disfrutarlo más tiempo durante sus vacaciones, Papá Noel le trajo el perrito en Navidad. Pero después vinieron los Reyes Magos y le trajeron a Carlitos muchos juguetes, entre ellos una playstatión, y Carlitos ya no tuvo ni tiempo ni ganas para dedicarse a Tuti, que fue el nombre que le puso al perro. Tuti, que le había costado a los padres de Carlitos mil doscientos euros, terminó por eso en casa de una amiga como regalo. De haber sido un perro adoptado estaría ahora hurgando en los basureros o simplemente muerto. Que eso fue lo que le pasó a Gobi, un perro que los padres de Silvia sacaron de una protectora para complacer a la niña en su cumpleaños y, cuando la pequeña se cansó de él y el perro hartó a los padres, pararon el coche en una cuneta y, como por descuido, se olvidaron del chucho. Es de suponer que en las horas que corren para los bolsillos son los perros adoptados los que más riesgos de esos cariños tan intensos como provisionales sufren: al perro pagado da dolor dejarlo en la calle por lo que cuesta y el regalado sin ningún pedigrí no merece ni la atención de un traspaso. Mona, Lluvia y Torrija son tres perras que fueron recogidas en el centro de adopción de 'El Refugio', una asociación sin ánimo de lucro que funciona muy bien en defensa de los animales, y que se han salvado de sufrir una suerte similar a la de Gobi, sencillamente porque han sido adoptadas por gente con sentido común. Las conocí en la Puerta del Sol de Madrid el lunes pasado, mientras los actores Fernando Tejero y Adriana Ozores animaban a adoptar perros y gatos que esperan familia y casa. Y deseé que le sucediera a esos otros animales abandonados lo mismo que a estas perras, que no fueran víctimas de padres insensatos que al salir de El Corte Inglés, invadidos de las emociones navideñas del consumo, optaran por la adopción de un perro en tiempo de crisis para evitarse el gasto del regalo al niño.
Y APARTE. Esos papás que complacen a sus hijos con un ser vivo para, tan pronto se le pasa el capricho al nene, deshacerse del perro o el gato, merecían ser recordados el Día Internacional de los Derechos de los Animales, por más que lo fuera también de los Derechos Humanos, que llegaban a los sesenta años de incumplimientos, desvelos e hipócritas invocaciones. Las imágenes de Guántanamo nos mostraban a tales fieras humanas uniformadas, que arrastraban por aquellas cárceles a sus torturados, que cualquier perrillo tendría que bendecir su suerte por perra suerte que sea. Pero un día como ese mismo era también muy propio para que algunos antepusieran otras torturas humanas, obviamente más importantes, a las que sufren los animales. Es lo que suelen hacer, no los que prestan más importancia a esas otras torturas, que no les falta tiempo para rechazar unas y otras, sino los que en España, donde seguramente se cuenta con los más prestigiados depredadores de los seres vivos del reino animal, dan por buenas las torturas a los animales o se satisfacen con ellas. Los torturadores se adiestran en distintas escuelas y es costumbre de ellos empezar por las víctimas que menos defensas tienen. Se empieza por un gato y se termina en cualquier Guantánamo de verdugo.