Laura Gil, el trabajo invisible de una murciana que toca el cielo

Alejandro Martínez, Ramón Jordana y Alejandro Palazón, que han sido entrenadores de Laura Gil, destacan la capacidad de sufrimiento y fe de la subcampeona olímpica

22.08.2016 | 04:00
Laura Gil, el trabajo invisible de una murciana que toca el cielo

El éxito de Laura Gil Collado no es fruto de la casualidad. Detrás hay muchas horas de entrenamiento de una jugadora sacrificada. LA OPINIÓN ha pedido a tres exentrenadores de la subcampeona olímpica las claves de su escalada a la cima.

Laura Gil Collado lleva haciendo historia desde que con 15 años debutó con la selección española y conquistó su primera medalla en un Campeonato de Europa. Desde entonces, esta chica de 1,90 metros de estatura y 24 años no ha dejado de hacer historia.

En la casa de sus padres en el barrio de Vistabella, donde se trasladaron tras pasar los primeros años de Laura en Santo Ángel, se agolpan los trofeos. Antonio y Pilar, sus padres, tendrán que hacer ahora hueco para el trofeo más preciado, una medalla olímpica, la de plata conquistada por primera vez por el baloncesto español femenino en unos Juegos Olímpicos. Al igual que ocurrió en Los Ángeles 84 con Corbalán, Epi, Solozábal, Romay y Fernando Martín, entre otros, la generación de Gil, Torrens, Nicholls, Ndour o Palau, entre otras, ha logrado convertirse en inmortal.

Para entender por qué una chica de Murcia ha llegado a tocar la gloria LA OPINIÓN ha contactado con varios entrenadores que han sido importantes en su carrera deportiva, que en algún momento de la misma han intervenido o, como ellos apuntan, han tenido la fortuna de dirigir a una chica que «como trabajadora y compañera merece un diez», coinciden.

Alejandro Martínez Alburquerque es el presidente de un club modesto, el CB Santo Ángel, que vio nacer deportivamente a Laura Gil. «Por coincidencias de la vida, fue su primer entrenador. Ella llegó a nuestro club, que entonces estaba comenzando, porque sus padres vivían en Santo Ángel. Estábamos tratando de reunir ocho chicas en edad alevín para formar un equipo.  Ella estudiaba en el colegio público de Santo Ángel, estaba en 5º de Primaria, y apareció un día por el pabellón animada por algunas compañeras de su clase. Después de los primeros entrenamientos, no solo destacaba por la altura, sino por las ganas que le ponía. En mi modestia, supe pronto que esa niña iba a hacer algo porque peleaba cada balón como si fuera el último. Tenía una fuerza descomunal y le tenía que decir que no tirara tan fuerte que me iba a romper el tablero», recuerda entre risas Martínez, quien también que apunta que «pese a que destacaba muchísimo, nunca se le subió a la cabeza».

En Santo Ángel solo duró dos años: «Cuando la vieron jugar, otros clubes se tiraron a por ella y se la llevaron enseguida. Estuvo los dos años de infantil en el Capuchinos, y cuando la vieron en el Campeonato de España los ojeadores de la Federación, vinieron a por ella».

Josep Alemany era uno de los responsables de las categorías de formación en la Federación Española cuando llegaron a Madrid las primeras noticias de una chica que destacaba en Murcia: «Eugenio Alcaraz, coordinador de las selecciones murcianas femeninas, me habló de ella cuando tenía 13 años. No la cogimos cuando él me lo dijo, pero sí le hicimos un seguimiento. Cuando ya cumplió 14 años, contactamos directamente con ella para que se viniera a la concentración Siglo XXI. Lo cierto es que Eugenio y Antonio Pérez, del Marme, que era seleccionador murciano infantil, me insistieron mucho sobre ella, apretaron para que fuera a Barcelona y acertaron de pleno. Ellos fueron los que nos descubrieron a Laura Gil», dice.

El catalán Ramón Jordana era el director de la concentración Siglo XXI cuando Laura Gil hizo las maletas para marcharse a Barcelona. «Cuando yo estaba en el programa de seguimiento de jóvenes talentos de la Federación Española, nos hablaron de una niña de Murcia que tenía unas ciertas cualidades y que estaba con problemas para desarrollarse, ya que necesitaba entrenar a mayor nivel», explica el que fue durante 24 años el máximo responsable del despegue del baloncesto femenino español.

Pese al paso del tiempo, Jordana recuerda perfectamente cómo se cerró la marcha de Gil a Barcelona: «Bajé yo a Murcia, la visité en su casa, hablé con sus padres y fue muy fácil. Rápidamente aceptó, no tuvo ninguna duda. Esa ya fue buena señal», comenta.

Después llegaron interminables jornadas de entrenamiento junto a un grupo de jugadoras de toda España que estaban llamadas a convertirse en leyendas, aunque muchas, como suele ser habitual, se quedaron en el camino, algo que no ocurrió en el caso de Laura Gil por varios motivos: «Laura tiene una gran ventaja, que es su cabeza, que es muy buena para el deporte, y es lo que al final acaba marcando la diferencia. Cuando llegó a Barcelona era una niña que estaba por debajo del nivel medio de conocimiento del baloncesto, pero era y es una maquinita de trabajar, siempre concentrada y con una sonrisa en la cara. Y cuando encuentras esta actitud, lo demás es enseñar cosas, porque lo difícil es encontrar gente capaz de asumir la carga de trabajo y que entienda qué es la élite, que es un espacio reservado para gente especial. Siempre ha sido una chica con ciertos problemas de anotación, porque a veces le puede la propia ansiedad, y le falta un poco de pausa en el último segundo, pero esa intensidad defensiva que tiene le hace ser especial».

De hecho, Jordana resalta que el caso de Laura Gil es único en nuestro baloncesto: «Ha ganado medalla en todas las competiciones en las que han participado con la selección española. Eso es algo muy difícil, solo lo sabe quien está metido ahí. Ganar es muy difícil y ya ves los hitos que tiene Laura, es prácticamente imposible que nos encontremos un caso igual. Sus características físicas le han permitido disputar dos campeonatos el mismo verano, pero eso es algo muy difícil de que vuelva a repetirse en la historia», dice. Nueve medallas en categorías inferiores –4 de oro y 4 de plata–, y cuatro con la absoluta es el bagaje de una ala pívot con solo 24 años de edad.

Jordana opina que Gil ha ido dando pasos seguros durante su carrera deportiva profesional: «Cuando salió del Siglo XXI yo no tenía claro que se fuera al Perfumerías Avenida, pero fue inteligente para en la temporada siguiente dar un paso atrás. Ahora vuelve a Salamanca, pero tiene una gran ventaja, y es que el entrenador es alguien que cree absolutamente en ella, que la ha tenido en Burgos y La Seu. Esa es una gran ventaja porque ya parte de tener la confianza de quien tiene que tomar las decisiones, pero esto es muy duro y la confianza hay que renovarla cada día».

La clave del éxito de Laura Gil radica en su espíritu de sacrificio, pero aún le falta dar ese paso adelante en ataque que Jordana está convencido que dará en breve: «Le cuesta anotar y ese estigma te lo tienes que ir quitando poco a poco. Ahora solo hace falta que siga como está trabajando, porque empieza su mejor época, ya que ha alcanzado su nivel de maduración. Está en el punto de madurez perfecto», dice, y se muestra convencido de que lo conseguirá porque «ella es muy agradecida en el trabajo, siempre dispuesta y atenta. Es mi jugadora preferida y lo sabe».

El blanqueño Alejandro Palazón Núñez era el seleccionador regional cadete femenino cuando el equipo autonómico logró un histórico ascenso a categoría Especial. En aquel equipo, por supuesto, estaba Laura Gil: «Estuvo dos años conmigo en el Campeonato de España cadete. En el primero, llegó con los gemelos un poco tocados. Tuvimos que dosificarla, pero marcaba diferencias en los minutos que jugaba. Tenía un nivel muy alto comparado con las demás. Se sacrificó para el equipo pese al fuerte dolor. Acababa los partidos con lágrimas en los ojos».

Pero el segundo año fue diferente: «Conseguimos un ascenso sorprendente. Ganamos en el cruce a Baleares, que había superado a Madrid y Cataluña, y una de las claves fue Laura, porque ella nos daba una seguridad en el rebote e intimidación increíbles. Recuerdo que en los desayunos y en las comidas hablaba con las compañeras para motivarlas. Tengo un recuerdo imborrable de ella», recuerda un técnico que ha estado los últimos seis años trabajando con chicos en el UCAM Murcia.

«Es una cría encantadora. Tiene una gran capacidad de trabajo y nunca buscaba el lucimiento personal. Recuerdo que fue la máxima reboteadora del Campeonato de España, aunque oficialmente no había un título así. Por eso le prometí que le enviaría un diploma, pero pasó el tiempo y no lo hice. Cogió 15 rebotes por partido, una barbaridad». 

A Palazón tampoco le ha sorprendido que la murciana se haya consolidado como una de las mejores jugadoras españolas: «No me ha sorprendido, pero tampoco es fácil. Hay mucha competencia, pero su forma de ser y de trabajar ha hecho que crezca tan rápido. Ya en edad cadete se veía que entendía el juego muy bien; cuando le dabas el balón, siempre sabía lo que tenía que hacer», recuerda el blanqueño, quien por encima de todo destaca de Gil que «es una compañera y trabajadora 10. Cuando venía a la selección murciana ella ya estaba en el Siglo XXI, pero era una más, muy humilde», aspecto en el que incide Alejandro Martínez, quien señala que «es una persona modesta, tiene la cabeza bien amueblada, y cuando viene a Murcia, va siempre a saludar a los amigos del colegio. El verano pasado estuvo echando una pachanga con los amigos de toda la vida», recuerda el presidente de un club que va a proponer a la Junta Vecinal de Santo Ángel que el pabellón de la pedanía, el que vio nacer como deportista a Laura Gil, lleve a partir de ahora el nombre de la segunda medallista de la historia del deporte murciano.

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