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Piquis, o la heroicidad de una madre

07.03.2013 | 22:49
Cristina del ValleCristina del Valle

Es una mujer pequeña en busca de grandes cosas. La cantante Cristina del Valle ha utilizado su fama, su posición social, para ser altavoz. Sus alegatos en defensa de la mujer, su idea de crear la Asociación de Mujeres Artistas Contra la Violencia de Género, no son más que dar dimensión a la actitud materna.

Piquis, como la llamaban en casa, quería cantar, quería ser una niña feliz y jugar en la calle. Era el Oviedo fronterizo de los primeros años setenta. Vivía en Ciudad Naranco. No eran tiempos ni barrio recomendables para una niña, y a los 8 años se vio en una Comisaría acompañando a su madre, tres hijas más. El padre quería matarla. Cuando un policía dijo "anda, vuelve a casa" y otro apostilló "algo habrás hecho", dolió más que todos los golpes.

La madre cogió lo poco que pudo y lo mucho que tenía, cuatro niñas, y se escondió en una parroquia. Cuatro meses en los que la Policía la buscaba por abandono del hogar y un hombre del que se había enamorado la acechaba para matarla. No pudo más y puso tierra de por medio, hasta Valencia, donde Piquis se hizo Cristina en los ochenta estudiando Bachillerato.

Golpes, insultos, amenazas, huida. Cristina del Valle sabe de lo que habla. Quiere que todas las mujeres hagan lo que hizo su madre, que no se dejen avasallar por un ser inhumano. Y quiere que a ningún policía, político o responsable de una Administración se le pase por la cabeza ni siquiera una sola vez eso de "algo habrás hecho". No es de las que cogen la pancarta para salir en la foto, es de las que pintan la pancarta con dolor, acordándose de cada golpe en cada trazo. No es rabia impostada cuando grita en defensa de la mujer, es un miedo atávico, un terror infantil que no se borra pese al éxito, el reconocimiento y la sonrisa.

Piquis fue una niña de la Transición. Pero el cambio político fue más rápido que el social, que aún no ha terminado y que no terminará mientras que una sola mujer sufra el desprecio de un hombre que cree que es suya, hasta que se siga hablando de "mi mujer". Hasta que de la posesión se pase a la comprensión. Es más fácil olvidar una carrera delante de los grises que a un policía culpando a una mujer de que su marido le pegue o un abogado sugiriendo a otra que no pida el divorcio por los golpes que lleve, "igual lo que necesita es más sexo, así se arreglará".

Llamar ahora al 016, el teléfono de atención a mujeres maltratadas, es un acto de defensa, plantarse en Comisaría en los setenta con tres o cuatro niños para denunciar malos tratos era una heroicidad.

Esa infancia dolosa y dolorosa que acabó a la luna de Valencia, con la madre de Cristina vendiendo muñecas de trapo por la calle, convirtió a la niña en lo que es ahora, una activista social no por convencimiento, sino por genética.

Cristina del Valle triunfó con "Amistades Peligrosas" junto a Alberto Comesaña, quien fuera también su pareja sentimental. Cuajó el grupo durante los noventa y se mantuvo la relación. Pero todo iba demasiado rápido y saltó por los aires. Primero se les acabó el amor y luego la música. "Africanos en Madrid", dura narración de la emigración, marcó un antes y un después. Fue el mayor éxito de la banda, pero también su fin. Cristina entendía que aquella era la forma de llegar al fondo, que la música era un arma cargada de futuro. Distintos intereses acabaron con la formación.

Aquella niña de Ciudad Naranco que a los 3 años se subía a una silla para cantar lo hace ahora a los escenarios para gritar que no hay ningún pecado en ser ébano, sangre y marfil, y que si miras bajo su piel hay un mismo corazón. Cristina del Valle ha estado en Bagdad, en Ciudad Juárez, en Palestina, pero lo único que busca es salir de aquella Comisaría en la que entró con 8 años y cerrar la puerta para que nadie más tenga que entrar.

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