CRÓNICA

Bautismo de sangre

 07:54  
Bomberos y miembros de las Fuerzas de Seguridad observan los restos del coche en el que murieron los dos agentes de la Guardia Civil
Bomberos y miembros de las Fuerzas de Seguridad observan los restos del coche en el que murieron los dos agentes de la Guardia Civil 

Mallorca había abierto por vacaciones en medio de nubarrones económicos y gripales. La isla se creía inmune al virus etarra, pero el jueves sufrió su bautismo de sangre

MATÍAS VALLÉS. MALLORCA La tragedia adquiere su dimensión plena en el momento más inesperado, que casi nunca coincide con el estallido de la bomba. El afloramiento del dolor precisa de maceración. Por eso, el asesinato en Mallorca de Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada se hizo inapelable, y fue metabolizado por nuestros cerebros, pasado el mediodía del viernes, cuando llevaban un día muertos.
El instante decisivo de la iluminación coincidió con el traslado de sus féretros desde La Almudaina hasta la catedral de Palma, donde iban a celebrarse los funerales por ambos. Desplazándose a la altura de los hombros de sus compañeros, casi podía escucharse la respiración de los cuerpos horizontales y exánimes de los dos guardias civiles asesinados.
El ataúd les devolvía la dignidad que la bomba de ETA había mutilado. Uno de los cadáveres sufrió más fracturas que huesos tenía su cuerpo, otro quedó seccionado por la cintura. Hubo que podar un árbol para rescatar a uno de los jóvenes. Los guardias civiles tenían 27 y 28 años de edad. Sus asesinos, también.
El primer error a soslayar es la atribución a ETA de una motivación política. Ha desarrollado la violencia del absurdo hasta el punto de que su brazo desarmado abertzale le atribuye intenciones "negociadoras". Matan para pactar la paz, qué negociación cabe imaginar con gente así. De ahí el interés de las declaraciones de uno de los fundadores de la banda, cuando asegura que ETA es demasiado cobarde -él dice que "no tiene cojones", pero nos resistiremos a esa expresión- para dejar las armas.
La familia de uno de los asesinados Mallorca es fervorosamente religiosa. El movimiento etarra, también. La banda jamás ha herido ni levemente a un sacerdote, la única profesión sin riesgo de atentado. El episcopado vasco es deliciosamente bizantino cuando aborda el terrorismo. El viernes, el mensaje de ese mismo Dios que invoca el independentismo vasco debía consolar en la catedral de Palma a familiares de los muertos.
Durante unos días indeterminados, asesinos y sus víctimas coincidieron en Mallorca, el lugar de vacaciones por el que suspiran anualmente unos diez millones de personas, no todas ellas Reyes. Los terroristas aspiraban a deshacer ese encanto, desafiar al monarca. En 1980, cuando mataba dos personas a la semana con feroz puntualidad, la isla se consideraba exenta de la plaga. Pues bien, a finales de julio de 2009, ETA no sólo mataba por primera vez Mallorca, sino que lo hacía por partida doble. Mallorca ha perdido la marginalidad del ruedo ibérico.
El fin de ETA obligará a extender un finiquito previo a un mar de tópicos. "Matar es fácil" alegan los políticos responsables de la seguridad. Lo fácil es decir que matar es fácil. ¿Es sencillo colocar sendos explosivos en dos vehículos de la Guardia Civil? ¿Es simple atentar en Palmanova mirando a Marivent, demostrando que el Estado se halla desguarnecido pese a que las vacaciones regias implican el desplazamiento de un millar de funcionarios? ¿Es fácil matar en una isla tomada por la seguridad regia, al día siguiente de un aviso dantesco en la casa-cuartel de Burgos, que debiera haber multiplicado las precauciones?
La prueba sobre la relatividad del impacto del atentado la tenemos en el vuelo Múnich-Palma, operado por Air Berlin en la tarde del pasado jueves. La operación jaula que paralizó Son Sant Joan le impuso un retraso de cuatro horas al aterrizaje en Mallorca. De acuerdo con la prioridad informativa perseguida por ETA, los turistas procedentes de Múnich deberían experimentar algún temor al aterrizar en una isla donde acababa de estallar una bomba.
En efecto, la madre que viajaba en la fila 20 junto a su hija ofrecía patentes muestras de inquietud. En cuanto el avión tomó tierra, antes incluso de desabrocharse el cinturón de seguridad, la mujer rebuscó en su bolso, extrajo dos mascarillas y procedió a aplicarse una de ellas, mientras entregaba la otra a su hija para que se protegiera adecuadamente. Ni se plantearon la anulación de la reserva para sus vacaciones soñadas, porque ETA les preocupaba menos que el H1N1, otro virus de origen animal.

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