La Murcia que se nos fue

De hambre, plagas y frailes

En 1779 una bandada muy grande de gorriones asoló las cosechas y arbolados de la zona

18.10.2016 | 18:56
De hambre, plagas y frailes

GORRIONES QUE DESTROZAN COSECHAS
Un curioso suceso tuvo lugar en 1779 cuando una plaga o bandada muy grande de gorriones asoló las cosechas y arbolados. Desde el Concejo de Murcia se buscaron soluciones, pero lo único que consiguieron fue que la bandada cambiara su rumbo y asolara otras tierras. Se recoge en las actas capitulares: «Se da cuenta de lo acaecido con las bandadas de gorriones que durante mayo han asolado gran parte de los territorios. Invadieron el Campo de Cartagena numerosas y grandes bandadas de gorriones, sin que se supiera su procedencia, que hicieron considerables daños en las cosechas y arbolados dejando ruinosas varias plantaciones. A la activa persecución que hicieron los Justicias, con mucha gente armada y utilizando cargas de pólvora, se debe que la dicha plaga de gorriones se dirigiera desde los Campos de Cartagena a los de Totana y Lorca librándose de ellos y sin llegar aquí todas las comarcas de Murcia. Estas acciones no han gustado al Concejo de Lorca, que se queja que para salvar a la huerta de Murcia se hayan arruinado las cosechas de aquella comarca con el consiguiente perjuicio para sus economías. Se acuerda en el Concejo seguir luchando contra las plagas sean de la clase que sea al objeto de defender la huerta».

MURCIA COPIA A LOS SERENOS DE VALENCIA
Murcia, en 1785, decide crear los puestos de serenos para ayudar a la población, pero no sabe cómo funcionan en otras ciudad de. Tras recibir las noticias de Valencia, se decide copiar las funciones que allí desempeñan. «El regidor don José Moñino presenta al Concejo la carta recibida por su ayudante, don Mateo de Cevallos, a quien le habían escrito desde Valencia para informarle del régimen que llevan en ella los voceadores o serenos, quienes empiezan a publicar por las calles desde las once de la noche hasta la madrugada. Acuden a cualquier insulto que ocurre por las calles, dan luz a los vecinos que la piden, a cuyo efecto llevan un farol encendido. Llaman al médico y cirujano y practican otra diligencia que de pronto se ofrece. No tienen estipendio señalado y los vecinos, por cuyos serenos piden todos los domingos con un cepillo, les dan lo que les parece y se lo reparten a los dichos serenos. A estos trabajos se les agregó recoger de sus respectivos barrios a los muchachos que van a la Escuela acompañándolos hasta ella, en procesión, cantando la doctrina cristiana y lo mismo hacen cuando los vuelven a sus casas, y por este trabajo se les da una gratificación por medio de los curas o alcalde de cuartel, sin que en este la providencia que tenga por conveniente en este importante encargo cometido a dichos serenos. Tras oír la exposición antedicha, que los señores del Concejo propongan como se debe establecer en esta capital a los dichos serenos, cuantos deben haber, donde se han de colocar, quien los tiene que nombrar, que armas pueden llevar y con qué medios se les ha de satisfacer su trabajo que por lo relatado en la carta anterior debe ser igual que el que realizan en la ciudad de Valencia».

FUNDACIÓN DEL EREMITORIO DE LA LUZ
El 17 de enero de 1696 tras la visita a las cuevas del paraje de la Luz del prelado Francisco Fernández Angulo, mandó formar constituciones para la regla de aquellos eremitas que se habían incorporado al paraje siguiendo las enseñanzas y ejemplo de vida del hermano Miguel de la Soledad. Era un noble caballero cordobés llamado Miguel Valdivia, descendiente de la casa de los condes de Val de la Grana. Educado en los Jesuitas eligió la carrera de las armas y entró al servicio del rey, llegando a ser brigadier. Hallándose en Cartagena, en una misión militar, conoció el monasterio y a los frailes de San Ginés de la Jara y se despertó su vocación. Se incomunicó en aquel cenobio y vivía con el producto de las escobas que hacía a cambio de limosnas. Pero quería más soledad y aislamiento para la oración y oyendo hablar del paraje del Desierto de Salent (lo que hoy es La Luz) abandonó San Ginés y se retiró allí junto a otros eremitas que, al conocer sus virtudes, le proclamaron su superior, creándose la primera comunidad de Hermanos de la Luz con los siguientes anacoretas: Pedro de la Trinidad, Pascual del Espíritu Santo, Agustín de Jesús y María, Pedro de la Purísima, Ignacio de San Miguel y Diego el Pescador. El humilde oratorio del hermano Miguel de la Soledad, en cueva de la Yedra, tuvo por primer campanario dos troncos de los que colgó la esquirla que convocaba a los hermanos a los ejercicios durante las horas del día o de la noche. Antes de salir el sol bajaban al convento de Santa Catalina del Monte y, después de un rato de meditación, volvían a sus cuevas a una señal del hermano prior. En marzo de 1699, tres años después de haberse formado formalmente la congregación de los Hermanos de la Luz, Miguel de la Soledad fallecía rodeado por los eremitas y gran número de huertanos que le consideraban un santo.

EL HAMBRE DESATA LA VIOLENCIA EN MURCIA
El año 1684 fue de los más tristes y ruinosos que se recuerdan de la historia de Murcia y de los que queda constancia escrita de todas las penurias. Plagas, pertinaz sequía, terremotos y escaramuzas sumieron a la ciudad en un estado de penuria. El hambre asoló la ciudad. Cientos de personas murieron. Hasta el punto que se dictó un bando de ´buen gobierno´ por parte del Concejo para intentar frenar los asaltos y asesinatos que se producían en sus calles, especialmente de noche, buscando comida en las casas de los vecinos. La ciudad estaba sumida en un caos. Viendo que incluso en pleno día se atacaba en las calles menos transitadas, se ordenó controlar las puertas de la muralla y cerrar incluso algunas de ellas. Entrar en Murcia se hizo muy difícil por los controles que se hacían a todos aquellos que llegaban. Asimismo, se dio orden de prender a todo aquel que encontraran las rondas en las calles a partir de las nueve de la noche hora en la que sonaba la campana del reloj municipal de la torre de Santa Catalina. El vecino que tenía necesidad de salir, por imperiosa causa, debía solicitar permiso a la ronda que le facilitaba un salvoconducto. Las necesidades que se consideraron para poder deambular por las calles fueron: buscar al médico o a la comadrona y buscar a un sacerdote para administrar la comunión en riesgo de muerte. Cualquier otra causa a partir de las nueve de la noche estaba completamente prohibida hasta las siete de la mañana hora en la que se levantaba el toque de queda con un nuevo aviso de la campana de Santa Catalina. Una campana, por cierto, que había sido colocada en la torre de aquella iglesia en 1579 por el maestro de obras Miguel Gutiérrez, que fue quien la construyó. Esa torre, que no hemos conocido, estaba rematada por una terraza almenada que se derrumbó durante la serie de terremotos que asolaron la ciudad en 1829. A partir de ese momento, cuando se vino abajo la torre, el reloj de la ciudad pasó a la de la Iglesia de San Antolín.

TESTAMENTO DE SALZILLO
El 20 de febrero de 1783 hallándose en cama «y de grave enfermedad que es posible que muriese de ella», Francisco Salzillo Alcaraz otorga su tercer testamento que sería el definitivo antes de su muerte, pues fallecería el 2 de marzo del mismo año. Este testamento se expresa en los siguientes términos: «Dispone que se amortaje su cadáver con el hábito de San Francisco, y que, puesto en un ataúd de madera forrado de negro, sea enterrado en la iglesia del Convento de Capuchinas si se consiguen los necesarios permisos y en su defecto, en la parroquial de Santa Catalina, capilla del Santísimo Cristo, propia de la Hermandad del Santísimo Sacramento y Ánimas. O si ello no fuera posible en la parroquial de San Pedro, al arbitrio de sus albaceas. Por albaceas en el presente testamento deja a su hija doña María Fulgencia, a su yerno don Salvador López Núñez, a su hermano don Patricio, a su consuegro don Mateo López, a su cuñado don José Vallejos (presbítero) y a don Juan Antonio Abellán, también presbítero. Declara ser casado y velando con doña Juana Vallejos y Taibilla, difunta, de cuyo matrimonio tiene por su única hija legitima y natural a la precitada doña María Fulgencia Salzillo y Vallejos, casada con el precitado don Salvador López Núñez. Declara también que por escritura ante don José Antonio Villaescusa, escribano, fundó patrimonio a su hermano don Patricio, al ordenarse, sobre tres casas: la una en la parroquia de Santa Catalina a espaldas del convento de Santa Isabel, la otra en la parroquia de San Lorenzo, plaza de Sardoy, y la otra en la parroquia de Santa Olaya, calle Alta, para que sus rentas le sirviese de congrua que fue con la condición de que en cualquier tiempo el dicho don Patricio obtuviese renta eclesiástica con que se pudiese sustentar, habían de recaer en el propio don Francisco dichas casas; lo cual había ocurrido el año 1781, en que por fallecimiento de don Pedro Pérez, presbítero, quedó vacante cierta capellanía colectiva a que tenía derecho el Don Patricio y se le dio la porción de ella, quedando libres por las tres restantes fincas. Añade que su hija única doña María Fulgencia tiene de don Salvador López, su marido, dos hijos legítimos y naturales, don Mateo y doña María de los Dolores y Salzillo, sucesor aquel, por varón y mayor, en los vínculos de su padre, por lo que, deseando don Francisco atender y subvenir a la dicha doña María de los Dolores, su nieta, es su voluntad mejorarla en el tercio y remanente del quinto de sus bienes, cuyo valor ha de aplicar su hija y su yerno, marido de ella, en la finca y destino que les tiene comunicados. Dispone, asimismo, que su hermano don Patricio disfrute por su vida de la que casa que habita a espaldas de Santa Isabel, siendo de cuenta del mismo las cargas anejas; y que a la muerte de Don Patricio pase dicha casa a su nieta doña María de los Dolores, o a sus herederos, pues el valor de la dicha casa habría de llevarlo de menos Doña María de los Dolores en su mejora». En el testamento figuran otras ´clausulas y mandas´ que carecen de importancia y alargarían esta noticia e incluso llegaría a aburrir al lector. Pero es curioso lo que dispone al final del mismo: «Finalmente declara Don Francisco tener ofrecida la imagen de la Madre Fundadora para cuando llegase su beatificación y, llegando este caso, sin que hubiera hecho la dicha imagen deja mil quinientos reales para limosnas y ayuda para costearla». El testamento aparece otorgado ante Juan Mateo Atienza, escribano de número, y de testigos don Juan Abellán (presbítero), don Alejo Blázquez (abogado) y Fulgencio García Mata, amigo del testamentario.

Sor Ángela María Astorch, la Madre Fundadora, subió a los altares el 23 de mayo de 1982. Fue Juan Pablo II quien la beatificó en la Plaza de San Pedro. La Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno cumplió ese año con la última voluntad de Francisco Salzillo y, al ser beatificada, encargó a don José Sánchez Lozano la realización de una imagen de la beata que fue trasladada desde el taller del escultor murciano hasta el Convento de las Capuchinas, en el Malecón.

Con la entronización de la sagrada imagen de la Madre Fundadora en su convento quedaba cerrado definitivamente el testamento de Salzillo y se cumplía su última voluntad. Pero esta historia la contaremos en otra ocasión pues gracias a Esteban de la Peña Ruiz Baquerín, presidente de la cofradía en aquel momento, y al secretario de la misma, Francisco Molina, tuve el honor de ser testigo y fedatario de la entrega de la sagrada imagen a las Madres Capuchinas. Pero, como les decía, esa es otra historia?.

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