Tribuna

'La corta vida de Danko', por Juan José Lara

04.10.2016 | 04:00

Desde aquel mayo de 2013 en que Ingrid y Lodewijk fueron asesinados a golpes en una casa rural del bello paraje de El Fenazar, en Molina de Segura, hasta febrero de 2014, Danko no existía. Juan Cuenca manifestaba haber abandonado la Casa Colorá el lunes, dejando en ella a la pareja holandesa y los ciudadanos rumanos que él mismo había trasladado desde Valencia. No había regresado a la casa, aseguraba, hasta el miércoles, cuando se encontró el pastel: los cadáveres de los holandeses yacían sobre el suelo del salón. Por su parte, los ciudadanos rumanos guardaban un cerril silencio. Hasta principios de 2014, cuando un ataque de verborrea aquejó al unísono a los tres acusados y empezaron a largar. Resulta que en la casa había un ruso, llamado ´Danko´ o ´Dankovich´, que había perpetrado los crímenes. Si nada habían dicho del tal Danko hasta el momento era, claro, por miedo. Juan Cuenca habló ayer con voz firme. Apareció Danko. No obstante, hubo ciertas zonas grises en su relato. Nunca había conseguido urdir una explicación merecedora de tal nombre de por qué condujo a dos ciudadanos rumanos desde Valencia a una retirada casa rural de Molina de Segura. Pero tal vez fue el comentario que lanzó inculpando a su amiga Rosa María Vázquez la nota que más discordaba en la pieza. Juan afirmó que Rosa sabía lo que iba a pasar en la casa. Ahora bien, ¿cómo iba Rosa a saber lo que iba a suceder si nada de lo que sucedió había sido planeado? ¿O acaso estaba Rosa en contacto con Danko? Cuando su compinche rumano, Valentin Ion, había tomado ya asiento para declarar, algo se rompió en Juan Cuenca. Volvió al estrado y confesó que Danko no existía. Eran las 13.30 horas: Danko regresaba a la tenebrosa región que habitan quienes nunca han existido. Cuenca declaró que había encargado el crimen a los rumanos, aunque el precio final quedó abierto –entre diez y doce mil euros– . Valentin había sido el autor material de los hechos. Tras Juan Cuenca declaró Valentin y ratificó el relato de su ´empleador´. El rumano afirmó que no lo contrató para asesinar, solo para actuar si la cosa se ponía fea. Lodewijk, según su relato, golpeó primero y él respondió haciendo uso de un jarrón y un cenicero. Ayer asistimos al auge y caída de Danko. Descanse en paz.

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