La Murcia que se nos fue

Muerte a los bandoleros y un homenaje a Fernández Caballero

22.06.2016 | 08:20
Alberto Castillo

PROBLEMAS PARA VESTIR A LA VIRGEN DE LA FUENSANTA
En mayo del año 1757 encontramos una curiosa acta del Cabildo Catedral donde se quejan, los capitulares, y dan cuenta de los problemas que tiene cambiar de ropa y adecentar a la Virgen de la Fuensanta. Quedando además expuesta, desnuda y sin ropa, a la vista de muchos murcianos que acudían a verla vestir. Dicen textualmente: «Habiéndose notado que cuando se viste y desnuda a la Virgen de la Fuensanta en el presbiterio de la capilla mayor, siendo preciso por su gran estatura ponerla en un tapete en el suelo para alcanzar a ponerle los adornos, arras, pendientes, collares y desnudarla para volver a vestirla de nuevo, a la vista de la mucha gente que se asoma por las verjas de la capilla, lo que no es decente a juicio del Cabildo por ver a Nuestra Señora desnuda, El Cabildo acuerda que siempre que se vista la imagen se traslade a la sacristía, cerrando sus puertas y que no sea vista por nadie. Las camareras de la imagen se quejan a los señores capitulares por la estrechez de la sacristía y la falta de luz en la misma». De esta curiosa acta capitular se desprende que la imagen iba adornada de forma diferente a como va hoy en día pues hacen referencia a pendientes y collares.

PARTIDAS CONTRA BANDOLEROS
Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, todo el viejo reino de Murcia, estuvo sacudido por la violencia de varias partidas de bandoleros que atacaban en los caminos, caseríos, ventas e incluso en determinadas poblaciones a las que incluso se les solicitaba un impuesto para no ser atacadas. En el año 1770 la violencia se desata y el Concejo se ve impotente para poder hacer frente a estos ataques. En un acta de noviembre leemos la decisión que se toma ante un crimen perpetrado en Totana. «El Señor Corregidor presentó una orden del Real Consejo de Castilla que recibió en la posta del día de ayer, con fecha 6 del corriente, que le dirige don Ignacio de Igareda, su Escribano de Cámara, en la que le comunica que, habiéndose puesto en conocimiento del Consejo la muerte violenta de don Pedro Ortín, el 2 de junio del presente año, por cinco facinerosos que se arrojaron, armados, en la posada o mesón de la Villa de Totana, ha acordado que Su Señoría con este Ayuntamiento, Diputados y Personero del Común confieran y traten el medio de exterminar a los bandidos que haya en este reino y pueblos de esta huerta, y si será conveniente para que se consiga, la formación de alguna compañía al modo que se practica en Cataluña con la que se dice del Valls. Esta compañía deberá dar muerte a estos facinerosos que atacan a las personas de bien causando el terror en villas de campos y huerta, así como hacen imposible viajar por los caminos del reino».

EL RETRATO DE CARLOS III NO GUSTÓ A NADIE
En el año 1770, reinando en España Carlos III, había un retrato de dicho monarca en las salas capitulares de la ciudad de Murcia, pero a lo que se ve y desprende de esta noticia, el retrato no hacía justicia a la figura del Rey y se ordenó retirarlo y comisionar a los señores del Concejo a buscar otro pintor que lo hiciera mejor. El acta de la ciudad se expresa en los siguientes términos: «Considerando la Ciudad que el retrato del Rey, nuestro Señor, que se halla colgado en la Sala Capitular, no está con la perfección que corresponde a su Majestad y que es muy debido que se ponga con toda imitación al original de su regia figura, mayormente habiendo en esta dicha ciudad copias particulares de donde sacarse con algún aire y majestad, se acuerda que los señores don Mateo Cevallos, Regidor, y don Gregorio Carrascosa, Jurado, a quienes se nombra como comisarios en este asunto, busquen con brevedad alguna persona de habilidad en la pintura que ponga primorosamente dicho retrato de nuestro Señor el Rey Carlos. La Ciudad no puede mantener por más tiempo ese retrato que tiene en la actualidad en la Sala Capitular pues no hace justicia a la egregia figura de nuestro Monarca.».

HOMENAJE A FERNÁNDEZ CABALLERO
El día 9 de septiembre de 1886, la ciudad de Murcia, rindió un hermoso homenaje al compositor Manuel Fernández Caballero, tras su clamorosa gira por Hispanoamérica, en el marco de nuestro Teatro Romea. Fue por la tarde cuando se representó su zarzuela Las dos princesas. Hoy una pieza caída, incomprensiblemente, en el olvido pero que fue todo un éxito de la época y tuvo numerosas representaciones por todos los escenarios de España. Aquel año 1886, el murciano tras su vuelta de Cuba, se había establecido en Madrid y era además de músico y compositor, empresario teatral. Dirigía el Teatro de la Zarzuela donde se estrenaron gran parte de sus composiciones posteriores. Pero volvamos al Romea. Tras la zarzuela, la orquesta, interpretó varias partituras del insigne compositor dedicadas a Murcia. Después, según leemos en la crónica del acto, el insigne músico murciano fue llamado a escena donde los profesores de música de la ciudad le regalaron una gran corona de flores y el maestro Calvo su colección de Cantos Populares murcianos encuadernados en terciopelo con una dedicatoria grabada en oro. Así mismo, tras los músicos, los actores de Romea le regalaron un precioso estante para música, realizado en madera de ébano, y primorosamente tallado con figuras de musas e instrumentos musicales. Acabado el homenaje en el Teatro Romea, Fernández Caballero, se trasladó a su antiguo domicilio familiar, en la plaza de los Gatos, (donde en la actualidad se encuentra el Banco de España) y la orquesta que dirigía el maestro Mirete se trasladó hasta aquella casa y le obsequió con una extraordinaria serenata donde no faltó la interpretación de las partituras más conocidas del compositor murciano.

LA INQUISICIÓN FUE LA DUEÑA DE MURCIA
Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la del XVIII, el reino de Murcia, fue propiedad del Santo Oficio lo que convirtió al tribunal murciano en el más rico de todos los que existían en aquellos años en España. Tanto es así que, en algunos momentos determinados de nuestra historia, los reyes pidieron créditos al Santo Oficio de Murcia y estos prestaban el dinero a la corona con altísimos intereses por lo que, la Inquisición murciana, era cada día más rica y las deudas que mantenían los reyes con ellos, cada vez mayor. La historia comienza en 1577 cuando el rey Felipe II atendiendo a la súplica del Concejo de Murcia, que se hallaba en apremiante necesidad de dinero, concedió el préstamo por Real Decreto, dado en Madrid a día 3 de julio y que refrendó el escribano de Cámara, Alonso de Vallejo, para poder empeñar los propios capitales y rentas pertenecientes a esta ciudad. Ese préstamo ascendió a 23.200 ducados, que costaron ocho millones y doscientos veintitrés mil maravedís. El préstamo fue firmado, por orden del rey, por Alonso de Tenza y Pacheco ante el notario público Juan de Jumilla «a 24 días del mes de julio del año del Señor de 1577». Diecisiete años después de aquello, en 1594, ante la imposibilidad de seguir manteniendo la deuda, Alonso de Tenza, vendió al Tribunal del Santo Oficio de Murcia aquel censo transmitiéndole, con él, todos sus derechos y acciones a emprender contra el Concejo y el Municipio. Esta transmisión y compra de la deuda se otorgó el día 9 de julio del referido año de 1594 y se hizo ante el notario don Diego Ramírez de Valdés. El entonces temible y poderosísimo Tribunal de la Inquisición se iba adueñando, paulatinamente, de todas las propiedades de este viejo reino de Murcia. Empezaron con casas y palacios en la ciudad, pasaron a heredamientos de la huerta y de estos a villas enteras, caseríos y ermitas. Hasta tal punto llegó la riqueza del tribunal murciano de la Inquisición que los reyes de España, en varias ocasiones, tuvieron la necesidad de acudir a ellos en demanda de préstamos. Dinero que, los inquisidores murcianos, dejaban a la Corona, pero a altísimos intereses con lo cual la deuda seguía creciendo. Mientras, el Concejo murciano, en completa ruina le era imposible comprar esa deuda al Santo Tribunal. Pero esta dependencia de las arcas inquisitoriales no duró eternamente, afortunadamente para el Concejo, ya que ciento noventa años después pudo redimir el dichoso censo y saldar la deuda. El 22 de septiembre de 1767, ante el notario don Antonio de Irles, Secretario de Secuestros del Santo Tribunal, el Concejo de Murcia firmó la escritura de redención, que se encuentra en los archivos de esta ciudad, previa entrega del capital, pensiones, prorrateos e intereses devengados. Por fin, la ciudad de Murcia, después de ciento noventa años volvía a ser libre y dueña absoluta de su destino. Dejaba la dependencia del Tribunal del Santo Oficio y cerraba un capítulo de la historia que convirtió a los inquisidores murcianos en los más ricos del reino de España.

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