El lugarico

El pozo de agua en las casas en el siglo XIX

11.06.2016 | 04:00
Pozo en una casa de El Ranero.

El pozo de agua, en el siglo XIX llenaba en verano muchísimas necesidades y las llenaba bien. Había pozos de agua en muchas casas de Murcia y algunos, según su situación, tenían el agua dulce y hasta potable. Sin embargo, en pocas casas se bebía, lo que hacían era utilizarla en muchas cosas de la vida como en el lavado de las ropas y en el aseo de las personas.

Pero para lo que muchas personas utilizaban el pozo era para refrescar el agua, el vino y el melón, tanto el de agua (sandía) como el de año. El punto de fresco que esos líquidos y comestibles sumaban en el pozo era delicioso y el más conveniente para la higiene.

Si el vino se enfría con hielo pierde su bouquet, esto es, su buen gusto, pues el agua de hielo lo adultera y el demasiado fresco también. Al vino no se le solía poner hielo nunca, lo que se hacía era ponerlo en botellas en agua fresca un poco antes de comer, para que se atemperara, así resultaba agradable y no desnaturalizado.

Mejor que hielo era ponerle una poca de agua fresca en este tiempo. Con el agua no digamos: el hielo era siempre de agua inferior o de La Luz y de Santa Catalina, que ordinariamente se bebía. El melón que había estado dentro del pozo una hora antes de comerlo era cosa deliciosa, mejor que el más exquisito sorbete, sobre todo si el melón era dulce, tierno y maduro.

Era el pozo, fuente inagotable de agua y de servicios en el verano. De las varias operaciones que se podían hacer en él para que el agua fuese más abundante, más clara y limpia, era utilizarlo, porque al sacar de él diariamente gran cantidad de agua, se purifica. Aunque hay que decir que en todos los pozos había cubiertos, cacharros, platos, vasos, etc., rotos, desportillados o enteros. Con el agua del pozo se lavaban las personas, se fregaba, se rociaba la calle, se regaban las macetas, se daba de beber a las caballerías y se amasaba el yeso; siendo para esta última operación lo más grato que podía ser para los albañiles, pues en el invierno utilizaban el agua tibia y en el verano la fresca. En la huerta de Murcia un pozo es un hoyo de dos o tres metros de profundidad. En los inviernos lluviosos los pozos tenían el agua a media vara de la superficie de la tierra. Esta facilidad y proximidad del agua lo explicaba un huertano diciendo: «Aquí clavando los dedos de la mano en el suelo, hacemos cinco pozos».

En Murcia, en el siglo XIX, se usaba poco el hielo. Se enfriaba el agua que se iba a beber metiéndola en los pozos, en garrafas de hierro o estañadas; y estaba muy buena; sobre todo cuando el estómago no estaba vacío, que, si lo estaba, caía en él como una pedrada.

El agua más higiénica era la que hacían las jarras o los cacharros de barro del país puestos al aire. De esta no había peligro de beber la que se quisiera. La antigua cántara que ponía el huertano colgada de su gancho de madera, en el ángulo precisamente de su barraca, donde le pasaba el viento y la oreaba ofrecía para apagar la sed el agua más hermosa.

La historia del pozo se debe perder en la noche de los tiempos. Que lo tuvieron los hebreos, no cabe duda. Junto al pozo de Jacob conversó el Señor con la Samaritana. Hay pozos romanos, especialidad de estos en las minas. Hay pozos moriscos, que se cree que era para recoger las lluvias. Y, aunque pocos, también hay pozos de sabiduría?

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