La Murcia que se nos fue

Detalles de una ciudad

Nos encontramos con una gran cantidad de crímenes durante el siglo XVIII y posteriores en la ciudad de Murcia, ya que en esos años se empezaron a contabilizar las muertes violentas

02.03.2016 | 17:54

CRÍMENES PARA TODOS LOS GUSTOS
Nos encontramos, al consultar las actas capitulares de la ciudad de Murcia, con una gran cantidad de crímenes durante el siglo XVIII y posteriores, ya que en esos años se empezaron a contabilizar las muertes violentas. Cosa que antes no se hacía. No se trata de duelos o ajustes de cuentas de los llamados de ´capa y espada´, que también quedan reflejados aquellos años, sino asesinatos y muertes violentas que, en muchos casos, se intentaron ocultar dado que algunos de los protagonistas eran de ´noble cuna´, pero, pese a ello, no escaparon a la acción de la Justicia.

Para empezar, nos hemos encontrado varios de los que hoy llamamos violencia de género o asesinatos machistas, que, a lo que parece, por desgracia son tan viejos como la humanidad. Estos son algunos de ellos: En 1701 un tal Francisco Fuentes, del camino de Beniaján, dio muerte a su mujer prendiendo luego fuego a la barraca en la que vivían para borrar las huellas de su crimen.

Unos años más tarde, en 1725, un gitano del arrabal de san Juan acaba con la vida de su mujer que era ´paya´ utilizando para ello una trincha de zapatero, de tal calibre, que los justicias describen lo que se encontraron: «Utilizó el objeto con tan certera habilidad y crueldad que le echó fuera el mondongo y las tripas a la desgraciada».

También encontramos algunos pasionales. Así, en 1777 y en Algezares, el primo de un tal Ramón García, que se casaba al mes siguiente, acaba con la vida de éste pues, la novia, lo había dejado a él para casarse con Ramón. El despechado los buscó una noche y cuando acabaron su plática en la barraca de ella esperó a su primo escondido entre unos naranjos y al pasar le asestó veinticinco puñaladas. Otro caso que tuvo gran repercusión en aquella Murcia del XVIII fue el cometido por José Cañas, de Alquerías. Enamorado de Serafina López y no siendo correspondido por ella, preso de los celos, la mató junto a su novio José Martínez.

Huyó el tal Cañas y se refugió con una partida de bandoleros en Sierra Morena y pasados nueve años volvió a su tierra, pero en lugar de quedarse en Alquerías se marchó a Orihuela. Una noche fue sorprendido por la ronda nocturna y al ser interrogado se puso tan nervioso que acabó confesando sus crímenes perpetrados años antes. Fue juzgado y murió en la horca.

Sin duda, el crimen más comentado en Murcia y que tuvo gran repercusión en la Corte, fue el que se llamó ´Crimen de la lavativa´. Ocurrió en 1777 siendo el Conde de Floridablanca Consejero de Estado.
El asesino fue don Joaquín Prieto, caballero de armas de Murcia y hombre que también practicaba la medicina, que mató a su sirvienta Joaquina. Parece ser, según se supo después, que la sirvienta había tenido ´amores´ con su Señor, si bien nunca se supo si, incluso, había quedado embarazada tras aquellos encuentros.

El caso fue que Joaquina andaba enferma y postrada en cama y su señor le prescribió una lavativa para limpiar su estómago ante los frecuentes vómitos que esta padecía. La enferma aceptó el remedio que le ofrecían y más viniendo de quien estaba enamorada. Pero el tal Joaquín Prieto cargó la jeringa con ´agua fuerte´ que inyecto directamente por el ano a su sirvienta, que murió entre grandes dolores y convulsiones.

Huyó tras perpetrar su crimen y se unió al séquito del Conde de Floridablanca que ya era Consejero de Estado y marchaba hacia Madrid. Pidió unirse al grupo en su calidad de Caballero de Armas de Murcia.
Confesó su crimen. Llegó, incluso, a pedir el amparo del Conde. Pero no le sirvió de nada, ya que fue preso a la altura de Molina de Segura e ingresado en la cárcel real de Murcia. Sabedor que se pediría para él la pena de muerte, aprovechando un descuido de los carceleros, se suicidó «rompiéndose las venas del brazo con una piedra de los muros y desangrándose».

Otro crimen muy comentado en la época ocurrió en 1767 cuando dieron muerte al Racionero de la Catedral, don Francisco Hernández y Lisson, degollado al pie de una morera. Una cálida noche de septiembre tras haber cenado con unos caballeros y una dama, Francisca Huete, y tras haber estado departiendo en tertulia durante largo rato al filo de la medianoche, frente al conocido como ´Huerto de Capuchinos´ de esta ciudad, fue asaltado por la espalda y le degollaron.

Pese al gran revuelo social que se levantó tras el asesinato de este noble personaje de la Diócesis de Cartagena, jamás se supo quién y por qué le asesinó aquella noche. Y ya, para finalizar esta relación de los crímenes más destacados del siglo XVIII, citaremos el del noble caballero don Miguel Escricha quien en 1787 abatieron de un tiro por la espalda aprovechando el momento en el que, el noble señor, se ´aliviaba la vejiga´ frente a su casa. Ocurrió en el mes de octubre cuando volvía junto a su esposa después de haber tenido una tranquila cena en la casa de unas amistades.

Tenía que ir, el pobre de don Miguel, tan ´apretado´ de vejiga que decidió aliviarse justo frente a su casa, mientras, en el portal de la misma, le aguardaba su esposa. En ese momento, mientras orinaba, apareció otro hombre envuelto en una gran capa que le disparó por la espalda causándole la muerte en el acto.
El asesino, según las actas capitulares, fue un tal Domingo Reyes, que debía una importante cantidad de dinero a la víctima que no le había pagado y estaba recibiendo amenazas para que hiciera frente a su deuda.

LA CALLE DE LOS CUATRO CANTONES
Durante los siglos XVI y XVII las calles de Trapería y Platería se conocían como «los cuatro cantones». En las actuales ´cuatro esquinas´ había una gran hornacina con san Cristóbal por lo cual al nombre de cuatro cantones se le añadía la referencia al santo y pasó a denominarse ´los cuatro cantones de san Cristóbal´.

En la actualidad la única referencia histórica que queda de aquella antigua nomenclatura es la calle de san Cristóbal, que une ese punto emblemático de la ciudad, las cuatro esquinas, con la de san Lorenzo.

Hacia 1605, el Concejo, acordó colocar a los pies de la hornacina un escudo de la ciudad con las ´seis coronas´ que hasta esos años se habían concedido a la ciudad y para ello se contó con Jerónimo Ballesteros, pintor, al que se encargó realizara el escudo con toda una gama de colores y oro.

Más tarde, en el mes de junio, la calle de Trapería era el escenario elegido para celebrar las fiestas de san Juan, que consistían en carreras de caballos, fiestas de cañas y juegos de sortijas entre otros. Fue tal el desperfecto que hubo en la calle e incluso en la hornacina de san Cristóbal, recién inaugurada su pintura y ornato, que un grupo de murcianos expresó sus quejas al Concejo que se había olvidado de reparar los daños producidos en el suelo de la calle haciendo constar que, a los pies de la hornacina (en las cuatro esquinas) se había producido un profundo hoyo con peligro para viandantes, caballerías y carruajes.

Firmaban aquel escrito los señores Hernán Pérez,cirujano de profesión, Baltasar Giner, Pedro de Gilart y Esteban Martínez, estos tres últimos boticarios de aquella calle. Ante las quejas recibidas, el Concejo ordenó cerrar la calle con piedras para impedir el paso de carruajes. Esta medida queda documentada en un recibo de la época donde consta: «A trece días de diciembre, a Domingo de Ergueta, páguense nueve ducados por cuatro piedras que trujo para cerrar las bocas de las calles para que no pasen los carros por la calle de Trapería».

Esta prohibición de circular carruajes por estas arterias de la ciudad no surtió efecto alguno pues, los carreteros, apartaban estos obstáculos de piedra y seguían circulando por ellas. Tendrían que pasar varios siglos para que tanto Platería como Trapería se convirtieran en peatonales definitivamente.

VOLADURA DEL MONTE PARA HACER EL SANTUARIO DE LA FUENSANTA
Para la construcción de la ermita donde se diera culto a la Virgen de la Fuensanta, en el mes de febrero de 1694, se llevó a cabo la voladura de parte del cerro donde se había planificado levantar el eremitorio.

Aquel día de febrero se detonó el primer barreno que acabó con gran parte de las rocas del paraje. En días sucesivos se continuaron las voladuras, siendo un total de siete las que hicieron falta para explanar el terreno. Mientras todo esto sucedía, la imagen de la Fuensanta fue llevada al templo de los Capuchinos donde permaneció todo el tiempo que duraron las obras de la ermita.

SE DERRUMBA EL DEPÓSITO DE AGUAS
Ocurrió el 12 de abril de 1923. A las cuatro y media de la tarde, se derrumbó el depósito de aguas levantado a orillas del Malecón y que se utilizaba para el abastecimiento de la ciudad. Este derrumbamiento causó gran alarma, sobre todo, en los vecinos del Plano de san Francisco pues, asustados, salieron a la calle creyendo que se trataba de un terremoto.

Al ocurrir la catástrofe el maestro encofrador Hilario Urbano se hallaba sobre el depósito y el albañil Antonio Olivares salía del interior de la sala de máquinas con un capazo de cemento. Asustado corrió hacia el río, pero no llegó a lanzarse, pues una de las traviesas le cayó sobre la pierna. Ambos trabajadores, tras las tareas de rescate, fueron conducidos al hospital. El albañil Antonio Olivares fue curado de una fractura en la pierna que le había quedado aprisionada, siendo dado de alta a los tres días de su ingreso. Sin embargo, el maestro encofrador Hilario Urbano falleció en el hospital tras permanecer quince días en agonía.

POR AMOR LE DIERON MUERTE
Encontramos una referencia histórica sobre un castigo ejemplar que se dio en Murcia a un musulmán de Cieza que se enamoró de una cristiana de la ciudad. Sucesos, estos, que vienen avalados por una extensa sentencia firmada por Juan Guillén de Victorio, alcalde de corte del rey, a quien el infante don Pedro mandó a Murcia a librar el pleito.

Los hechos fueron estos que ocurrieron según se lee en el pleito fechado en el mes de octubre de 1353: Mahomad Abolleja, musulmán nacido en Cieza, se enamoró de una cristiana, María Hernández, la que, con la ayuda de un cristiano murciano, Juan de Dios López, y disfrazándose con ´hábitos cristianos´ burlaba la guardia y entraba en la ciudad para cortejar y verse con María. Descubierto por una vecina y divulgada la noticia, se apostó una guardia para apresarlo cuando venía a verse con María.

Los alcaldes ordinarios hicieron su información y como no hallaron ley en su fuero para juzgar semejante caso consultaron al rey y visto el caso por el Consejo real, mandó el infante don Pedro en su nombre, que el moro Abolleja pagase con la vida tal engaño y relaciones con cristiana. A Juan de Dios López también se le dio muerte por ser cómplice del engaño y artífice del mismo. A María Hernández se la recluyó de por vida en un convento por haber tenido amores con un hereje al que se consideró «ensuciador de la santa ley de Dios nuestro Señor».

SE INAUGURA EL CONSERVATORIO DE MURCIA
Por Real Orden del 26 de septiembre de 1918, el Conservatorio de Murcia quedó incorporado al Real Conservatorio de Madrid. Como quiera que, en aquel momento, España atravesaba una durísima epidemia de gripe, las clases en Murcia no pudieron comenzar hasta el 9 de diciembre del mismo año.

Aquel acto inaugural contó con la presencia del director general de Bellas Artes, Mariano Benlliure, y del Comisario Regio del Conservatorio de Madrid, Tomas Bretón.

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