La Murcia que se nos fue

En el oriental

En los albores del pasado siglo se formó en Murcia un grupo, irrepetible, de pintores, escultores y escritores que fundaron una tertulia, tan de moda en la época, que se reunía habitualmente en este desaparecido café de la calle Trapería

19.01.2016 | 04:00
En el oriental

CAOS Y MIEDO EN LA PROCESIÓN DE LA VIRGEN DE LA FUENSANTA
Seguro que, aquellos murcianos del siglo XVIII no hablarían de otra cosa durante mucho tiempo. Sin duda sería una noticia destacada e imagino que en todos los salones, tertulias, palacios y casas humildes no se hablaría de otra cosa durante mucho tiempo. Clérigos, nobles y ciudadanos de a pie estarían durante muchas semanas hablando de todo aquello. Aquel día de san Sebastián del año mil setecientos ochenta no se olvidaría tan fácilmente. Ese veinte de enero quedó grabado para siempre en la retina de centenares de personas que acompañaban la procesión. Todo comenzó diez días antes, cuando se trajo en rogativa a la Virgen de la Fuensanta hasta la Catedral ya que, una vez más en la historia, hacía meses que no llovía en Murcia. Aquella especial rogativa, y tras la novena celebrada en el primer templo de la Diócesis, dio sus frutos y estuvo lloviendo de manera copiosa durante varios días. En reconocimiento a la sagrada imagen, el Cabildo Catedral, organizó una solemne procesión para que el pueblo de Murcia le agradeciera su intercesión para traer la lluvia. Claro que no sabían lo que iba a pasar durante el desarrollo de la misma. Seguro que de haberlo sabido no hubieran abierto las puertas de la Catedral. Recogemos, de manera textual, el acta que hicieron los justicias para poner el suceso en conocimiento del Concejo. «Que, llevando un buey, cansado de viejo y harto de tirar, en una carreta por las puertas del Mercado, los muchachos empezaron a dar gritos y silbidos asustando al animal que se aventó. Dieron las gentes detrás de él yendo a parar a la Plaza del Palacio, se encontró con la procesión y al mismo tiempo entraba la comunidad de Santo Domingo, lo que se alborotó y causó tanto espanto en todas las gentes para huir, unas corrían para la iglesia, subiéndose a rejas y altares. Viendo correr a los que llegaban, los que estaban dentro de la iglesia, por otras puertas se salían a la calle, sin saber nadie lo que hacía. Todos daban gritos perturbados. Se metieron otros en el Coro y la Capilla Mayor, cerrando las puertas de ellas. Unas gentes entendían que era algún motín, otras que se estaba cayendo la iglesia, los que así pensaron en el derribo del templo se fundaron por haberse puesto a caballo en un carro que tienen para levantar las piedras de los carneros muchas personas, con el tumulto que venía de la calle, dieron con el carro. Ahí fue la gritería y el pasmo de todos, pues de este alboroto se insultaron muchos e infinitud de ellos se sangraron. Esto es por lo que toca al interior de la iglesia. En la calle y plaza del Palacio (hoy plaza de Belluga) siguió el buey, quien no vio a toda la clerecía y a parte de las comunidades corriendo en desbandada por todas las calles cercanas. Los sacristanes con la manga de la parroquia, los legos con las cruces a cuestas y hábitos remangados para poder correr mejor como lo hicieron los de Santo Domingo, los dominicos, corriendo hasta llegar a su convento y encerrarse en él. Los señores canónigos, unos se subían a las rejas de las ventanas, otros se metían en las entradas de las casas y así todos desampararon y abandonaron la dicha procesión de honor a la Virgen. Lo señores regidores, que llevaban el palco, lo arrimaron a la pared lo abandonaron y echaron a correr. Su Ilustrísima, acompañado de su familia, aquellos más animosos de ellos agarraron al Señor Obispo y huyendo a la carrera le metieron en una casa que abrió sus puertas para cobijarlo. Los que llevaban la imagen de la Virgen, con el mucho fervor y ánimo que les infundió la dicha Señora, se mantuvieron arrimados a una pared en la Frenería. Esperando que cesaran las embestidas del animal y cobijándose bajo el trono donde iba la sagrada imagen. Dicho buey, después de tanto susto y espanto, se salió al Arenal y se marchó por la Puerta del Sol sin hacer daño a nadie». Este suceso ocurrió tal día como mañana miércoles, veinte de enero, de hace doscientos treinta y seis años. Como les comentaba al principio de haberlo sabido, sin duda, el Cabildo de la Catedral no hubiera organizado la procesión de acción de gracias a la Virgen de la Fuensanta. El orden no se pudo restablecer en ningún caso. El cortejo se había desintegrado por completo y cuando ya dieron noticia de que el buey había salido por la Puerta del Sol en dirección hacia la huerta, los que portaban la imagen de la Virgen, regresaron al interior de la Catedral con ella sobre sus hombros pasando todo tipo de penalidades y apuros pues los centenares de personas que corrían en todas direcciones apenas si dejaban avanzar el paso con la imagen.

LA BOHEMIA MURCIANA
En los albores del pasado siglo se formó en Murcia un grupo, irrepetible, de pintores, escultores y escritores cuyos nombres han pasado a la historia no sólo de nuestra Región sino de España. Hombres de reconocido prestigio y fama que, en aquellos lejanos días se fueron conociendo casi de casualidad y que fundaron una tertulia, tan de moda en la época, que se reunía habitualmente en el desaparecido café Oriental en la calle de Trapería. Un establecimiento, por cierto, donde hizo su presentación en Murcia el cantante Antonio Machín. Eran aquellos tertulianos de la bohemia: Luis Garay, Joaquín, Clemente Cantos, Pepe Planes, Perico Flores, Victorio Nicolás y Antonio Garrigós. Este grupo de amigos se conocieron todos de forma casual y se fueron juntando con el único fin de hablar de arte y apoyarse entre sí. A partir de la amistad entre Clemente Cantos y Pepe Planes se sumó Victorio Nicolás, gran amigo de Cantos. Después fueron llegando Flores, Luis Garay y Joaquín. El último en sumarse a esta tertulia de la bohemia murciana fue Antonio Garrigós. En aquellos días, Garrigós, vivía en Espinardo, más concretamente en la Senda de Granada y de ahí conocía a Pepe Planes que lo invitó a sumarse a la mencionada tertulia del Oriental. Como quiera que éste último, Garrigós, era el único que tenía trabajo estable y cobraba un sueldo, se convirtió en ´mecenas´ de los demás a los que compraba obras o bocetos con el fin de ayudarles. El que fuera gran defensor de la Aurora murciana y escultor, trabajaba en aquel momento fabricando estuches para el pimentón y especias, lo que le convertía en una persona con ingresos que podía permitirse ciertos lujos como, incluso, pagar la cuenta de las tardes del Oriental. Tal fue su dedicación al grupo de artistas que, estos, le pusieron cariñosamente el apodo de ´el Meceno´. El propio Garay nos lo cuenta en su libro Una época de Murcia, donde dice textualmente: «El sobrenombre de ´Meceno´ que pusimos a Antonio procede de un derivado de mecenas que nosotros variamos porque no fuese igual y porque sonaba a cosa de cenas y como además nos invitaba y pagaba muy a menudo nos pareció muy acertado. Su esplendidez nos llevaba cada domingo a una taberna». Viejas estampas de aquella época y esa generación irrepetible de pintores y escultores que Murcia regaló al mundo en los albores del pasado siglo XX.

EL CLAUSTRO DE LA MERCED, LA GRAN OBRA DE MONTE DE ISLA
De Pedro Monte de Isla sabemos que procedía de la localidad jienense de Alcalá la Real. Que se casó en Murcia en segundas nupcias con Marina, hija de Gerónimo de Córdova. Era Maestro Mayor de las obras que realizaba la Diócesis de Cartagena y que sus trabajos ha quedado para la historia pese a que su nombre haya caído en olvido. Monte de Isla trazó y dirigió las obras del Contraste y la Sala de Armas. Realizó fuentes y adornos de la vía pública. Diseñó las obras de la iglesia de San Miguel y especialmente su gran obra, que hoy podemos admirar, fue el gran claustro de la Orden Mercedaria que en la actualidad son las dependencias de la Facultad de Derecho en la Merced. Conocido también como claustro de la Universidad de Murcia. Pedro Montes de Isla, que había sucedido como Maestro Mayor de la Diócesis a Juan Rodríguez, murió en Murcia en 1607. Asimismo recogemos como obras suyas el diseño de la puerta del Colegio de la Compañía, actual Palacio de san Esteban, sede del Gobierno regional. Numerosos retablos en multitud de iglesias y conventos de la Diócesis y las portadas, que hoy se conservan si bien no su edificio, del Contraste de la Seda y la Sala de Armas. Aunque afortunadamente la gran obra de Monte de Isla que hoy podemos admirar es el Claustro de la Merced en la Universidad de Murcia. El nombre de Pedro Monte de Isla, como tantos otros, ha caído en el olvido, aunque su gran obra, afortunadamente, permanece para orgullo de esta tierra.

SAN SEBASTIÁN RICOTERO
El 20 de enero, mañana miércoles, se celebra la festividad de san Sebastián y santo patrón de la villa de Ricote. Decía el viejo refrán: «San Sebastián Ricotero -tente varón- que antes viene san Antón». Se le tuvo durante mucho tiempo como abogado contra el mal de peste pues, según la tradición, en el año 600 de la era cristiana en Roma hubo una tremenda epidemia de esta enfermedad y sacaron las reliquias del santo por las calles de la ciudad cesando inmediatamente la epidemia. En Murcia tuvo culto propio en una especie de ermita junto a san Agustín. Está documentado que ese día, por la mañana, salía un solemne cortejo procesional desde la Catedral hasta la ermita del santo donde se le rendía un culto especial. Se ha perdido en Cehegín una tradición que se llevaba a cabo este día durante los siglos XVIII y XIX. Era la conocida como ´Fiesta de la Naranja´, durante la cual, los jóvenes y no tan jóvenes, entablaban singular batalla por calles y plazas arrojándose piezas de esta fruta como munición. La socarronería del huertano creó un dicho popular no exento de gracia: «Glorioso san Sebastián -todo lleno de saetas- mi alma, como tu alma -y como tu cuerpo mi suegra». No hace falta recordar que, el cuerpo de san Sebastián fue asaeteado durante su martirio.

EL ALCALDE MAYOR DE CARTAGENA Y EL MARQUÉS DE LOS VÉLEZ
El año 1656 fue muy conflictivo en lo que a las relaciones personales se refiere entre el Marqués de los Vélez, nombrado Adelantado Mayor del Reino de Murcia por Felipe IV, y el Alcalde Mayor de la ciudad de Cartagena. Estas inquinas y enfrentamientos dieron lugar a varios episodios donde, incluso, tuvo que tomar parte la Justicia, pues tanto el Marqués como el Regidor cartagenero nunca se avenían a razones. Y el diálogo nunca existió entre ellos. Uno de los muchos enfrentamientos que tuvieron ambos personajes fue con motivo de las fiestas de san Roque que, en aquellos años, eran celebradas con gran regocijo por la población. Como se sabe, la festividad de este santo es en el mes de agosto y teniendo en cuenta la dureza del estío cartagenero y la proximidad del mar era, durante la noche, el momento elegido para el solaz y la juerga. Era costumbre celebrar la festividad del santo con disparos de mosquetes en las inmediaciones de su ermita. La víspera de san Roque, aquel año de 1656, se hallaban presentes algunos soldados que no dudaron en sumarse al jolgorio general y hacer uso de sus armas para celebrar la solemne festividad. Pero pasó por allí el Alcalde Mayor de la ciudad, que ya se encontraba en pleitos con el Adelantado, y mandó de inmediato a un emisario que les prohibiese disparar. Pero ellos no hicieron caso alguno a la prohibición diciendo, en su defensa, que no hacían agravio a nadie y que además tenían licencia del Adelantado. Y cita textualmente la crónica: «Enfureciese el Alcalde Mayor y los ultrajó con muchas palabras de desprecio y amenazas que obligaron a que los soldados fuesen a quejarse al Marqués y a decir que querían vender los mosquetes y retirarse de los ejercicios militares, pues por ser soldados y estar a sus órdenes eran maltratados por el Alcalde Mayor y ellos no reconocían más autoridad que el Señor Adelantado». Este asunto que hoy llamaríamos de ´competencias´ tuvo que ser puesto en conocimiento de la justicia para que fuera esta quien decidiera que parte llevaba la razón, si la milicia o el Alcalde Mayor.

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