Obituario

El gran escultor de alma salzillesca y fe profunda de Murcia

«En este mundo del arte saturado de fatuidad y engreimiento, son grandes los artistas que tienen la sinceridad y la honestidad como materia prima»

11.11.2015 | 01:12
Francisco Liza Alarcón

Era yo un niño educado en aquella obligada inmersión religiosa propia de los años sesenta, cuando me sentí tocado por las imágenes de Paco Liza, tan inspiradas como las de Salzillo, parecíanme. Y es que hay mucho Salzillo en Liza. Difícil escapar de la influencia del maestro genial; pero tampoco hay por qué, pensaría mi paisano.

No obstante, mi amistad con él surgió en mi madurez y se inició cuando vino a saludarme en la inauguración de la expo que dediqué a Santa María Cápua Vetere, la ciudad origen de la familia Salzillo. Había seguido con sumo interés mis actividades en la pintura y mis investigaciones sobre aquélla familia. Tres siglos después, Salzillo seguía siendo un nexo para los murcianos. Paco, leyendo mis crónicas sentía estar transitando las mismas calles donde vivieron los Salzillo. En la charla con Liza siempre, más bien antes que después, surgía el nombre del maestro. Poco a poco, el hombre, de autentica sencillez franciscana, fue engrandeciéndose para mi.

En este mundo del arte saturado de fatuidad y engreimiento, he aprendido que son grandes los artistas que tienen la sinceridad y la honestidad como materia prima de sus obras, que reconocen el trabajo de los demás y la influencia de los maestros.

Liza, al igual que Salzillo, guiadas sus manos por una fe profunda,  se mantuvo siempre fiel a la escultura religiosa y a las figuras de belén, y al igual que el maestro ancló su taller a la tierra que le vio nacer, la misma tierra, el mismo barro con el que hizo sus primeras figuras siendo niño. Al igual que Salzillo cultivó la perfección en sus trabajos consciente de que tallaba misterios muy profundos que tienen que ver con el mensaje evangélico.

Guadalupe llora la pérdida de su gran escultor salzillesco. Ha sido muy querido en  su pueblo y se le debe el gran homenaje a la altura de su genio. En vida temía a las emociones, por su corazón, pero ya no hay peligro. Nos deja aqui con su mundo de santos y angelotes, los mismos que le reciben en el cielo con el mismísimo Salzillo a las puertas.

Yo, por  mi parte, me quedo con el inútil lamento de no haber dedicado más tiempo a nuestra amistad.

Descanse en paz, Francisco Liza Alarcón.

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