Dos leyendas han sobrevivido en la memoria colectiva de los murcianos relacionadas con el Teatro Romea, que fue inaugurado en 1862 por la reina Isabel II como Teatro de Los Infantes, según recordó ayer Lorenzo Píriz Carbonell. El edificio fue construido en un solar que perteneció a los padres dominicos y que en el siglo XVI fue un cementerio de curas.
Por eso una de esas historietas que se cuentan es que de vez en cuando se aparece el fantasma de un monje con unas cadenas. "Pero yo no me lo he topado nunca", tranquilizaba Píriz Carbonell, "y mira que he visto el teatro de día y de noche, con las luces apagadas y encendidas...". Otra de las leyendas, más bien profecía, está relacionada con los dos incendios que destruyeron el teatro -el primero en 1877 y el segundo en 1899- y que apunta que el Romea desaparecerá por tercera vez pasto de las llamas cuando se registre un lleno total, por eso siempre se dejaba alguna butaca sin vender. Píriz Carbonell no le da credibilidad. El teatro lleva desde 1872 el nombre del actor murciano Julián Romea, que organizó numerosas galas por España para ayudar a Murcia tras la riada de Santa Teresa. "Fue un gran empresario, un dandy que ponía de moda su vestimenta, que tenía afán por las mujeres y un comediante y autor teatral que revolucionó la técnica actoral introduciendo la naturalidad y el verso sin cantarlo. Un hombre importante".