A las nueve y media de la mañana las calles del centro de Murcia tenían el aspecto propio de un miércoles normal de verano. El tráfico discurría sin aglomeraciones, el ruido de las obras enmudecía cualquier conversación y por las aceras levantadas paseaba la gente intentando evitar los esguinces. A cinco minutos de la apertura de puertas, uno de los empleados de El Corte Inglés vacilaba: "Parece que no hay mucha gente ¿no?". Y no la había. A las diez de la mañana, nada hacía pensar que las rebajas acababan de comenzar. La imagen más esperada no se produjo; con las persianas ya arriba y con el cartel del cierre todavía colgado, no se divisaban ni aglomeraciones ni empujones.
María García aguardaba la apertura sorprendida porque "no recordaba otro año con tan poca gente. Será la dichosa crisis", musitaba. Cuando se dio la señal de salida, sólo una señora atada a unos tacones de vértigo y camuflada por unas gafas enormes recorrió a la carrera el pasillo principal del centro comercial como si una manada de rivales la acechara. Pero no era así. Sólo la seguían una treintena de mujeres con mucho menos ímpetu y decisión. "Vengo a ver si encuentro algo interesante, pero no creo que gaste mucho dinero. Hoy he venido al centro porque me gustan mucho más estas tiendas, pero mañana me iré a los centros comerciales", decía una de ellas mientras ojeaba los bañadores masculinos apilados entre precios tachados y corregidos.
El estreno de las rebajas de julio no convenció a la gente para madrugar pero sí para comprar, y mucho. A las once de la mañana, el escenario inicial había cambiado porque las rebajas ya parecían las rebajas. La plaza de la Fuensanta, la avenida Constitución y la Gran vía rebosaban de personas movidas por el hambre consumista. Los cajeros automáticos de la sede de Cajamurcia no tenían descanso acosados por los clientes que rellenaban continuamente las colas. Y en la calle, un río continuo de gente entrando y saliendo de los comercios. Una pareja que apuraba un cigarrillo antes de entrar a una zapatería cercana al teatro Romea discutía sobre cuánto dinero deberían gastarse. "No quiero pagar más de 150 euros. Necesito unos zapatos, un par de camisetas y un bolso para una boda", decía ella. "Yo tengo vistas unas zapatillas de deporte, pero no sé si quedarán de mi número", explicaba él. Los escaparates del centro de la ciudad rebosaban de carteles pintados de colores escandalosos que anunciaban descuentos de hasta el 70%. La primera jornada de las rebajas estuvo marcada por el intenso calor. A las doce del mediodía los termómetros rozaban la cuarentena, y las botellas de agua y los refrescos saltaban de mano en mano. El ruido y el polvo de las obras en las aceras del centro hicieron mucho más complicado el movimiento del gentío. En la Gran Vía, cada vez que el semáforo se ponía en verde para los peatones, el tiempo para cruzar se agotaba con personas todavía en medio de la calzada esperando a que las pasarelas de acceso a las aceras se vaciaran. En las tiendas de la avenida Constitución, que estaban de bote en bote, las disputas por las prenda ofertadas eran intensas. En uno de ellos, en el que se ofrecía el par de camisas por 30 euros, dos señoras llegaron a discutir sobre la titularidad de una de ellas a rayas azules y blancas. "Señora, disculpe pero la he visto yo antes. Sólo la he soltado un momento", razonaba una. "¿Y por qué la tengo yo en las manos?", le respondió la otra con desprecio. Fin de la discusión.
En la calle Jabonerías el tráfico de gente era mucho más pausado. Francisco reconocía que se había escapado una hora de la oficina para echar un ojo. "Suelo venir todos los años. Yo gasto una media de cuatro o cinco trajes por temporada, y me los suelo comprar en estas rebajas. Además los precios este año son bastante atractivos", explicaba.
En la calle Platería, una mujer dudaba sin entrar a una tienda con aspecto de ser muy cara. "Es que tengo vistas unas cosas desde hace tiempo pero no sé si pecar. Es por mi marido, que luego me echa la bronca. Quizá, si lo pago con la tarjeta tardará más en enterarse, ¿no?