Reportaje

El éxodo sin fin del Noroeste

Los núcleos diseminados de las pedanías altas, como El Retamalejo o La Junquera, luchan por sobrevivir a una despoblación que afecta año tras año y deja sin vida sus calles

19.11.2017 | 15:32
Un hombre, en la pedanía moratallera de Inazares.

La dejadez del entorno y la extinción de oficios son algunas de las consecuencias

Aldeas como El Retamalejo, La Junquera, El Moralejo de Arriba, en el término municipal de Caravaca, o Reverte, en las pedanías altas de Lorca, son lugares hoy casi en ruinas; son testigos mudos de una historia que se nos fue y que han pasado a formar parte de la enorme lista de pueblos abandonados del territorio español, que no olvidados, porque los pueblos deshabitados no son olvido, sino cultura.

Los núcleos diseminados de las pedanías altas del Noroeste murciano luchan por sobrevivir a una despoblación que afecta año tras año y que va dejando sin vidas sus calles y plazas por donde un día paseaban los runrunes cotidianos y los sueños de sus gentes que luchaban por un futuro mejor, que siempre pasaba por abandonar aquellas pequeñas aldeas.

En la Región fueron claves varias fechas para la despoblación de todos estos núcleos diseminados.


Un rebaño de ganado segureño y su pastor, en la pedanía caravaqueña de El Retamalejo. Foto: Enrique Soler

El primer éxodo apareció a finales de los cincuenta, cuando en España emigraron más de medio millón de personas del mundo rural hacia Alemania y Francia, una cifra que superó el millón en la década de los sesenta. Huían de la penuria de los salarios de la época y de la dureza de los trabajos que se centraban en el pastoreo y las labores del campo, como era el cereal. Además de unas condiciones de vida sin apenas servicios, como ocurría en El Retamalejo, donde la luz eléctrica no llegó hasta los sesenta.

Los habitantes aún recuerdan la travesía de varias horas andando o en burro para poder llegar a la escuela «para aprender las letras básicas», a los 'colmaos' más cercanos en Los Royos o el Moralejo, o los populares bailes o juegos de corral, como bien recuerda el presidente de los animeros del Calar, Campo de San Juan y Sabinar, José Clemente Rubio: «La poca diversión que teníamos los jóvenes era juntarnos en la casa de alguno, los domingos por la tarde, y con los instrumentos que sabía tocar cada uno organizábamos bailes».

La segunda gran crisis de población llegó en los setenta. España intentaba ver la luz al final del túnel tras más de cuarenta años de oscuridad; se descubrían las bondades del turismo y en busca de un futuro mejor muchos partieron hacia lugares de costa como Palma de Mallorca o Benidorm. Por otro lado, las grandes ciudades crecían a un ritmo frenético y necesitaban mano de obra de obra para abastecer de trabajadores a sus cinturones industriales, como fue el caso de Cataluña. Se calcula que solo en el término municipal de Barcelona viven más de cien mil murcianos de primera, segunda y tercera generación.

La última gran crisis en el mundo rural, la que le dio la puntilla, irrumpió a finales de los noventa con el boom inmobiliario, donde los pocos vecinos que quedaban en algunas de las aldeas terminaron por marcharse. Migraron a las poblaciones más cercanas, como Caravaca, que ya contaba con una gran cantidad de servicios. Unas viviendas que en menor medida quedaron abandonadas, ya que en su mayoría se quedaron como segunda residencia para pasar temporadas estivales o fines de semana, debido a la mejora de la red de carreteras.

El auge del turismo rural

A finales de los noventa llegó a la Región el boom del turismo rural, una circunstancia que pretendía volver a dar vida a aquellos núcleos que poco a poco iban agotando la luz de su carburo. Uno de esas poblaciones que se vio afectada por el turismo rural fue Inazares, en Moratalla. Cuando el municipio apenas contaba con 60 habitantes se construyó el complejo rural más grande de la Región, lo que provocó la construcción de un nuevo restaurante y que el pueblo no acabara por desaparecer. Un caso similar se vivió en Los Odres, en la falda del pico de Los Obispos, aunque este núcleo rural apenas cuenta ya con habitantes.


Un vecino pasea con su perro en Cañada de la Cruz (Moratalla). Foto: E. Soler

Otra de las consecuencias de la despoblación del medio natural fue el descuido del patrimonio natural, al desaparecer muchos oficios como el pastoreo o la limpieza de montes. Esta situación ha provocado que se agravaran los incendios que ha sufrido la Región en los últimos tiempos. Desde los organismos oficiales se trabaja con distintos Planes de Fomento para que dichos oficios no se pierdan. Uno de los proyectos que se está llevando a cabo con ayudas de varias instituciones es la escuela de pastoreo ubicada en la pedanía caravaqueña de Archivel.

Ciudadanos de segunda

Los que decidieron quedarse no han vivido un camino de rosas y en varias ocasiones han tenido que alzar la voz reclamando, tan solo, tener unos servicios mínimos. Es el caso de la pedanía moratallera de Benizar. Sus vecinos se han manifestado en varias ocasiones para reclamar un arreglo de la carrera, que lleva más de veinte años prácticamente inservible. El problema se vuelve más tedioso cuando tienen que actuar varias comunidades, ya que la carretera que conduce a Benizar pasa por la vecina Castilla–La Mancha. Consiguieron que la Comunidad arreglara una parte del camino y ahora el alcalde de Moratalla, Jesús Amo, ha mantenido varias reuniones con la diputación de Albacete para que el segundo tramo sea rehabilitado. También han pedido mejoras en el consultorio médico y una ambulancia para la zona.

Tampoco lo tuvieron fácil los habitantes de Inazares, cuya carretera estuvo inservible más de quince años. Situaciones que en épocas de nieve dejaban prácticamente aislados a los habitantes de estos núcleos diseminados. Hoy en día agradecen el trabajo de voluntarios de Protección Civil que en épocas meteorológicas adversas se encargan, junto al servicio de carreteras, de abrir caminos y llegar hasta los lugares más lejanos.


Un grupo de alumnos del IES San Juan de la Cruz, en Granadilla (Cáceres). Fotos: E. Soler

Las asociaciones de vecinos de estos lugares trabajan por fomentar el turismo rural y buscar soluciones para que la despoblación no les siga afectando.

La Copa viva es un cortometraje documental protagonizado por cuatro vecinos de la pedanía bullera de La Copa. A través de sus recuerdos, describen una realidad que viene afectando a los núcleos rurales desde hace años: la despoblación. Los vecinos describen cómo perciben el día a día de su lugar de origen: muchos se marchan, el pueblo se apaga.

Jóvenes Descubren cómo es la vida en estos pueblos

Recientemente alumnos del IES caravaqueño San Juan de la Cruz visitaban la población de Granadilla (Cáceres) para conocer cómo se vivía en estos núcleos diseminados. Vivir en Granadilla, aunque sea por unos días, consiguió transportarlos a un mundo rural puro y verdadero, anterior a la revolución tecnológica que lo ha cambiado todo. Hoy día es un pueblo abandonado, desde que en 1964 sus últimos habitantes tuvieron que abandonar sus hogares y comenzar una nueva vida en otro lugar, debido a que la construcción de un embalse les arrebató sus tierras y su sustento.

Desde la construcción del embalse, Granadilla cae en el olvido y permanece aletargada, hasta que en 1984 se pone en marcha una idea pionera en España: el Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados, que pretende un acercamiento a la vida rural de los jóvenes que, en su mayoría, viven en el mundo urbano.

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